Ha fallecido el pasado 25 de marzo, a las 7 de la tarde, en el Hospital Universitario Puerta de Hierro de Madrid, Manuel Dávila Muñoz, ‘Manolito’, como le llamábamos en la familia, o ‘Manolo’, como le conocían los amigos.

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Se fue en miércoles, al anochecer, el mismo día de la semana y a la misma hora en la que solía disponerse a acudir a los partidos de la Champions del Atlético de Madrid, su Atleti, la gran pasión desde su juventud, que compartió Isabel, su abnegada esposa, su hijo, Manuel, quien amplió la familia, su nuera y sus dos nietas.

Manuel Dávila, Manolito, formaba parte de los 655 últimos fallecidos por el coronavirus COVID-19, anunciados este jueves 26 de marzo de 2020, por Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, y que engrosaban la cifra de 4.089.

Manolito forma parte de los miles de españoles, y a la vez de las decenas de miles de habitantes del planeta, que en esta primavera negra han visto rematadas sus vidas por la puntilla mortal del coronavirus. Se van en la soledad del hospital, forman parte de las anónimas comitivas fúnebres y pasan a engrosar los batallones de féretros alineados en instalaciones culturales o deportivas, ahora ocupadas por una frenética actividad de profesionales anónimos con monos blancos y rostros parcialmente ocultos tras las mascarillas.

Aunque Manuel Dávila Muñoz creció en edad y estatura, hasta alcanzar un metro noventa, el bigote ocultó su labio superior, las entradas de su frente fueron avanzado y las canas poblando su cabeza, siempre fue ‘Manolito, el de la tita Sole’, que le distinguía de otros manueles, manolos y manolitos, primos todos ellos, herederos del abuelo que se perdió en la otra desgracia que vivió España: la Guerra Civil.

Manolito nació en Esparragosa de la Serena (Badajoz) en 1944, hijo de Benito y de Soledad, ambos descendientes de la España republicana, la perdedora, la del luto que callaba su dolor y sus muertos. Fue el mayor de siete hermanos que emigraron al País Vasco desde la Extremadura mísera. En Zarauz desplegaron toda su laboriosidad para progresar y, cada uno, formar una familia. Allí conoció a Isabel, también extremeña, con la que se casó en el verano del 69, en una boda compartida con su hermana Dora y su cuñado Joaquín, celebrada frente a la playa, amenizada por su hermano Rafael, miembro de un grupo pop de la época.

Manuel Dávila y su mujer, Isabel, cuando eran novios
Manuel Dávila y su mujer, Isabel, cuando eran novios

No satisfecho con su situación laboral, Manolito siguió emigrando. En 1973, cuando a España llegaban las vacas flacas de la crisis del petróleo, se fue al sur de Alemania, prácticamente en los últimos contingentes de contratados que se admitían. Con él se fue su hermano Rafael, a quienes inmediatamente se unieron sus esposas. No tardaron en ahorrar lo necesario para volver a España pocos años después. Pero el País Vasco olía a muerte, la que sembraba ETA con un reguero de sangre que produjo 854 asesinados, muchos en Zarauz, donde el ambiente de terror era irrespirable. Así que se asentó en Madrid, donde se benefició de los años prósperos de los menús y de los juegos recreativos. Su última actividad laboral fue al frente de la cafetería que instaló muy cerca de la Audiencia Nacional, donde se mezclaban albañiles, abogados y magistrados; trasnochadores de la movida de la calle Barquillo y madrugadores de café y porras. Aún sigue allí el rótulo con su apellido.

Tras decidir su jubilación y vivir de sus ahorros y de la renta de su cafetería, Manolito, se dispuso a afrontar la vida de otra manera: disfrutar de su esposa, que le había seguido en todo su periplo; del muy deseado y esperado hijo, Manuel -al que nada más nacer vistió de colchonero, llevó ante Jesús Gil y lo convirtió en socio del club-; de su nuera, Elisa, y de sus dos nietas. Comenzó a hacer viajes en familia y hasta decidió contratar a un profesor para aprender a tocar el saxofón.

Los achaques de salud propias de la edad no hacían temer por su vida. Hasta que hace unas dos semanas comenzó a tener los síntomas característicos del COVID-19. Pese a las dolencias cardíacas, la edad de riesgo, la fiebre y el malestar general, sólo fue atendido telefónicamente. Pasaban los días y su estado se agravaba. El pasado lunes 23 fue ingresado, pudo intercambiar mensajes de whatsapp con toda su familia más cercana, que estaba al corriente de la angustiosa situación, y el miércoles empeoró y falleció.

Ahora Manuel Dávila Muñoz ya no es una cifra estadística, un puntito de la línea, ligeramente curva, de víctimas del coronavirus que asciende como la estela de un cohete hacia el cielo. El anonimato de quienes fallecen en hospitales y en residencias de ancianos, de los centenares de miles de contagiados, todavía entre cuatro paredes en casi todos los lugares del mundo; de quienes aún la han de padecer y ser víctimas del virus, contrasta con la cobertura universal de la enfermedad, que ha ocultado el nombre, la historia y el último homenaje de despedida de ellos. Ahora Manolito ya no es sólo un número del contador del coronavirus. Porque todos los fallecidos tienen nombre y apellidos.

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