De forma recurrente a lo largo de su andadura, el nombre de esta controvertida secta se ha visto envuelto en polémicas relaciones con sus “vecinos” e incluso involucrado en diversos procedimientos judiciales. En la última ocasión, por la detención de cuatro de sus miembros acusados de secuestro de menores por un tribunal de Nueva York.

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Los cargos se relacionan con la desaparición de Chaim Teller, de 12 años, y su hermana Yante Teller, de 14. Según la acusación, los adolescentes fueron secuestrados el 8 de diciembre de 2018 cerca de su casa en la localidad neoyorquina de Woodridge por miembros de Lev Tahor que querían llevarlos de vuelta al campamento de la secta en Guatemala. Los niños se habían escapado con su madre hacía más de un mes y fue ella quien alertó a las autoridades estadounidenses de que uno de los hombres que se los habían llevado era su propio hermano y nuevo líder de la secta, Nachman Helbrans. Es decir, el tío de los menores que, finalmente, fueron encontrados por las autoridades en el municipio de Tenango del Aire, a 40 kilómetros de Ciudad de México.

No es la primera vez que la secta tiene que afrontar acusaciones que tienen que ver con los miembros más jóvenes de este grupo al que parte de la prensa de Israel bautizó hace tiempo como los “talibanes judíos”, por el hecho de que las mujeres que forman parte del mismo visten con ropa negra de la cabeza a los pies dejando a la vista únicamente una pequeña parte de su rostro. En 1993, su fundador, el rabino Shlomo Helbrans, que en 1990 había trasladado al grupo a Estados Unidos, fue arrestado en Nueva York acusado de secuestrar a un adolescente que estaba estudiando con él para prepararse para su bar mitzvah, el ritual religioso que marca el inicio de la transición a la edad adulta en el judaísmo. Los padres del menor acusaron al rabino de “lavar el cerebro” a su hijo y un tribunal le condenó. Pasó dos años en prisión hasta que pudo salir con libertad condicional en 1996.

En el año 2000, el rabino fue deportado a Israel, de donde no tardó en volver a salir para establecerse de nuevo lejos del Estado de Israel, al que la secta no reconoce porque cree que no debería existir hasta la llegada del Mesías. El destino elegido fue Canadá, más en concreto la pequeña localidad de Sainte-Agathe, de unos 10.000 habitantes y a dos horas de distancia por carretera de Montreal. Un lugar tranquilo y poco poblado donde pasar más o menos desapercibidos. Hasta que volvieron a aparecer denuncias en contra del grupo, que fue acusado en 2013 por los servicios sociales de negligencia infantil. Las autoridades canadienses estaban preocupadas por la salud e higiene de los menores, así como por su educación que es únicamente la que reciben dentro de su comunidad, sin relacionarse con otros niños.

El grupo no quiso enfrentarse y en noviembre de ese mismo año, antes de la fecha en que las familias debían presentarse ante un juez en Quebec, el grupo de más de 200 personas hizo las maletas y se mudó a Chatham, en el sur de Ontario. Sin embargo, allí tampoco iban a quedarse mucho. Con algunos miembros del grupo involucrados en una batalla legal con las autoridades regionales por la custodia de sus hijos, decidieron abandonar el país y trasladarse a Guatemala donde ya se habían establecido hacía años algunas familias pertenecientes a la secta.

Y desde que llegaron, los miembros de Lev Tahor ya han tenido que volver a mudarse. De momento, a tres lugares distintos pero siempre en Guatemala. Primero estuvieron en San Juan La Laguna, una localidad habitada principalmente por indígenas mayas que terminaron expulsando a sus “extraños” vecinos tras meses de desavenencias. Algunos de los Lev Tahor llevaban años viviendo allí, pero fue la masiva llegada de los que venían de Canadá lo que acabó complicando las cosas de forma definitiva obligando a que el “Consejo de ancianos” de San Juan forzara su salida amenazando con cortarles el acceso a los servicios públicos. Los habitantes de la zona estaban molestos porque consideraban que los miembros de la secta les trataban con desprecio, negándoles el saludo, rechazando mezclarse con ellos e incluso dirigirles la palabra.

La secta decidió entonces reubicarse en Ciudad de Guatemala, donde tampoco iban a tardar en llegar los problemas. Fiscales del Ministerio Público que investigaban presuntos casos de maltrato infantil entraron en su nueva sede y en 2016 los de Lev Tahor volvieron a trasladarse. En todo caso, no demasiado lejos. Tan solo a 80 kilómetros de Ciudad de Guatemala, a la localidad de El Amatillo en el municipio Oratorio. Un año más tarde, moría su fundador. Al parecer, durante un ritual religioso en un río en Chiapas (México), lugar al que podrían estar planeando mudarse aunque, de momento, todo habría quedado en el aire a causa del fallecimiento de su fundador, la fuga de una de sus hijas con sus niños y la acusación por secuestro de menores contra su hijo y heredero, nuevo líder de la polémica secta que se considera a sí misma como el único grupo religioso que defiende “la última llama que queda en el mundo judío”.

Igual que las mujeres, los hombres de Lev Tahor visten de negro, cubren sus cabezas con sombrero y nunca se afeitan la barba. La única misión que tienen sus miembros es servir a Dios. En todo momento y con toda su alma. Para ello, sus estanterías solo albergan libros judíos, no se mezclan con nadie fuera de su comunidad y en sus casas no hay ordenadores, televisores ni aparatos de radios. Las paredes permanecen desnudas, ni siquiera se cuelgan símbolos o retratos del rabino. La mayor parte de sus comidas son hechas en casa con ingredientes naturales y nunca comen pollos ni huevos de gallina, por considerar que han sido manipulados genéticamente. Tampoco comen arroz o vegetales con hojas, por temor a que tengan algún insecto, y quitan la piel al resto de verduras o a las frutas. Únicamente beben leche de vacas que ellos mismos puedan ordeñar y los niños tienen prohibido comer golosinas compradas en una tienda.

Ellos insisten en que su vida austera de entrega religiosa es la que produce rechazo en los demás y se quejan de lo que llaman “persecución religiosa”, pero lo cierto es que, además de las acusaciones por maltrato infantil o por secuestro de menores, a su alrededor han surgido en los últimos años voces que les acusan también de utilizar formas extremas y violentas de control sobre sus miembros y el matrimonio forzoso de mujeres menores de edad con hombres mayores.

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