La larga carrera de Benjamin Brafman está plagada de éxitos y de clientes poderosos. Desde que en 1980 fundara su propio bufete, Brafman & Asociados, este descendiente de supervivientes del Holocausto emigrados a América ha sido el elegido por personajes como el político francés Dominique Strauss-Khan, el cantante Michael Jackson, el jefe de la Mafia Salvatore Gravano, la estrella de fútbol americano Plaxico o el promotor inmobiliario Charles Kushner, para que les sacara de sus líos con la Justicia. Y su fama de conseguir lo que parece imposible no ha dejado de crecer.

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Porque tener como clientes a famosos que han caído en desgracia es un arma de doble filo: bueno para que un abogado se haga, a su vez, famoso y se garantice minutas de escándalo, pero malo, muy malo, cuando además de tener que rebatir pruebas, testimonios y argumentos en un tribunal, te las tienes que ver también con el juicio de la prensa y la opinión pública.

A Brafman, que el pasado mes de julio cumplió 70 años, está claro que se le da bien luchar en ambas canchas. Apoyándose en su docena de empleados y, muy especialmente, en los informes de su equipo de detectives privados, entre ellos el Ray Donovan que inspiró la homónima serie de televisión, el veterano abogado neoyorquino es especialista en crear dudas en los miembros del jurado, desacreditar a los testigos de la acusación y dar una buena imagen de sus defendidos, a pesar de todo lo que de ellos se haya dicho y escrito durante los meses inmediatamente anteriores al juicio. Al mismo tiempo, por supuesto, que ofrece un retrato mucho menos amable del que hasta el momento se le había atribuido a la presunta víctima.

Benjamin Brafman con Harvey Weinstein
Benjamin Brafman con Harvey Weinstein

Cuando se encargó, por ejemplo, de la defensa del político francés Dominique Strauss-Khan, llevó a la sala un nuevo perfil de la denunciante que nadie pudo decir, además, que fuera falso y el juicio se saldó con un acuerdo económico entre las partes. Y eso que fuera, en la calle, al político caído solo le llovían palos: perdió su poderoso cargo de presidente en el Fondo Monetario Internacional, toda posibilidad de ser elegido candidato socialista en la carrera presidencial francesa y le costó, por supuesto, un nuevo divorcio, el tercero. Nadie dijo, tampoco Brafman, que el hombre fuera un santo sacrificado, sino que había bastantes posibilidades de que Nafissatou Diallo, la camarera guineana del Hotel Sofitel de Manhattan que lo acusó de haberle obligado a practicarle sexo oral e intentar violarla, hubiera “utilizado” la mala fama de Strauss para sacarle un buen pellizco, presentándose como falsa víctima y esto, desde luego, tampoco era justo.

Los detectives de la defensa no habían tardado mucho en encontrar material suficiente como para que Benjamin Brafman ofreciera al jurado una imagen de mujer manipuladora, que había mentido con solvencia para conseguir un visado de refugiada y que, días antes de los hechos que denunciaba, había dicho a un amigo que “sabía lo que hacía”. En cuanto la citada conversación salió a la luz, la acusación buscó el acuerdo del que antes no había querido oír hablar.

Si aquel caso ya supuso un gran e inesperado éxito de Brafman, en el que está librando ahora con la defensa de Harvey Weinstein va a necesitar de la cooperación de un milagro. El “monstruo” hollywoodiense, cuyo numeroso número de víctimas dio origen al movimiento #MeToo, ya está comprobando, en todo caso, porqué Brafman no solo es el abogado favorito de los famosos sino también el de las causas aparentemente perdidas. El letrado descubría hace unas semanas que uno de los detectives que trabajan con Cyrus Vance Jr., fiscal del distrito de Manhattan, aconsejó a una de las presuntas víctimas del productor que borrase de su móvil diversos mensajes de texto y esto le ha servido ya para presentar una moción que busca la desestimación de toda la causa. Demasiado ambicioso, quizás, pero ya ha conseguido sembrar un esqueje de duda que no va a dejar de crecer, convenientemente regada por Brafman.

Benjamin Brafman
Benjamin Brafman

Igual que no ha dejado de crecer su influencia, después de haber salvado a clientes como el joyero Jacob Arabo, acusado de lavar dinero y conspirar con la organización Black Mafia Family, distribuidora de la cocaína en EEUU, para el que Brafman logró que se retirase el cargo más importante, saldándose su “deuda” con una sentencia de dos años y medio de prisión y una multa de 50.000 dólares. O a Charles Kushner, padre del yerno del presidente Trump, acusado de soborno, evasión fiscal y amenaza a testigos, que se llevó una pena tan mínima que nadie habría apostado por ella. Brafman, seguro que sí. Por el momento, ya ha sacado a la luz uno de los citados mensajes de texto que habría sido enviado por una de las denunciantes, la asistente de producción Miriam Haleyi, a un colaborador de Weinstein. La mujer quería saber si era posible que Weinstein la recibiera antes de irse y Brafman se pregunta en la moción cómo es posible que el tono y el contenido de este mensaje sean tan “normales” días después de producirse la presunta agresión.

La defensa no va a entrar a que se cuestione si existieron o no las relaciones sexuales, Brafman “solo” pretende probar que las mismas fueron consentidas. A veces, hasta buscadas. Habrá que esperar para ver cómo se enfrenta y qué consigue en el que es, sin duda, su caso más mediático gracias al movimiento #MeToo, más complejo por la infinidad de denunciantes que se han unido a la causa de la fiscalía y con el cliente que con peor imagen llega al banquillo. Puede que sea el abogado favorito de los poderosos, pero no va a serlo de la inmensa mayoría del público.

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