Se calcula que 13 millones de personas están en riesgo de inanición por culpa de la guerra en Yemen, de los que, según datos de Save the Children, más de cinco millones serían niños.

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El conflicto yemení que ya dura más de tres años tiene sus raíces en la Primavera Árabe de 2011, cuando un levantamiento forzó al presidente autoritario del país, Ali Abdullah Saleh, a dejar el poder en manos de su vicepresidente, Abdrabbuh Mansour Hadi, de quien se esperaba una transición política más o menos tranquila hacia la estabilidad del país. No obstante, con Hadi nada cambió en relación a la corrupción o a la inseguridad alimentaria, sobre todo, teniendo en cuenta que muchos oficiales del ejército seguían siendo leales al derrocado Saleh.

Esta debilidad del gobierno de Hadi permitió que el movimiento hutí, que defiende a la minoría chiita zaidí de Yemen, aprovechara para tomar el control de la provincia de Saada, en el norte del país. Poco a poco, los hutíes supieron utilizar en su beneficio la desilusión de los yemeníes ante la falta de cambios que mejorasen su vida y lograron hacerse, incluso, con el apoyo de un importante número de sunitas. Hasta que, a principios de 2015, los rebeldes tomaron la capital, Saná, forzando a Hadi al exilio.

Sin embargo, Hadi no iba a estar solo. En marzo de ese mismo año, Arabia Saudí y otros ocho países árabes, mayoritariamente sunitas y apoyados por Estados Unidos, Reino Unido y Francia, lanzaron ataques aéreos contra los hutíes con el objetivo de restaurar el gobierno del presidente exiliado. La coalición no quería correr el riesgo de que un triunfo de los hutíes se tradujera en ventajas para Irán, país mayoritariamente chiita, rival y vecino incómodo de Arabia Saudí, que acusa a los iraníes de estar apoyando a los hutíes con armas y soporte logístico.

Ahora, tres años de guerra después, Yemen está a menos de un paso de una hambruna asoladora que, según Naciones Unidas, podría ser “la peor en 100 años”, con trece millones de personas en riesgo de inanición en un país que ya era el más pobre de Medio Oriente antes de comenzar este conflicto. El Programa mundial de alimentos (PMA) ha advertido en un reciente comunicado que “empieza a faltar tiempo para impedir una devastadora hambruna en Yemen y no podemos permitir la menor perturbación en la distribución de ayuda a las víctimas inocentes del conflicto”.

Víctimas inocentes, como los más de cinco millones de niños que están amenazados de hambruna, según confirma la ONG Save the Children, en un contexto de guerra y de precios cada vez más altos de alimentos y carburantes. Según la Oficina de coordinación de asuntos humanitarios de la ONU, el precio de los alimentos ha aumentado un 68% desde 2015 y desde octubre de 2017, el PMA denuncia que, al margen de los combates y de los bombardeos, la alimentación se ha convertido en un “arma de guerra” en Yemen, uno de los centros más antiguos de civilización de Oriente Próximo.

Además, la ofensiva de las fuerzas progubernamentales contra el estratégico puerto de Hodeida, principal lugar de entrada de las importaciones y del auxilio internacional, impide que la ayuda llegue a los castigados civiles tras el fracaso de negociaciones entre ambos bandos a principios del pasado mes de septiembre en Ginebra. Naciones Unidas alerta que cualquier combate importante en este puerto supone que no pueda llevarse a cabo la entrega de alimentos a los millones de yemeníes cuya supervivencia depende de ello. Pero Arabia Saudí y sus aliados están convencidos de que Hodeida no es “solo” el lugar por donde entran los alimentos, sino la ruta que siguen las armas que los rebeldes reciben de forma clandestina desde Irán y siguen manteniendo el bloqueo del puerto.

Las frías estadísticas hablan de 10.000 muertos y más de 56.000 heridos desde marzo de 2015, unas cifras que aumentan no solo por los combates o el hambre. También por las epidemias. En estos momentos, el país se enfrenta a la amenaza de una tercera oleada de cólera, después de que el brote del pasado año afectara a un millón de personas, de las cuales más de 2.000 murieron, muchas de ellas niños. Fue la epidemia más grande y más rápida jamás registrada, y su rápida propagación fue fruto de la destrucción, durante la guerra, de los ya de por sí precarios sistemas de alcantarillado y saneamiento.

Sin embargo, a pesar de la gravedad de la situación humanitaria, han pasado más de tres años sin demasiadas noticias sobre el conflicto, al que las ONG y organismos oficiales de carácter humanitario han calificado de “guerra olvidada”, por la escasa atención que recibe del resto del mundo. Sin tener en cuenta siquiera que lo que está ocurriendo en Yemen puede exacerbar mucho las tensiones geopolíticas de una zona siempre a punto de estallar.

Además, aún sigue muy vivo el ejemplo de lo que ocurrió en Siria, donde Daesh aprovechó el conflicto armado del país para tomar territorios donde impuso su particular terror. Los servicios de inteligencia occidentales alertan también de que Al-Qaeda en la Península arábiga es la rama más peligrosa del grupo terrorista y que podría encontrar en esta guerra el caldo de cultivo ideal para hacerse fuerte en un país de gran importancia estratégica por su situación en el estrecho de Bab al-Mandab, que une el Mar Rojo con el Golfo de Adén, a través del que pasan gran parte de los barcos petroleros del mundo.

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