La entrada en vigor en Brunei de un nuevo código penal, que contempla la pena de lapidación para homosexuales y adúlteros, ha puesto el foco de atención internacional en uno de los pocos monarcas absolutistas que quedan en el mundo, el sultán Hassanal Bolkiah.

Publicidad

Nacido en 1946, Hassanal Bolkiah es jefe de Estado y primer ministro al mismo tiempo. No solo eso, en la actualidad es, además, ministro de Defensa, de Exteriores, Justicia y Finanzas. Tiene el poder de nombrar a los ministros de su gabinete, a los integrantes de otros cuatro consejos de asesores, así como a los 36 miembros del Consejo Legislativo del país. En 1961 fue designado por su padre, Omar Ali Saifuddien, como príncipe heredero y en 1967 se convirtió en sultán del pequeño estado de la costa nororiental de la isla de Borneo que puede presumir de tener el mayor PIB per cápita del mundo. Y tras el fallecimiento de su madre en 1979 y la “jubilación” de su padre, el heredero se empleó a fondo para prepararse a gobernar al estilo de los antiguos monarcas absolutistas cuando, en 1984, el territorio recuperó su autonomía tras haber sido un protectorado británico durante 95 años.

Ahora, la entrada en vigor en ese país asiático de un nuevo código penal basado en la sharia, que castiga con la lapidación el sexo entre hombres y el adulterio, y establece penas que conllevan la amputación de manos y pies del condenado en casos de robo, ha provocado que el mundo mire perplejo e indignado al sultán. En realidad, la entrada en vigor de tan aberrantes castigos que vulneran los derechos humanos es, simplemente, la etapa final del proceso de cambio judicial que Bolkiah puso en marcha en 2013. Ya en aquel momento, cuando se anunció la adopción de la ley islámica, se produjo un gran escándalo y se intentó boicotear a la cadena hotelera de lujo propiedad del sultán, que incluye emblemáticos hoteles como el Beverly Hills de Los Ángeles, el exquisito Dorchester en el centro de Londres, Le Meurice en París o el Principe di Savoia de Milán.

Bolkiah es el segundo monarca más rico del mundo, superado únicamente por el rey Maha Vajiralongkorn de Indonesia, y Forbes le atribuye una fortuna personal de 20.000 millones de dólares. Una fortuna que tiene su origen en la ingente producción de petróleo y gas del país, gracias a la cual sus habitantes pueden acceder de forma gratuita a atención sanitaria y educativa sin necesidad de pagar impuestos. Brunéi comenzó a producir petróleo en 1929 y, más tarde, en la década de los 60, se descubrió que, además, su tierra ocultaba grandes reservas de gas. La venta de estos combustibles fósiles representa más del 60% de su PIB y el 95% de sus exportaciones. Para manejar estos fondos, el sultán creó en 1983 la Agencia de Inversiones de Brunéi (BIA), un fondo soberano que administra las inversiones extranjeras que realiza el país con los beneficios del petróleo y que posee activos por valor de 30.000 millones de dólares en el mundo.

Al frente de dicho fondo, el sultán quiso poner a alguien de su confianza y nombró a su hermano Jefri que, sin embargo, demostró ser muy poco digno de ella. A finales de los 90, Brunéi se vio de pronto en el epicentro de un terremoto financiero provocado por la quiebra de Amedeo Group, un consorcio privado de empresas constructoras a través del que se habían canalizado miles de millones de dólares de la BIA y que, igual que el fondo, tenía como máximo responsable a Jefri. El temblor dejó al descubierto deudas por valor de 10.000 millones de dólares que obligaron a poner en venta de inmediato algunos de sus bienes, entre ellos 17 aviones, 2.000 automóviles, un hotel de seis estrellas con teatro, campo de golf y establos con aire acondicionado, así como obras de arte que pertenecían a Jefri, entre ellas un Renoir valorado en 70 millones.

Igual que a Jefri, al sultán le gusta gastar a lo grande. Vive en el palacio residencial más grande del mundo, con más de 1.700 habitaciones, que costó 1.000 millones de dólares y es el propietario de la mayor colección privada de Rolls Royce, 500 aproximadamente. Por supuesto, no solo hay Rolls en su garaje. De vez en cuando Bolkiah se da un capricho y añade otras marcas y modelos a su colección: Lamborghini Murcielago LP640, Jaguar XJR-15, Porsche 959 o Bugatti EB110, entre otros. Y a su fama de coleccionista de coches difíciles de ver por la calle, durante décadas se sumó su afición a rodearse, literalmente, de las mujeres más guapas. En la misma época en la que estalló el citado escándalo financiero, Shannon Marketic, ex Miss Estados Unidos, denunció a Bolkiah y a su inseparable hermano Jefri por haberla tenido encerrada junto a otras mujeres en un harén del palacio del sultán donde, según la demandante, fueron acosadas sexualmente. Aquello, sin embargo, no fue a mayores y ni siquiera se formularon cargos contra ninguno de los dos poderosos hermanos.

Eran, en todo caso, los “locos” años 90. Luego todo empezó a cambiar. El sultán fue cumpliendo años, a la vez que dirigía a su país hacia la aplicación de la ley islámica de forma cada vez más estricta. Desde 2014, tras la imposición de la sharia, no se puede consumir alcohol y en 2015 se prohibió celebrar en público las navidades. Algunos analistas aseguran que estas políticas también buscarían atraer inversiones de los países musulmanes, así como a más turistas islámicos, pero en el mundo occidental nadie permanece ajeno a la imposición en su vertiente más estricta de una ley que nos retrotrae a muchos siglos atrás. El sultán, no obstante, afronta con ella el futuro. Y orgulloso, en 2017 celebró sus 50 años en el trono con una fiesta multitudinaria a la que acudió subido en una carroza de oro tirada por 50 hombres.

Publicidad

Comentarios