El Teatro Real ha estrenado este viernes la ópera del compositor norteamericano Jake Heggie, Dead Man Walking, con la ovación de un público puesto en pie para premiar la realista e intensa obra basada en el relato autobiográfico de la Hermana Helen Prejean en una producción de impecable factura que cuenta con un magnífico reparto encabezado por Joyce DiDonato y Michael Mayes.

Publicidad

¿No hemos sufrido ya bastante? La pregunta que la señora de Patrick De Rocher, madre del reo condenado a la pena capital, lanza ante el Comité de indultos en un intento desesperado de salvar la vida de su hijo representa en gran medida el núcleo de la ópera que el coliseo madrileño estrenó anoche y que ha llegado por primera vez a España diecisiete años después de su estreno en San Francisco.

Que no existe verdadera satisfacción en la venganza –en Estados Unidos son aún mayoría quienes lo consideran justica-, en la muerte “institucional” del que, a su vez, ha matado vendría a completar ese enunciado en forma de interrogante sobre el que gravita el intensísimo, inteligente y realista libreto de Terrence McNally basado en la historia de la relación que la Hermana Helen mantuvo con el condenado a pena de muerte Joseph De Rocher.

Ella, la Hermana Helen, presente en el estreno madrileño, se refiere a aquella experiencia como un viaje hacia su propio interior que la llevaba hasta Dios. Y que la obligaba a deshacerse primero de los prejuicios que pudieran quedar en ella de su educación de chica blanca de acomodada familia sureña y a gritar al mundo su convencimiento de que compasión y perdón no están reñidos con justicia. Una justicia a la que nunca debería llegarse añadiendo otra muerte, más sufrimiento. Aquel viaje en el que acompañó a Joseph De Rocher –su primer ‘Dead Man Walking’- en las últimas tres semanas de su vida, durante los inciertos momentos en que se aguardaba el “milagro” de un indulto in extremis, la llevó a consagrar su vida a una tenaz lucha contra la pena capital, que es todavía uno de los grandes debates que dividen a la sociedad en Estados Unidos, país en el que todavía existe en treinta y un estados.

El barítono Michael Mayes en ‘Dead Man Walking’

También ella, la Hermana Helen, advertía hace unos días en Madrid durante una rueda de prensa que ese mismo viaje emocional hasta el centro de uno mismo lo haría el público que asistiera a una de las seis representaciones de la obra programadas hasta el 9 de febrero. La ópera contaba, además, con un “arma” que no podía usarse en un libro: la música. Ese lenguaje “que llega a tocarnos por dentro por caminos que ningún otro lenguaje consigue”. Es cierto. Ya lo tuvo en cuenta Tim Robbins, el director del filme protagonizado por Sean Penn y Susan Sarandon basado en esta misma historia, incluyendo una banda sonora compuesta por temas de grandes como Bruce Springsteen, Johnny Cash, Suzanne Vega y Patti Smith, entre otros, y que estuvo nominada a los Premios Oscar.

“There’s a pale horse coming”, canta Springsteen en uno de los temas principales, “And I’m going to ride it”. Y a lomos de ese caballo pálido que representa la muerte cabalgamos anoche para emprender el prometido viaje de la Hermana Helen gracias a la maestría de un compositor que hace llorar a los acordes como preludio de la tragedia que empieza después de la tragedia. Otra más.

En la ópera de Heggie, el caballo de la muerte llega desde las primeras notas que suben desde el foso, en la melodía que interpretan con calidad y solvencia los músicos de la Orquesta Titular del Teatro Real a las órdenes de la batuta de Mark Wigglesworth momentos antes de que se alce el telón para dejar al descubierto una escena inclinada donde un coche aparcado aguarda a la joven pareja que sale de un lago en la Luisiana rural dispuesta a seguir su noche de amor. Se escuchan sus risas, el canto estival de los grillos, el oscuro cielo se ilumina de estrellas y hay música sintonizada en la radio del automóvil. Todo parece perfecto. Hasta que aparece el mal, ese que todo lo rompe, encarnado en dos hombres cargados de sin sentido, de la insana y brutal violencia que brota en un instante con efectos que duran para siempre.

La escena de la producción que firma Leonard Foglia resulta tan realista y feroz como poderosa. Ya no hay marcha atrás. Un disparo acaba con la vida del chico, treinta y siete puñaladas con la de su novia, después de ser violada. Es la primera vez que vemos a Joseph De Rocher, al asesino interpretado por el contundente barítono Michael Mayes, que se ha llevado una de las ovaciones más clamorosas del público por su gran calidad dramática y vocal. Un “especialista” de este personaje que tantas veces ha interpretado con talento, clase y realismo imperturbable.

