Con el trágico final de la ‘operación Nemo’ ha salido a la luz un más que oscuro pasado que, de forma sorprendente, Ana Julia Quezada había conseguido dejar atrás.

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“Ojalá no vuelva”, cuentan que dijo el pequeño Gabriel a su madre la última vez que Ana Julia, pareja de su padre, viajó a su país pasar allí una temporada. La relación de Ana Julia con el padre de Gabriel duraba ya más de un año, pero el tiempo en lugar de acercarla al hijo de su novio cada día parecía alejarla más.

Quizás, una de las imágenes que primero retrataron a Ana Julia es la correspondiente a una entrevista televisiva en la que la propia periodista se vio obligada a cuestionar ante el micrófono quién era aquella mujer que contestaba las preguntas dirigidas al padre de Gabriel, como si ella fuera en realidad la entrevistada. “Perdón, ¿usted… quién es…?”, se puede ver que acaba preguntándole la periodista, rindiéndose a la evidencia de que allí quien hablaba era la mujer que iba con Ángel.

Ana Julia cuando se presentó como pareja de Ángel
Ana Julia cuando se presentó como pareja de Ángel

“Soy la pareja”, aseguraba entonces con desparpajo Ana Julia, días antes de convertirse “oficialmente” en la principal sospechosa después de “encontrar” la tristemente famosa camiseta blanca en un lugar que ya había sido revisado con anterioridad por muchos otros ojos. Nadie vio nada, hasta que ella descubrió la camiseta en el fondo del barranco de Las Águilas, junto a la depuradora de Las Negras, y con aquel movimiento, aún inexplicable, Ana Julia se colocaba en el centro de la sospecha de todos.

No solo de los investigadores de la Guardia Civil que, en todo caso, ya se habían fijado en ella. Mejor dicho, se habían fijado en todos. Porque en las primeras horas, el entorno más cercano de un menor desaparecido es siempre el primer objeto de investigación. Y Ana Julia era, además, una de las dos personas, junto a la abuela, que habían visto a Gabriel por última vez. Era lógico, por tanto, que la Guardia Civil le pidiera el ordenador y el móvil ya en las primeras horas. Lo que no fue tan lógico es que ella alegara hasta en dos ocasiones haber perdido el terminal telefónico o dijera haber borrado archivos del ordenador porque contenían fotografías –dijo- en las que aparecía desnuda. Un par de días más tarde se encontró su móvil, supuestamente por unos amigos suyos, detrás de un arbusto, pero cuando la policía se lo pidió de nuevo, aseguró que lo había vuelto a perder.

A la espera de los datos definitivos de la autopsia y de la reconstrucción, los datos sobre el oscuro itinerario que Ana Julia recorrió en Burgos hasta llegar a Almería y cruzarse en la jovencísima vida de Gabriel dibujan un inquietante perfil que incluye la muerte de otro menor. La muerte, calificada en su día como accidental, de una niña de cinco años que se precipitó al vacío desde una ventana del edificio burgalés en el que Ana Julia vivía con su pareja de entonces. La niña era su propia hija, la había tenido en la República Dominicana antes de llegar a España con apenas veinte años. De hecho, la niña se quedó allí hasta que su madre decidió traerla a España, donde se había casado con un español, Miguel, su primer marido, y padre de su segunda hija, una joven de veinte años que sigue residiendo en Burgos.

Quienes estaban cerca de Ana Julia en aquella primera época de su periplo en España relatan que, a pesar de su corta edad, la pequeña no se adaptó a nuestro país y no quería comer. Poco tiempo después, según el atestado y las correspondientes diligencias, la pequeña habría acercado una mesa hasta la ventana arrojándose al vacío con resultado fatal. Eran las siete de la mañana y su madre explicó que la niña era sonámbula y que la tragedia había ocurrido mientras los demás dormían.

El asunto fue sobreseído en el juzgado y seguramente jamás se hubiera vuelto a hablar de aquello si Ana Julia no hubiera sido detenida ayer con el cadáver de otro niño, Gabriel, en el maletero de su coche. Ahora, sin embargo, según acaba de declarar el ministro del Interior, aquellos hechos, que ponen sobre la mesa preguntas inquietantes, volverán a ser investigados. Si aquella niña cayó de forma accidental por la ventana en un descuido de la madre, ¿cómo es posible que años después ella sea capaz de infligir ese mismo dolor al hombre que supuestamente ama? Y si, por el contrario, ella tuvo ya entonces participación en la muerte de su propia hija ¿le resulta tan “fácil” a un monstruo pasar desapercibido entre nosotros, seguir aparentando normalidad durante veinte años?

