Los diputados británicos son elegidos en listas abiertas por los vecinos de su circunscripción y esta no es la primera vez que votan en masa contra su propio partido.

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La regañina del fiscal general Geoffrey Cox a los parlamentarios de Westminster, a quienes pretendía hacer “entrar en razón”, se hizo viral en cuestión de un par de horas y pasará a la historia para dejar constancia de la aciaga jornada vivida por Theresa May antes de “salvar” los muebles de la moción de censura de este miércoles que, en todo caso, ganó únicamente por 19 votos.

Geoffrey Cox
Geoffrey Cox

Las decenas de ‘memes’ surgidos a costa de Geoffrey Cox fueron una especie de contrapunto a una derrota que ni la propia May podía imaginar que resultara de tal calibre. Sabía que iba a perder o, al menos, lo intuía. Solo cabía esperar que la caída fuera lo menos cruenta posible, minimizar los daños, pero ni el prestigioso abogado que desde el pasado año ocupa el cargo de Fiscal General de la Corona logró convencer a 118 compañeros de partido para que no votaran en contra del acuerdo presentado por su “jefa”. Y eso que el diputado tori se empleó a fondo.

Él era el último cartucho de la premier británica y, por ello, en muchos de esos ‘memes’ Cox aparece caracterizado como un aguerrido caballero, pertrechado de escudo y blandiendo una espada, para proteger a su dama. Cox se colocó frente al atril y durante una hora utilizó un discurso que era, sobre todo, una súplica disfrazada de dura reprimenda. “¿A qué están jugando? ¿Qué están haciendo? ¡No son niños jugando en el parque, son legisladores!”, exclamó, con su voz grave curtida en las salas del Old Bailey, mirando a los miembros de la Cámara de los Comunes que seguían afilando el cuchillo con el que se iba a apuñalar a una líder que ha pecado de arrogancia y terquedad, hasta el punto de perder el apoyo de los suyos a la hora de aprobar el acuerdo de salida de la UE que ha tardado años en negociar y que, si los “reajustes” que pueda hacer en tres días no lo remedian, acabará en papel mojado.

Después, sin perder esa fascinante ironía tan propia de los británicos, a Cox le llegaba la respuesta más dura a su bronca. Curiosamente, de labios de otro prestigioso abogado que también fue fiscal general – ocupó el cargo de 2010 a 2014 durante el mandato de David Cameron -, el diputado conservador Dominic Grieve, firme defensor de la permanencia en la UE e impulsor de la campaña por un segundo referéndum. “A pesar de lo entretenido que ha resultado”, dijo socarrón, “me deja una sensación sombría ver que el Gobierno haya recurrido al talento de un abogado criminalista para intentar salir del atolladero”. Ya imaginan que en un parlamento como el de Westminster, tan particular como los propios británicos, las risas se escucharon hasta en los pasillos.

Lo cierto es que, al margen de la sana jocosidad con la que se desarrollan siempre incluso las más trascendentes sesiones de la cámara baja británica, este cruce de palabras entre dos diputados del mismo partido y el propio resultado de la votación – 432 votos en contra y 202 a favor – demuestran hasta qué punto es diferente la forma de entender (y vivir) la política en el Reino Unido. Porque allí, como vemos, un diputado debe su voto a los vecinos de su distrito o circunscripción, no a su partido. Los parlamentarios votan según les dicte su propia conciencia, sin tener que obedecer de forma imperativa la llamada disciplina de partido. Es lo que vimos el pasado martes por la noche en la atestada sala tapizada de verde de Westminster, donde no hay sitio para que todos los diputados puedan sentarse. Votaron sí al acuerdo negociado por May 196 conservadores, 3 laboristas y 3 independientes; mientras que 118 conservadores, 248 laboristas, además de otros parlamentarios de partidos pequeños como los Verdes y los Liberales, votaron que no.

