Una vida de película y dos fugas de la cárcel, también de película, presagian un juicio igualmente “digno” de llevar a la gran pantalla. Por el momento, a la espera de que este martes 13 de noviembre se inicien las sesiones del proceso judicial al que se enfrenta “El Chapo” en Estados Unidos, ya se respira un ambiente de máxima seguridad en Nueva York. Los juzgados federales de Brooklyn están tomados por un ejército de agentes de seguridad y se corta el puente del mismo nombre, arteria principal que conecta con el sur de Manhattan, cada vez que hay que trasladar al famoso narco desde su calabozo en la zona de máxima seguridad del Centro Correccional Metropolitano de Nueva York, más conocido como South 10, hasta el sitio que tiene reservado en el banquillo del juez Brian Cogan.

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“Chapo” Guzmán se enfrenta a 17 cargos que pueden suponerle cadena perpetua y sus dos fugas de cárceles mexicanas le preceden. Desde su extradición a Estados Unidos en 2017, el férreo control ha dominado la vida del narco en la celda donde pasa 23 horas al día en confinamiento y la hora restante, haciendo ejercicio. Sin posibilidad, al menos hasta ahora, de excavar un túnel hacia la libertad o sobornar (y/o coaccionar) a los guardias penitenciarios. Una vez a la semana recibe a sus abogados y puede ver a sus hijas mellizas de 7 años; también tiene derecho a hacer dos llamadas, por supuesto grabadas, a su madre y su hermana una vez al mes.

Ahora, el juez encargado de su proceso penal no está dispuesto a que los traslados de Guzmán a los juzgados se conviertan en una oportunidad para intentar de nuevo poner tierra de por medio. Por eso, Cogan no ha querido ni oír hablar de la petición de los abogados de “El Chapo” para que su cliente pudiera dar un abrazo a su mujer, Emma Coronel Aispuro, en la primera vista del juicio. A pesar de que lleva dos años sin tener contacto con ella y que la solicitud era para un breve contacto físico con la barandilla de la sala del juicio por medio.

El juez tampoco ha permitido que haya público en la sala. Será a puerta cerrada, solo con la fiscalía, la defensa, el acusado, cinco miembros de la prensa y, por supuesto, el jurado. Durante la pasada semana, por el juzgado de Cogan pasaron docenas de candidatos a formar parte de un jurado que no ha sido fácil reunir, por razones obvias. Aunque los motivos que dieron muchos de ellos intentaban “triunfar” apartándose precisamente de dicha obviedad: miedo a que el cartel de Sinaloa tomara represalias con ellos o sus familias. Porque el miedo era una causa demasiado común como para dejar que la misma arruinara cualquier opción de formar un jurado, a la vez que se intentaba hacer una criba de posibles cómplices o vendidos.

El juicio, que promete convertirse en todo un espectáculo, ya ha tenido en la fase de selección del jurado – también fuertemente custodiada – episodios más propios de la mente de un guionista que de la realidad de un juzgado. Por ejemplo, el momento en que “El Chapo” prometió a través de uno de sus abogados que no mataría a ningún jurado. Promesa de la que poco se fían los fiscales que han exigido un estricto protocolo de protección dado el historial de intimidación y órdenes de asesinar a posibles testigos por parte del escurridizo narco mexicano en anteriores ocasiones.

En octubre de 2016, Vicente Bermúdez Zacarías, un juez mexicano que aprobó la extradición de Guzmán a Estados Unidos, salió a correr en su ciudad de origen, Metepec, y pocos minutos más tarde cayó muerto de un disparo en la cabeza. Antes, en 2009, el padre de dos hombres de Chicago que estaban colaborando con las autoridades estadounidenses con información sobre las actividades de “El Chapo” fue secuestrado y asesinado cuando se encontraba visitando a unos parientes en México

El juez Cogan trata, además, de preservar la identidad de los miembros del jurado hasta último momento y ha permitido que no estén presentes en las primeras audiencias. Por ahora, poco se sabe de ellos. Solo ha trascendido que son siete mujeres y cinco hombres, que dos hablan español y que otro miembro habría trabajado como funcionario de prisiones. De los doce, al menos tres serían inmigrantes y todos reconocieron que habían oído hablar de Guzmán antes de ser llamados como candidatos para el jurado. Y, al parecer, una de las mujeres lloró después de enterarse de que fue elegida, pero su temor no la eximió finalmente de cumplir con su deber ciudadano ya que la defensa argumentó que si se la excusaba “sentaría un mal precedente de que los jurados podrían eludir su deber con algunas lágrimas”.

En todo caso, quienes más peligro corren son los 40 testigos que declararán en contra de “El Chapo” y los fiscales siguen insistiendo en que es fundamental seguir preservando su identidad para que los sicarios del Cártel de Sinaloa, liderado por “El Chapo” durante más de veinte años, no busquen la manera de silenciarlos. Hasta la fecha, los documentos presentados en la Corte han tenido que ser cuidadosamente censurados para evitar filtraciones. Como el informe de acusación de la fiscalía que fue entregado a la defensa con la mitad del texto tachado a pesar de las quejas de los abogados de “El Chapo”, que consideran que no saber el nombre de los testigos supone un grave obstáculo para rebatir sus testimonios.

Sin embargo, algunos de los que estarían dispuestos a declarar – están cumpliendo condenas en cárceles de Estados Unidos o a punto de ser extraditados desde México – ya han sido incluidos en las “unidades de custodia de protección” ante el gran riesgo que corren sus vidas. Otros ya forman parte del programa de protección de testigos, todos ellos con identidades nuevas, obligados a cortar cualquier vínculo con familiares y amigos. Y esta semana se ha sabido que uno de sus lugartenientes, Vicente Zambada, detenido en Chicago, ha decidido declararse culpable y colaborar con la justicia a cambio de protección para él y su familia.

El narco Guzmán, por su parte, ya le ha dicho al juez que no tiene intención de colaborar ni declararse culpable. Mientras, los abogados del narcotraficante planean argumentar que Guzmán tenía en el cartel un papel mucho más “humilde” del que se cree.

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