Patricia, la madre de Gabriel, pedía esta mañana en dos breves y desgarradoras intervenciones de radio que se dejara de hablar de “esta mujer”, quien a su juicio no merecía convertirse en centro de atención. Pedía que la gente no pusiera por delante una maldad que oscureciera una realidad que para ella es mucho más relevante: la desaparición de Gabriel ha servido para sacar lo mejor de las miles de personas que durante días habían ayudado a buscar al niño sin descanso, han compartido su fotografía, han enviado mensajes de apoyo o se han manifestado para pedir el regreso del niño.

Ana Julia junto a Ángel
Ana Julia junto a Ángel

Es cierto, pero ¿cómo podemos evitar preguntarnos por la maldad más o menos oculta que vive a nuestro lado, que podría haberse metido en nuestra casa? ¿Cómo evitar preguntarse qué pensara Ángel, el padre del pequeño asesinado, cuando recuerde aquella vez que su hijo le confesó que Ana Julia no le gustaba? ¿Creyó que el niño tenía celos, que estaba siendo posesivo? La de Ángel es una piel en la que, sin duda, ninguno querría estar, pero que llama poderosamente la atención sobre la confianza que depositamos en las personas cercanas, a veces incluso, sin hacer preguntas sobre su pasado.

Ahora – tarde como siempre – surgen declaraciones en contra de Ana Julia a las que se presta oídos por primera vez. Puede que algunas sean exageradas; otras, sin embargo, resultan tan reveladoras como reales y espeluznantes. Por ejemplo, las de Jessica, hija de Francisco Javier, otra de las parejas que la presunta homicida de Gabriel tuvo durante sus años en Burgos. Viudo, de 51 años, Francisco Javier empezó una relación con Ana Julia que jamás gustó a los hijos. En concreto Jessica relata cómo la “novia” de su padre se enfrentó a ella cuando Francisco Javier enfermó. Ni siquiera quiso llamar a una ambulancia y cuando por fin fue trasladado al hospital donde cuatro días más tarde falleció, Ana Julia habría aprovechado para vaciar las cuentas.

Después del entierro, Jessica descubrió que en la casa familiar faltaban las joyas de su madre. Ni rastro de Ana Julia. Jamás le contestó al teléfono. Intentó no volver a pensar en ella hasta que la vio hace unos días en televisión. Llamó a la policía y contó su propia experiencia. Aun así, ni la propia Jessica imaginaba que aquella mujer fuera capaz de llegar tan lejos. Cuesta que una cabeza normal procese lo que un monstruo –añado presuntamente– es capaz de ocultar detrás de lágrimas de cocodrilo y abrazos tan vacíos como interminables. Siempre cerca de Ángel, afligida como él, confirmaba con sorprendente rotundidad lo que de Gabriel decían sus padres: nadie que conociera al niño podía ser capaz de hacerle daño.

Acaba de empezar la instrucción y con el paso de los días iremos conociendo lo que la hermética investigación de la Guardia Civil ha ido recopilando durante los pasados días mientras se seguía buscando a Gabriel, pero resulta increíble que Ana Julia pensara que iba a salir (otra vez) airosa de tan atroz acción. Quizás tampoco pensó que la desaparición de un niño en un remoto paraje de Almería iba a levantar tan descomunal expectación, tanta solidaridad y apoyo a unos padres que desde el principio tuvieron claro que tenían que estar unidos para que su divorcio no se mezclara en las pesquisas.

A su lado, junto a Patricia y Ángel, siempre Ana Julia.  Participando activamente en la búsqueda, mostrando dolor por lo sucedido. Hizo declaraciones a los medios de comunicación contando detalles del día de la desaparición. “Justamente ese día le habíamos dicho a Gabriel, a la hora del desayuno, que si veía a algún extraño corriera y, mira tú por dónde, justo hoy ha desaparecido”, explicó, por ejemplo, a una cámara de televisión con Ángel a su lado. Y añadía, fría y rotunda: “Gabriel no se va con nadie que no conozca”. A ella, es probable que el niño fuera quien mejor la conociera.

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