En 1979, la entonces poderosa Unión Soviética se metió de lleno en el ya complejo conflicto que Afganistán trataba de resolver ante el avance de los muyahidines y su intento de controlar todo el país. Era en apariencia un conflicto que la URSS podría “zanjar” en unas cuantas semanas, el tiempo necesario para apuntalar en el poder a un gobierno comunista aliado.

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Aquel fue, sin embargo, uno de los errores bélicos más importantes de siglo XX, que contribuyó al fin de la Unión Soviética y no sirvió para que Afganistán lograse una mínima estabilidad política. Por otra parte, el conflicto se manejó como si fuera otro escenario más de la Guerra Fría y el mundo entero lo acabaría pagando. Porque cuando los rusos llegaron a Afganistán para luchar contra los muyahidines, estos ya estaban siendo armados e incluso entrenados por Estados Unidos. Así que los militares soviéticos no se encontraron, como habían previsto, con pequeños y débiles grupúsculos de extremistas que querían gobernar el país, sino con verdaderos combatientes que, aunque jamás les ganaron en una batalla, sí provocaron la salida de los rusos para volver a casa, diez años después, sin haber conseguido nada. Solo muerte: la de 15.000 soldados soviéticos y de un millón entre civiles afganos y de muyahidines

Muchos analistas de la época definieron el conflicto como “el Vietnam de la URSS” por su alto costo humano y económico. También por la extrema facilidad con la que los muyahidines se escondían entre las montañas y por el rechazo de la población local hacia los que consideraba invasores. La comunidad internacional, en su mayor parte, se alió con Estados Unidos y no tuvo nada que objetar al apoyo económico y militar con el que, en realidad, el gobierno estadounidense estaba alimentando a quienes erróneamente llegó a considerar asimismo aliados: los muyahidines o, como ahora los llamaríamos, los combatientes yihadistas de Afganistán. Incluso, como protesta por la invasión soviética de Afganistán, Estados Unidos y otros 65 países decidieron no participar a las olimpiadas de Moscú de 1980. Se pensó que la estrategia en una guerra que se veía lejana sirviera para perjudicar al verdadero enemigo, el bloque soviético. Nada más lejos de la realidad. Aquella sería, como el tiempo ha demostrado, una guerra que después tendría que combatir Estados Unidos contra los que anteriormente se había encargado de armar.

Además, los feroces combatientes afganos no solo contaban ahora con armas estadounidenses. La precipitada salida de los soviéticos había dejado en el escenario del conflicto una gran parte de su propio armamento, aunque puede que tampoco hiciera mucho esfuerzo por llevárselo: ya se veía venir que los talibanes se revolverían de inmediato contra los “ingenuos” norteamericanos. A pesar de que nadie podía imaginar que el detonante oficial de la guerra fueran los terribles atentados del 11S. Afganistán se había convertido en la semilla de la guerra yihadista mundial, el lugar ideal para que se escondieran quienes trataban de castigar a los infieles occidentales. Ahora Donald Trump quiere terminar con la que ya es la guerra más larga en la historia de su país y abandonar el complejo avispero. Su política de “America first” pasa por dejar de comportarse continuamente como el guardián de los países occidentales.

Y, a su vez, la Rusia de Putin no quiere quedarse fuera de las negociaciones de paz que los estadounidenses mantienen con los talibanes desde el pasado mes de noviembre, con Zalmay Khalilzad como representante especial de Estados Unidos para Afganistán. Al Kremlin le preocupa que una salida desordenada de las tropas occidentales de Afganistán desestabilice sus propias fronteras, algo que ISIS podría aprovechar para expandirse por Asia Central y alcanzar territorio ruso. De hecho, Putin ya ha anunciado algunas medidas para impedirlo: ampliar su fuerza en la región, abrir una segunda base militar en Kirguistán, país fronterizo a Afganistán, e incluso organizar una intervención militar al estilo sirio en Afganistán. Todo ello a pesar de que, por su parte, los talibanes afganos ya combaten contra el ISIS y aseguran que este conflicto no afectara a los países vecinos.

En todo caso, Moscú ya se ha puesto manos a la obra. Los pasados 5 y 6 de febrero tuvo lugar un encuentro entre una delegación de políticos afganos encabezada por el expresidente Hamid Karzai y representantes del movimiento Talibán. Y nada más terminar, Zamir Kabulov, enviado presidencial de Rusia a Afganistán, anunció que su país se ofrecía a ayudar a Washington en las negociaciones de paz con los talibanes en Afganistán con la premisa de que EE.UU. retire sus tropas: 14.000 efectivos en el terreno, a los que hay que sumar 8.000 más de diversos países de la OTAN. A cambio, los talibanes asumen el compromiso de no usar la violencia contra el país norteamericano y de no dar refugio en territorio afgano a los grupos terroristas que operan en la región.

Lo cierto es que, dieciocho años después de la primera intervención militar de Estados Unidos en Afganistán, esta guerra se ha convertido en un callejón sin salida y el país nunca ha sido tan inseguro como ahora. Entre 2001 y 2016 más de 110.000 personas murieron y otras 116.000 quedaron heridas en el conflicto. Solo en 2017, se contabilizaron 10.000 civiles muertos o heridos, cifra que se vio incrementada el pasado año. Y lejos de disminuir, el territorio controlado por los talibanes es el mayor logrado desde la caída de su régimen, aproximadamente el 70% del castigado país. De modo que ahora son los rusos los que reclaman una solución política en lugar de militar para la resolución del conflicto. Sin embargo, los militares estadounidenses aseguran que los rusos estarían apoyando militarmente a los talibanes, suministrándoles  armas a través de la frontera de Tayikistán.   

El gobierno ruso, por supuesto, rechaza estas acusaciones y solo reconoce contactos de tipo político con los miembros fundadores del movimiento Talibán, quienes curiosamente fueron en su día muyahidines que combatieron contra la extinta Unión Soviética en la década de 1980. Los generales estadounidenses no se fían de Moscú. Están convencidos de que los rusos intentan utilizar a ISIS como excusa para justificar su intervención en Afganistán con el claro objetivo de aumentar su influencia militar en Asia Central. La política exterior rusa es cada vez más intervencionista y recorre su camino alejada por completo de los intereses occidentales. Y ya hemos visto que no tiene problemas en mostrarse claramente belicista cuando se trata de conflictos cercanos a su área de influencia, como en Ucrania y Crimea.

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