Alemania ha cerrado la puerta al plan que sondean Washington y Moscú para reabrir los gasoductos Nord Stream con un inversor estadounidense en su accionariado. Altos cargos de ambos países, entre ellos el enviado especial de EE.UU. y yerno de Donald Trump, Jared Kushner, han mantenido contactos con el emisario ruso Kirill Dmitriev para explorar esa fórmula. Berlín no quiere ni oír hablar del asunto, y la iniciativa abre un nuevo frente entre los socios occidentales.
Las conversaciones buscan incorporar capital norteamericano a una infraestructura que suministraba gas ruso a Alemania hasta la invasión de Ucrania. El movimiento coloca a Estados Unidos en una posición inédita: socio de seguridad de Europa y, a la vez, posible beneficiario de un activo energético que Bruselas lleva años intentando dejar atrás.
Una infraestructura con cuatro dueños
El proyecto no depende solo de Moscú ni de Washington. Nord Stream es una infraestructura de propiedad rusa, alemana, francesa y holandesa, de modo que cualquier cambio en su estructura accionarial exige el visto bueno de varios gobiernos europeos. Esa pluralidad de actores complica el plan y otorga a Berlín, París y La Haya un poder de veto que no pueden ignorar ni Vladimir Putin ni Trump.
Para el Kremlin, la jugada tiene una lectura clara. Atraer a un inversor estadounidense permitiría romper el aislamiento energético de Rusia, reabrir un canal comercial con Europa y convertir un activo bloqueado en una pieza de negociación. Putin dispone así de un incentivo económico que ofrecer a Trump mientras ambos exploran cómo cerrar la guerra en Ucrania.
Berlín marca la línea roja
El rechazo alemán responde a una lógica estratégica. Tras la invasión de Ucrania, Alemania asumió un coste económico muy alto para romper su dependencia del gas ruso, y reabrir Nord Stream, aunque sea con otro socio, tiraría por tierra ese esfuerzo. Además, reintroduciría una vulnerabilidad que muchos gobiernos europeos consideran un error histórico.
La propuesta también erosiona la cohesión del bloque occidental. Mientras los países europeos intentan mantener la presión sobre Moscú, Washington explora vías bilaterales con el Kremlin sin consultarles. Esa asimetría alimenta la sensación en Europa de que las decisiones sobre su seguridad energética se discuten, en buena medida, sin ella.
El episodio confirma que la energía seguirá siendo un instrumento central de la diplomacia entre Rusia y Estados Unidos. Y deja una pregunta abierta para las capitales europeas: hasta dónde llegará su capacidad de bloquear acuerdos que se cocinan por encima de sus cabezas.