Parlamento británico
Parlamento británico

Aunque el artículo 67.2 de nuestra Constitución establece que los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo, en la práctica el escaño no es del diputado, sino del partido por el que se sienta en el hemiciclo. Es la consecuencia del sistema de listas cerradas para el Congreso de los Diputados: el elector no vota a una persona sino a una lista de personas presentada por un partido y eso dificulta que pueda imponerse la independencia del diputado, a diferencia del Senado. En el caso británico, teniendo en cuenta que el sistema de elección de los diputados es, como decíamos, por circunscripción – de manera directa por los vecinos de la misma -, prima la libertad de voto, aunque tampoco allí faltan los intentos por imponer la obediencia al partido en detrimento del llamado voto en conciencia. Precisamente, la debacle histórica de May se intuyó de forma definitiva cuando el diputado Gareth Johnson, uno de los responsables de la disciplina de voto dentro de su partido, dimitió 24 horas antes de la votación porque ni siquiera él podía “en conciencia” apoyar la posición del Gobierno “cuando está claro que el pacto irá en detrimento de nuestra nación”.

Por otra parte, está claro que los dos años y medio transcurridos desde el referéndum convocado por el populista y temerario Cameron, han servido para cambiar la opinión de muchos británicos que votaron marcharse y ahora ni siquiera entienden bien por qué lo hicieron. De manera inesperada, el proceso de divorcio ha hecho que, por fin, muchos británicos hayan mirado a la UE con otros ojos. Quizás, simplemente, para que la hayan mirado por primera vez con algo de interés, comprobando que Europa, en realidad, no era tan mala como los políticos y medios de comunicación euroescépticos llevaban años repitiendo machaconamente. Que la culpa de todo no la tenía Europa, sino que, en ocasiones, se la había utilizado para esconder culpas de otros. Y si en 2016, cuando se votó el Brexit, la inmigración era la primera preocupación de los ciudadanos, hoy sólo lo es para un 27%.

Sin embargo, May está dispuesta a volver a intentarlo. Lo repitió anoche a las puertas del 10 de Downing Street, acusando a los laboristas de deslealtad, de mirar solo por sus propios intereses políticos. A pesar del hartazgo que el Brexit ha provocado en Bruselas, trastocando cientos de planes, obligando a sesiones maratonianas e imprevistas negociaciones con otros países miembros. El laberinto en que se ha convertido la política de Gran Bretaña ha ralentizado, en definitiva, la política de las instituciones europeas que nos representan a todos. Quieren irse, pero a su manera. Esta es la incoherencia que ha castigado a Theresa May y a su acuerdo alcanzado in extremis con Bruselas, golpeándola con la mayor derrota sufrida en la Cámara de los Comunes desde 1924.

May sigue defendiendo que un nuevo referéndum traicionaría la voluntad expresada en las urnas en 2016 y perjudicaría la confianza de los ciudadanos en la democracia. En todo caso, repetir el referéndum tampoco aseguraría el fin de la división generada en los últimos años entre los británicos. Por otra parte, la renegociación de un nuevo acuerdo con la UE parece inviable a estas alturas y la convocatoria de nuevas elecciones generales significaría paralizar durante meses cualquier movimiento para que, después, el nuevo gobierno surgido de las urnas tuviera que lidiar otra vez con un acuerdo de salida.

Dentro y fuera del Reino Unido se siguen buscando soluciones para desatascar la situación. La más reciente, la adelantaba hace unas horas la edición británica del HuffPost y se atribuye a una idea del partido galés Plaid Cymru que obligaría a los diputados a clasificar por orden de preferencia una lista de opciones en relación al espinoso asunto. Una especie de votación por descarte a través de varias vueltas, hasta llegar a la solución que logre más apoyo. Es decir, se descartaría directamente la opción menos popular antes de volver a votar las opciones restantes, y así hasta quedarse, por fin, solo con una. En principio, se baraja que las opciones sean seis: Brexit sin acuerdo; un acuerdo de libre comercio al estilo de Canadá; el acuerdo de May revisado; un sistema tipo Noruega; un segundo referéndum; y, por último, permanecer en la UE. Si sigue adelante esta última y desesperada propuesta, la misma tomará forma de enmienda de cara a la presentación del plan B de Theresa May el próximo lunes.

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