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Xi advierte a Trump que China y EE.UU. deben coexistir en paz en su visita de Estado

Trump y Xi celebran una cumbre cargada de simbolismo en la Casa Blanca que apenas produce resultados concretos más allá de prorrogar la tregua comercial hasta enero, mientras ambos líderes tapan sus tensiones con una exhibición de boato diplomático

El presidente de China, Xi Jinping, junto a su homólogo estadounidense, Donald Trump. Foto: ©Casa Blanca/ Oficial.

Donald Trump y Xi Jinping protagonizaron este jueves una de las cumbres más aparatosas de los últimos años en la Casa Blanca, donde la puesta en escena eclipsó a los resultados. La única conclusión concreta: una prórroga de la tregua comercial entre ambas potencias hasta el 10 de enero, anunciada el día anterior por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, con una frase que lo dice todo: la extensión solo servirá para «ganar más tiempo».

Trump no escatimó en gestos. Recibió a Xi en el aeropuerto la noche anterior, una deferencia poco habitual en la diplomacia estadounidense, y organizó para la ceremonia oficial un despliegue que incluyó 479 militares, cuatro bandas, banderas de ambos países y el sobrevuelo del bombardero furtivo B-2. El mensaje era claro: esta cumbre importa, aunque los acuerdos brillen por su ausencia.

«Es un honor recibirle en Washington, hoy se convierte en el primer líder chino en realizar una segunda visita de Estado a EE.UU.», destacó Trump, con elogios que no suele prodigar a sus aliados más cercanos. Xi, por su parte, combinó gestos de buena voluntad con advertencias veladas. «Debemos coexistir en paz», afirmó, y llamó a evitar lo que denominó «la trampa de Tucídides», la dinámica histórica que empuja al conflicto a las grandes potencias cuando una de ellas se siente amenazada por la otra.

Comercio, inteligencia artificial y Taiwán, sobre la mesa

Tras la ceremonia, ambos líderes se reunieron en privado durante más de una hora, con asuntos tan delicados como la relación comercial, la gobernanza de la inteligencia artificial y la guerra en Irán encima de la mesa. Sobre la IA, Trump insistió en su postura favorable a frenar regulaciones: «Quiero dejar la super inteligencia exactamente donde está». Xi respondió que ambos países deben trabajar para garantizar que su desarrollo esté «siempre bajo control humano y al servicio del bienestar de la población». Mientras tanto, los dos países compiten sin pausa por liderar esta tecnología, que definirá el equilibrio de poder de las próximas décadas.

Taiwán también sobrevoló el encuentro sin aparecer en los comunicados. El embajador chino en Washington, Xie Feng, dejó por escrito antes de la cumbre que la isla constituye una de las «líneas rojas» de Pekín. Trump, más cauto que sus predecesores en este asunto, tiene congelado un paquete de ayuda armamentística a Taiwán valorado en 14.000 millones de dólares.

Una tregua que no es la paz

La prórroga comercial es el fruto más tangible de la visita. Hace un año, tras una escalada arancelaria que llevó los tipos sobre importaciones chinas por encima del 145%, ambos países firmaron un alto el fuego en Busan que redujo los aranceles generales a alrededor del 30% y comprometió a Pekín a frenar el flujo de precursores del fentanilo y reanudar compras de soja. En la práctica, los compromisos chinos sobre tierras raras han tenido un cumplimiento parcial.

Por la noche, Trump ofreció una cena de Estado a la delegación china. Entre los invitados, los principales nombres del ecosistema tecnológico estadounidense: Jensen Huang, Sam Altman, Jeff Bezos, Elon Musk, Sundar Pichai, Tim Cook, Satya Nadella y Michael Dell, entre otros. Del lado chino, sin confirmación de que sus grandes ejecutivos fueran a sentarse a esa mesa. La asimetría no es casual: refleja el estado real de una relación que, por mucho que ambos líderes se esfuercen en escenificar, sigue siendo profundamente competitiva.

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