Celebramos hoy el Día Internacional del Libro en conmemoración del fallecimiento en 1616 de tres grandes escritores, Cervantes, Shakespeare y Garcilaso, con diferentes actos en centros culturales, entrega de premios o medallas a escritores, ferias en muchos puntos del país y, especialmente, con descuentos en librerías y centros comerciales.

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Es hoy, en definitiva, un buen día para hacerse con un ejemplar de ese libro que alguien nos ha recomendado o, mejor aún, para dedicar unos minutos a curiosear entre los cientos –qué digo cientos, ¡miles!- de libros que esperan al lector que ponga en marcha su voz, escuche la historia que encierran sus páginas, conozca a quienes viven en ella.

Que se emocione en determinados párrafos, sienta el mismo frío que el protagonista cuando se ve obligado a vagar por las calles una noche a pesar de la nevada, suspire de alivio cuando el peligro haya pasado o se le escape una carcajada con la última ocurrencia de alguno de los personajes. Ese lector que está deseando saber qué ocurrirá en el siguiente capítulo, pero que también, a medida que se acerca al final, siente tristeza ante la inevitable despedida de aquellos inexistentes “amigos” con los que lleva días compartiendo momentos “conscientemente” robados a la realidad. Incluso al sueño.

Miguel de Cervantes
Miguel de Cervantes

Y al otro lado de la invisible línea de la literatura, el escritor. La voz que se expresa en las páginas que pasan al ritmo que decide el lector. Creo que nadie está tan “conscientemente” loco como para decidir un día, de buenas a primeras, que va a dedicar todas sus energías a juntar palabras, siguiendo una armónica coreografía y una estudiada sonoridad, con el único objetivo de relatar unos hechos que nunca han ocurrido ni previsiblemente ocurrirán. Sobre todo, sabiendo que la mayoría de los novelistas tienen que buscarse otra “ocupación” que les permita seguir viviendo en el mundo real cuando regresan del de ficción. Porque por mucho que un escritor pase días (y muchas noches) viviendo en la fantasía que teclea, siempre tiene que regresar y ya ni los escritores más sonámbulos le vemos la gracia a aquella bohemia parisina llena de sueños y miserias que retrató Puccini.

Por supuesto, igual que en ocurre en cualquier profesión, cada escritor es un mundo y las razones o los anhelos de cada uno, pueden estar tremendamente lejos de las que mueven e incitan a muchos otros. La película ‘Anonymous’, de Ronald Emmerich, que pretendía desvelar la verdadera identidad del autor de las obras hasta ahora atribuidas a William Shakespeare, describe bastante bien al que yo definiría como primer grupo de escritores, es decir, al que pertenecen una importante mayoría de escritores: aquellos que no son capaces de dejar de serlo. Por mucho que se empeñen.

En el citado filme, no fue el cerebro del famoso literato de Straford Upon Avon el verdadero creador de las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa, sino Edward de Vere, 17 Duque de Oxford, quien a causa de su posición social nunca pudo ver su nombre en los manuscritos que contenían las piezas que con tanto éxito se representaban, para deleite del entusiasta público londinense, en el mítico teatro The Globe. No podía hacerlo, porque en aquella época escribir estaba muy mal visto en un miembro de la aristocracia, que debía de mantenerse muy por encima de tan peculiar menester.

Selección de libros
Selección de libros

En una de las escenas finales de la película, su propia esposa acusa al duque de haber llevado la desgracia y la deshonra a la familia por culpa de una obsesión tan insana e indigna como la de escribir. ¿Por qué lo haces?, le pregunta angustiada entre lágrimas, a lo que Edward de Vere responde que si no escribiera lo que los personajes que moran en su cabeza le susurran, y a veces hasta le gritan, haría tiempo que se habría vuelto completamente loco.

No exagera. En infinidad de ocasiones, el escritor se pone a las órdenes de esas voces porque es la única forma que encuentra para descansar, irse a la cama sin la amenaza de que lo susurrado en su cerebro durante el día le obligue a levantarse, en mitad de la noche, para plasmar frases y situaciones que exigen ser contadas. En definitiva, para no volverse tarumba.

Librería
Librería

Cada escritor, por supuesto, aunque se encuentre englobado en esta categoría, tiene su método y la mayoría, con el tiempo y la experiencia, aprende a vivir escuchando, imaginando, visualizando y acogiendo situaciones ficticias de personajes ficticios con la más absoluta normalidad. Llegando con todos ellos a un acuerdo para que no incordien, salvo en los momentos en que toca ponerse a escribir.

Todo esto debería de ser bastante para explicar por qué, con los tiempos que corren, aún siguen apareciendo escritores en cualquier rincón del planeta. Por qué acabamos rindiéndonos a una vocación que se acerca a una especie de patología extraña y poderosa, incluso pasados los tiempos de mecenas. Hoy, la vida de muchos de estos locos de la ficción se tambalea entre la necesidad de narrar una historia y la realidad mundana de subsistir.  ¿Es un trabajo? ¿Una obsesión? Quizás, una mezcla de ambas cosas. No sabría decirles. Lo que sí sé es que el resultado es ese libro que hoy, 23 de abril, cualquiera de ustedes, queridos lectores, elegirá llevarse a casa y colocar en la mesilla, donde esperará, paciente y en silencio, a que lo abran y vayan conociendo, a su ritmo -ustedes mandan-, lo que tenga que contarles. Decía Hemingway que clásico es aquel libro que todo el mundo respeta y nadie lee. Créanme, ningún escritor alumbra su libro para que se convierta en un clásico. Así que disfruten de la lectura, feliz Día del Libro.

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