Bibi, cuyo nombre completo es Asia Noreen, pasó ocho años en prisión tras ser condenada a muerte por blasfemia antes de ser posteriormente absuelta por el Tribunal Supremo.

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Pakistán, igual que la protagonista de esta historia, intenta pasar página y que la distancia y el tiempo terminen por calmar las turbulencias de un caso judicial profundamente marcado por la religión, el fanatismo y la imposible interpretación de algunas creencias cuando tienen que verse confrontadas con el sentido común. Todo comenzó en el año 2009 de forma aparentemente banal: una discusión entre vecinas de un barrio de Punjab, en el este de Pakistán, a causa de un bidón de agua y, sobre todo, del racismo. Un grupo de mujeres acusó a su vecina cristiana, Asia Bibi, de haber contaminado el agua del contenedor comunitario por haber accedido a ella siendo lo que era, es decir, “una cristiana”.

No podía imaginar Bibi que enfrentarse a ellas iba a ser el comienzo de un calvario que dividiría a la sociedad de su país, provocando incluso la muerte de dos personas: de Salman Taseer, gobernador de Lahore, y del ministro de las Minorías, Shahbaz Bhatti, ambos asesinados por haber salido en su defensa. Porque aquel grupo de vecinas “indignadas”, en lugar de volver a casa después de la trifulca, acudió a la policía para denunciar que la cristiana había realizado comentarios despectivos contra el profeta Mahoma y, poco después, en 2010, un tribunal condenó a Bibi a la horca por blasfemia. Se trataba de la primera mujer no musulmana de Pakistán castigada por el único delito que en ese país puede conllevar la pena de muerte. Un hecho inédito que, además, conduciría a otro también por completo inesperado que volvió a enfrentar a la sociedad.

Porque si insólita fue su condena a muerte tras un juicio de irregular procedimiento, sin más testigos que las vecinas implicadas, más lo fue la sentencia revocatoria del Supremo que la absolvía de todos los cargos y ordenaba su inmediata puesta en libertad. Era improbable que en la calle se recibiera aquella noticia con indiferencia, pero seguramente tampoco se esperaba que el veredicto desatara una oleada de protestas tan violentas que obligaron al gobierno a blindar el perímetro de la Corte Suprema en Islamabad que los más fanáticos pretendían quemar, con los jueces dentro. Mohamed Afzal Qadri, líder del partido islamista Tehreek-i-Labaik, dijo textualmente que los tres jueces merecían “ser asesinados”.

Por su parte, los magistrados de la más alta instancia habían tenido muy claro y así lo escribieron en su sentencia, que el caso se basaba en pruebas endebles, no se habían respetado las normas procesales y la supuesta confesión de los hechos por parte de la acusada fue realizada ante una multitud que amenazaba con matarla. En su fallo, los jueces incluyeron numerosas referencias al Corán y quisieron poner el punto final a su escrito con una cita del propio Mahoma: “Los no musulmanes deben ser tratados con amabilidad”. El presidente del Supremo, Saqib Nasir, ya había anunciado la sentencia diciendo que “La tolerancia es el principio básico del Islam”, pero los manifestantes no dieron muestras de estar de acuerdo. Así que el gobierno encabezado por Imran Khan se vio obligado desde el primer momento a buscar una salida para Bibi, quien seguía encerrada, a pesar de la sentencia, esta vez en un lugar secreto y por su propia seguridad.

Estaba claro que dicha salida pasaba por marcharse de su país, pero antes había que superar un último escollo judicial, el recurso de apelación contra su liberación, que fue rechazado el pasado mes de enero. Y, por fin, hace unos días las autoridades confirmaban que Asia Noreen ya había abandonado Pakistán aunque, por razones obvias, allí no se haya querido anunciar de manera oficial su destino. En cualquier caso, no es un secreto. Uno de los abogados de la cristiana, Saif Ul Malook, anunciaba la pasada semana que su cliente ya había viajado a Canadá junto a su marido para reunirse con el resto de su familia. Canadá ofreció asilo a Bibi, su marido, sus hijas y también al abogado Joseph Nadeem, que estuvo al frente de la defensa de Bibi durante todo el proceso y que también había recibido amenazas de muerte.

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