Ruth Bader Ginsburg – hace años que todos la llaman RBG – tiene 85 años, es menuda, seria, coqueta, tremendamente combativa, muy popular y, ahora más que nunca, necesaria. Su retirada supondría para Donald Trump – el presidente se refiere a ella como “una desgracia para América” – la oportunidad para cimentar una mayoría conservadora en la más alta instancia judicial de Estados Unidos con el nombramiento de su tercer juez, después de Neil Gorsuch y el polémico Brett Kavanaugh. Un desastre para los demócratas, que intentan oponer resistencia e ir ganando terreno al actual gobierno conservador.

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Por eso, cuando a finales de la pasada semana saltaba la noticia de que RBG había sido hospitalizada saltaron todas las alarmas. El comentario de un usuario de Twitter sirve muy bien para describir el estado de ánimo de medio país ante la preocupante noticia: “#RuthBaderGinsburg ¡No te atrevas a morir, te necesitamos!”. Afortunadamente el susto no duró demasiado – el balance de una caída en su despacho fue de tres costillas rotas – , aunque nadie puede pasar por alto la avanzada edad con la que la famosa jueza sigue al pie del cañón de su destacado puesto vitalicio. De hecho, durante los dos mandatos de Barack Obama hubo voces que recomendaban su retirada para ser sustituida otro juez demócrata, pero en realidad nadie creía, tampoco Ginsburg, que Hillary Clinton perdería las elecciones.

A pesar de su demostrada fuerza – ha superado dos cánceres, una cirugía cardíaca y sigue haciendo ejercicio todos los días -, el tiempo es el único contra el que todos perdemos. Ginsburg, también. Aunque ahora sea el peor momento, ya que es una de las principales voces del ala liberal del Tribunal Supremo, donde ha votado, por ejemplo, en contra de la pena de muerte y a favor de los derechos de los homosexuales. Además, a medida que el Supremo se volvía más conservador, ella viraba cada vez más hacia la izquierda y, privilegios de la edad – es la jueza más veterana del máximo tribunal -, ahora es famosa por sus vehementes disensiones del resto de los jueces.

La jueza Ginsburg
La jueza Ginsburg

Y es famosa no solo en los mundos de la política y la judicatura. En 2013, la joven abogada Shana Knizhnik abrió en Tumblr un blog llamado “Notorious RBG” como homenaje a las opiniones contrarias que defiende con vehemencia Ginsburg frente a sus colegas del Supremo y convirtió a la jueza en un icono seguido, sobre todo, por los más jóvenes. Desde entonces, a la jueza se le han hecho homenajes, películas y exposiciones sobre su vida y su obra. En internet pueden encontrarse cientos de memes, fotografías, carteles o camisetas con frases y el rostro de Ginsburg y el blog de Knizhnik se convirtió en un libro publicado en 2015, que repasa la vida de RBG desde que era una niña.

El documental de 2018 titulado “RBG”, dirigido por Julie Cohen y Betsy West, ha recaudado más de 14 millones de dólares en la taquilla estadounidense colocándose entre las diez películas más vistas y el próximo 25 de diciembre se estrenará “On the Basis of Sex”, que recrea en la gran pantalla la lucha de Ginsburg contra la discriminación a las mujeres con Felicity Jones en el papel de la jueza nacida en Brooklyn en 1933. Hija de inmigrantes judíos, se graduó en la Universidad de Cornell en 1954, se casó con Marty Ginsburg – el matrimonio duró 50 años, hasta el fallecimiento de él en 2010 – y poco después, tuvo su primer hijo. En la década de 1950 la discriminación contra las mujeres embarazadas aún era legal y Ginsburg lo vivió en primera persona: durante el embarazo se vio relegada a un puesto inferior de la oficina de la seguridad social en la que trabajaba. No le pasó igual cuando esperaba a su segundo hijo porque decidió ocultar su embarazo. Aquello, como es lógico, no se le olvidaría.

La juez Ginsburg con otros colegas jueces
La juez Ginsburg con otros colegas jueces

En 1956, se convirtió en una de las nueve mujeres que se inscribieron en la Escuela de Derecho de Harvard y, más tarde, se trasladó a la Escuela de Derecho de Columbia. Sin embargo, pese a haberse graduado en ambas universidades, Ginsburg no lo tuvo fácil para encontrar trabajo. Por fin, gracias a la presión de sus profesores de Harvard y Columbia consiguió finalmente un puesto en la Escuela de Derecho de Rutgers, donde la informaron de que cobraría menos que sus compañeros masculinos porque “en su casa ya había un hombre con un sueldo”. Ella no se amilanó y fue cofundadora del Proyecto de Derechos de la Mujer en la Unión de Libertades Civiles de Estados Unidos, organización de la que en 1973 se convirtió en asesora general para ocuparse de los casos de discriminación de género. En 1980, el presidente Jimmy Carter la nominó para la Corte de Apelaciones del Distrito de Columbia, desde donde llegó al Tribunal Supremo en 1993 de la mano de Bill Clinton.  

Uno de sus casos más sonados fue el de Estados Unidos vs. Virginia, que anuló la política de admitir únicamente hombres en el Instituto Militar de Virginia. Ginsburg alegó que “ninguna ley o política debería negar a las mujeres la plena ciudadanía, la misma oportunidad de aspirar, lograr, participar y contribuir a la sociedad en función de sus talentos y capacidades individuales”. En 1970, cuando se podía despedir a las mujeres por quedarse embarazadas y necesitaban la firma de su marido para abrir una cuenta bancaria, Ginsburg llevó ante la Corte el caso Frontiero vs Richardson: el ejército otorgaba vivienda y seguro médico a las esposas de los militares, pero al marido de la teniente Sharon Frontiero estos derechos le habían sido denegados. Ante el Tribunal Supremo, Ginsburg pronunció una frase de Sarah Moore Grimké, abolicionista, abogada, juez y feminista estadounidense nacida en 1792: “No pido ningún favor para mi sexo. Todo lo que les pido a nuestros hermanos es que nos quiten los pies del cuello”. El tribunal apreció discriminación y ganó el caso.

No ha dejado nunca de luchar contra cualquier tipo de discriminación. Y si su salud lo permite, lo seguirá haciendo. En una reciente entrevista, ella misma confesaba que durante los mandatos de Obama muchos le preguntaron cuándo iba a renunciar. Su respuesta era y sigue siendo: “mientras pueda seguir haciendo mi trabajo a todo vapor, seguiré aquí”.

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