Mongolia, con una población de poco más de tres millones de habitantes y una superficie que triplica la de España, es el estado con menor densidad de población del planeta. Sin embargo, casi la mitad de su población vive hoy concentrada en la capital, Ulán Bator, donde sus vecinos respiran el aire más contaminado del mundo.

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Situada a 1.350 metros sobre el nivel del mar y rodeada de las impresionantes montañas que forman parte de la cordillera Khan Khentii, Ulán Bator es la capital más fría del mundo, con temperaturas que durante el invierno alcanzan mínimas de −40 °C. La extrema dureza del clima no ha sido, sin embargo, inconveniente para que en las últimas décadas la ciudad haya recibido a miles de familias nómadas procedentes del campo, acostumbradas a soportar temperaturas bastante similares en el interior de su yurta, la típica vivienda nómada de Asia Central, una tienda de campaña circular donde la familia hace vida alrededor de una estufa central, elemento indispensable para combatir el clima de la estepa.

Hasta 1990, bajo dominio soviético, la tierra en Mongolia pertenecía al Estado, pero cuando también a este país remoto llegó la perestroika y con ella la reforma política y económica, la tierra pasó a declararse propiedad de los ciudadanos. Aquello tuvo inmediatas consecuencias que, probablemente, nadie había previsto: una avalancha de familias nómadas se desplazaron a la ciudad para reclamar su parcela de terreno e instalarse allí con sus yurtas, “renunciando” a su vida itinerante con la esperanza de prosperar en otro tipo de existencia, la sedentaria en una gran ciudad. Así, en las colinas que rodean la capital comenzaron a crecer barrios enteros – conocidos como distritos “ger”, término mongol para referirse a la yurta – habitados por los antiguos pastores, reconvertidos en trabajadores de una ciudad que aún sigue explotando el filón de la minería.

Es en estos “distritos no planificados” de la ciudad donde, según cifras oficiales de la administración local, se origina el 80% de la contaminación del aire de Ulán Bator. Los nuevos habitantes, siguiendo su costumbre, continúan protegiéndose del frío a base de quemar carbón crudo en sus anticuadas estufas. Igual que hacían cuando vivían en el campo. No solo carbón, sino también todo tipo de basura. Como consecuencia, ya en 2013 la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió de que un 10% de las muertes registradas en la capital más contaminada del mundo, por delante incluso de Pekín o Nueva Delhi, estaban relacionadas de forma directa con la polución. Antes, entre 2004 y 2008, se había registrado un incremento del 45% en las enfermedades respiratorias, que, según el Banco Mundial, provocó un gasto adicional en Sanidad de más de 300 millones de euros al año.

Estaba claro que había que tomar medidas, empezando por realojar a los nómadas en los edificios construidos como parte del plan urbanístico que la ciudad puso en marcha para erradicar los distritos “ger”. Sin embargo, la reforma era más complicada y, aparte de requerir tiempo, inversión y esfuerzo, se necesitaba un trabajo de adaptación o, si se quiere, de reeducación. Economía y sociedad tenían que ir de la mano. Por eso, cuando el pasado año, el Primer Ministro Ukhnaagiin Khurelsukh anunció que el uso de carbón crudo en Ulán Bator estaría prohibido a partir de abril de 2019 muchos se mostraron escépticos y siguen creyendo imposible que el gobierno pueda hacer cumplir con la prohibición. Antes ya se habían ofrecido subsidios para estufas menos contaminantes y la electricidad en los distritos más contaminados de la ciudad se estuvo suministrando de manera gratuita por la noche, pero los resultados fueron poco esperanzadores. Y es que aparte del factor económico, es decir el asequible precio del carbón, hay un problema social que ni siquiera la prevista reforma urbanística de Ulán Bator tiene visos de atajar.

Porque muchos de los que abandonaron la vida nómada tienen dificultades a la hora de adaptarse a la ciudad. De hecho, aunque la mayoría manifiesta que su mayor deseo es vivir en un piso, cuando logran el objetivo echan de menos su antigua vivienda. En general echan de menos su vida itinerante, sin más normas que las que marca el pastoreo. El problema es que, por otra parte, la vuelta atrás resulta cada vez más difícil: el cambio climático ha complicado mucho la vida en el campo. Según los estudios climáticos sobre Mongolia, el país ya ha experimentado un calentamiento de 2,2 grados y las variaciones climáticas han afectado gravemente al pastoreo. Por ejemplo, tras dos veranos muy secos llegaron dos inviernos extremadamente fríos y, de pronto, el verano pasado se registraron inundaciones que acabaron con gran parte de los rebaños. Y si en invierno lo normal es que la pradera se cubra por completo de nieve protegiendo la hierba, este año no ha habido nieve y ahora los pastores temen que no quede hierba para la primavera porque los animales ya han dado buena cuenta de ella durante el invierno.

Mientras, en la capital la contaminación es tan densa que los monitores de medición del PM2.5, el índice de las pequeñas partículas que pueden entrar en los pulmones, marcan 999, la cifra más elevada que puede alcanzar dicho medidor, teniendo en cuenta que un nivel de contaminación “seguro” tiene que estar siempre por debajo de 25.

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