Plano general de ‘Dead Man Walking’

A la oscura escena primera, que abre el círculo que habrá de cerrarse con el horror de la última, le sigue la luz del mundo que hasta aquel momento ha vivido la Hermana Helen Prejean en su Hogar de la Esperanza, rodeada de los niños que acogen y tratan de ayudar. La mezzosoprano Joyce DiDonato hace suyo el papel de la monja católica desde el primer momento, cuando confiesa a su compañera, la Hermana Rose –grandísima la soprano Measha Brueggergosman en un rol que borda con enorme capacidad vocal y mimo interpretativo–, que ha decidido ir a visitar al preso del corredor de la muerte con el que ha mantenido correspondencia.

El preso número 95281 le ha pedido que vaya a verle y ella acude a la llamada. Los intentos de la Hermana Rose para que no emprenda ese peligroso camino solo sirven, como ocurre casi siempre en la vida, para reafirmar la decisión de quien mira la existencia con generosidad y empatía. También curiosidad, pero sobre todo sentido del deber. La solidez vocal de la mezzosoprano estadounidense expresa con el realismo que exige la obra cada uno de sus estados de ánimo. Nos muestra sus propios prejuicios, evoca el nacimiento de su fe. Se afirma en su inquebrantable voluntad de conocer al asesino, a pesar de las advertencias del Padre Grenville cuando llega a la penitenciaria de Angola, donde 200 hombres esperan en el corredor de la muerte que llegue su hora de recorrer el camino que separa las celdas del lugar de ejecución, en definitiva, de convertirse en otro ‘Dead Man Walking’.

La mezzosoprano Joyce DiDonato (sister Helen Prejean)
La mezzosoprano Joyce DiDonato (sister Helen Prejean)

Es, sin embargo, frente a la Junta de indultos cuando la batalla interior estallará en el interior de quienes asisten a la obra sin haber levantado dogmáticas barreras de contención. No es habitual confrontarse con las acciones de una monja y resulta impensable hacerlo con las de un asesino violador, pero ¿quién puede abstraerse de lo que sienten los padres de las víctimas o la madre y los hermanos del asesino? De su pérdida, su deseo de justicia –venganza para quien lo prefiera-, su dolor, que permanecerá para siempre. O de la necesidad de creer en la inocencia de un ser querido, en la súplica por su vida, en el relato de no saber afrontar el hecho de ser señalados como la familia de un cruel violador y asesino que realiza la señora De Rocher, a quien da voz y vida una soberbia, y muy premiada al final de la obra, Maria Zifchak.

Son sentimientos tan cercanos; por desgracia, tan actuales.

También es el momento en el que la Hermana Helen escucha la reprobación de los padres de los adolescentes asesinados, incapaces de entender que la monja católica luche por la vida del depravado ser que les ha quitado para siempre a sus hijos. Que muestre hacia él una compasión y un apoyo que a ellos ni siquiera les ha ofrecido. Es el momento álgido de la obra, donde terminan por brotar todas las preguntas. A partir de aquella primera ¿No hemos sufrido ya bastante? para seguir con ¿Me sentiría mejor si el asesino de mi ser querido fuera ejecutado? ¿Entendería el dolor de su madre?

El barítono Michael Mayes en la escena de su muerte en ‘Dead Man Walking’

La descarnada escena final de la muerte de De Rocher por inyección letal recreada de manera fidedigna ofrece las respuestas de la Hermana Helen, las que lleva dando a sus compatriotas desde aquella primera ejecución que presenció. La ópera trata esta última escena de forma tan realista como exquisita. La partitura se adapta una vez más a la acción que transcurre sobre las tablas y acompaña hasta que enmudece cuando la muerte sale de la jeringuilla y comienza a navegar por las venas del reo. Es el momento en que De Rocher admitirá por fin su culpabilidad, que solo ha confesado a la Hermana Helen momentos antes, se dirige a las familias de sus víctimas y pronuncia sus últimas palabras: “Espero que mi muerte pueda darles algo de alivio”. Con el sonido de la máquina que monitorizaba los últimos latidos del asesino para terminar con ese bip prolongado que anunciaba su muerte, se vivía anoche uno de esos silencios sobrecogedores que pocas veces pueden “escucharse” en un teatro. Directo al corazón. Hasta que se rompió con los aplausos y aclamaciones que premiaban una gran obra, una magnífica producción y un estupendo elenco.

La mayor ovación fue, sin embargo, para la Hermana Helen que dejó el patio de butacas para subir al escenario con los protagonistas de su propia historia. La de una mujer que lleva 20 años en cruzada perpetua contra la pena de muerte y que, por supuesto, tiene intención de continuar. Porque a sus 78 años sigue estando convencida de que puede lograrse su abolición. “Hace más de 30 años, el 80% de los estadounidenses apoyaba la pena capital. Ahora estamos mejorando”, afirma a cada paso. También, directa al corazón.

Publicidad

Comentarios