La italiana Anna Caterina Antonacci era aclamada anoche tras su contundente interpretación de la reina Isabel I en el estreno de Gloriana, la ópera menos conocida de Benjamin Britten, rara avis de los escenarios y primera vez que se representa en Madrid.

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Una tarde intensa la de este jueves en el coliseo madrileño. La primera de las nueve funciones de ‘Gloriana’ coincidía con el arranque de la primera edición del World Opera Forum, que reúne por primera vez –hasta el domingo 15- a las tres asociaciones internacionales de teatros y festivales líricos –Opera Europa, Opera America y Ópera Latinoamérica– y representantes de África, Asia y Oceanía, con la participación de más de 250 profesionales de distintos ámbitos, como gestores, directores artísticos, compositores, libretistas, directores de escena, directores musicales o intérpretes.

No se trataba, por supuesto, de una coincidencia. Qué mejor bienvenida que el estreno de una ópera poco frecuente en los escenarios de todo el mundo a pesar de pertenecer a uno de los compositores ingleses más importantes del siglo XX, Benjamin Britten. Tratándose, además, de una obra que el propio compositor llegó a decir de ella que se trataba de la mejor que había escrito “hasta ahora”, aunque no lo vieran así ni el público ni la crítica del momento. Quizás, precisamente, porque no fuera su momento. Hablamos del año 1953 y, más en concreto, de la coronación de una jovencísima Isabel II.

Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci) y Robert Devereux, conde de Essex (Leonardo Capalbo)
Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci) y Robert Devereux, conde de Essex (Leonardo Capalbo)

Los actos para celebrar tan solemne ocasión quisieron contar con el estreno de una ópera en la Royal Opera House al que asistirían todos los invitados a la coronación y Benjamin Britten fue el elegido para llevar a cabo dicha empresa. A pesar de ciertos aspectos controvertidos de su personalidad, como su homosexualidad y el rotundo pacifismo que había defendido durante la Segunda Guerra Mundial, el compositor se encontraba en lo más alto de su carrera cuando recibió el encargo de componer una ópera con motivo de la subida al trono de la nueva reina. Para su obra, con libreto en inglés de William Plomer, que a su vez estaba basado en el estudio histórico ‘Elizabeth and Essex’ de Lytton Strachey, el músico de Suffolk se fijó en otra reina. Otra Isabel, la “primera”, también conocida como ‘Gloriana’, nombre que al parecer le fue dado por el poeta del siglo XVI Edmund Spenser y que se convirtió en apodo “popular” para la reina Isabel I.

Momento de la ópera 'Gloriana'
Momento de la ópera ‘Gloriana’

La elección de Britten, por supuesto, no sorprende. Ni en los años 50 ni ahora. No solo porque parece, a priori, “buena idea” componer una ópera sobre una reina con motivo de la coronación de otra, aunque ambos reinados estén separados por más de dos siglos, sino porque los Tudor son, sin duda, de los personajes más atractivos literaria y artísticamente de la historia de Inglaterra. Especialmente Enrique VIII y su segunda esposa, Ana Bolena, pero, sobre todo, la hija de ambos que reinó tras la muerte de sus dos hermanastros, Eduardo VI y María I. Es decir, Isabel I, quien además marcó una época y un estilo (el isabelino) durante un reinado que abarcó desde 1558 hasta 1603 y bajo el que el país conoció una de las etapas más prosperas de su historia tanto en el plano político como en el cultural y el económico. Con ella comenzó el dominio de los mares por parte de Inglaterra, el afianzamiento del protestantismo en su vertiente anglicana y el florecimiento de las artes, especialmente las escénicas, con el mítico protagonismo de William Shakespeare.

Lo que sí sorprendió en 1953, la misma noche del estreno, fue el “modo” que el compositor había escogido para retratar a la icónica Isabel I y, además, en el que fue, digamos, su “peor momento”: el final de su vida. Porque a Britten no le interesaba (solo) hablar de sus virtudes y sus logros como mandataria, sino del aspecto psicológico y profundo de su fuerte carácter, de su soledad como mujer, de los contrastes de una personalidad en la que el compositor de Suffolk veía a una de esas almas outsiders en las que tanto gustaba – quizás porque él mismo lo era – profundizar. Temas como el enfrentamiento del individuo con la sociedad o la pérdida de la inocencia se convirtieron en constantes a lo largo de su producción y un artista que es fiel a su inspiración, pocas veces acierta si osa no escucharla.

Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci) y Sir Robert Cecil (Leigh Melrose)
Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci) y Sir Robert Cecil (Leigh Melrose)

Así, el privilegiado público que asistió al estreno – jefes de Estado, ministros, diplomáticos y aristócratas en su mayor parte –  vio en aquel relato de una anciana (de 53 años) solitaria, traicionada y enfrentada a los estragos que marcan en el cuerpo la suma de los años, algo así como una ofensa a quien daba sus primeros pasos en el difícil arte de reinar por el bien de su pueblo. ¿Por qué incidir en el peso de llevar una corona en lugar de destacar el honor de servir a un pueblo? El propio David Mc Vicar, responsable de la escena de esta nueva producción del Teatro Real – en coproducción con la English National Opera de Londres y la Viaamse Opera de Amberes – estrenada anoche, admitía en rueda de prensa hace unos días que Gloriana “nació bajo una estrella desafortunada”. Se esperaba una “obra laudatoria y pomposa que reafirmara el nacionalismo británico” después de la II Guerra Mundial y se dieron de bruces con un “oscuro retrato psicológico de Isabel I” que, para colmo, ponía el foco en su historia de amor (y traición) con un jovencísimo Robert Deveraux, conde de Essex, sin apelar al “romanticismo” como había hecho, por ejemplo, Donizetti.

Incide Mc Vicar en ese oscuro perfil de la reina, pero con la sabiduría de “dar a cada uno lo suyo”. Es cierto que la protagonista con mayúsculas es ella y así nos la presenta: esbelta, magnífica, escondiendo los signos de la vejez no solo detrás de joyas, vestidos o pelucas, sino con la eficacia de una mirada aun desafiante, pero es igualmente palpable la propia oscuridad que esconde cada uno de los demás personajes. Los sitúa, si me permiten, en un mismo nivel para que la obra pueda mostrar toda su contundencia, su credibilidad e hilo argumental, que únicamente decae en parte del segundo acto. Y saca de todos ellos lo mejor, que es, en este caso, lo peor. Aquello que a veces no sabemos que tenemos dentro si la existencia no nos enfrenta a situaciones límite.

Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci)
Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci)

Anna Caterina Antonacci es, desde que aparece en escena, la Reina. Su interpretación, sólida en todo momento, le valió anoche, al frente del primer reparto, la ovación del público al que saludó nada más caer el telón, asomándose fugazmente aun emocionada antes de que el cortinaje escarlata volviera a subir para que el resto de la compañía recibiera los correspondientes aplausos. Junto a ella, Leonardo Capalbo, fue el más premiado por su interpretación – ganó en contundencia a lo largo de la obra – del impulsivo y arrogante Robert Devereux. Igual de impulsiva y orgullosa que su hermano, el rol de Penelope estuvo a cargo de una rotunda Sophie Bevan a quien acompañaban – primero para conspirar, luego para suplicar el perdón al conde de Essex – el joven barítono británico Duncan Rock dando vida a Lord Mountjoy y la mezzosoprano irlandesa Paula Murrihy, interpretando a Frances, la sumisa condesa de Essex.

Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci)
Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci)

El equipo escénico comandado por Mc Vicar acierta, asimismo, en la escenografía, que firma Robert Jones, con el acento puesto en el juego giratorio que da movilidad a las rígidas tablas y en los colores – azul y dorado, con concesiones puntuales al blanco –, que se sirven a su vez de la iluminación a cargo de Adam Silverman y, en especial, del trabajo de Brigitte Reiffenstuel, la experimentada figurinista alemana que, lejos de aventuras arriesgadas, opta por enriquecer la fidelidad de los trajes de una época en la que pocos artificios más podían añadirse a la vestimenta.

Sin embargo, igual que en estrenos anteriores de la presente temporada, fue la Orquesta Titular del Teatro Real la más premiada anoche por los asistentes – público habitual junto a los participantes a la primera edición del World Opera Forum – por su ejecución, a las órdenes de la batuta de Ivor Bolton, de una partitura “redonda”, tan bella como contundente y eficaz. Que bebe de la tradición musical inglesa, tanto de la popular como de la del genial Purcell, sin renunciar a la época en que fue alumbrada y, sobre todo, sin traicionar a las musas de Britten, “empeñadas” en ese dramatismo que desarma el alma, esa humanidad que todo lo invade y conquista. Con momentos de brillante orquestación y enorme desgarro, como el inicio del tercer acto, cuando las notas acompañan desde el foso a una reina “desnuda” de joyas y atuendos lujosos, con el cabello blanco aun sin la protección de peluca y corona, enfrentada a sí misma en la soledad de su dormitorio hasta que irrumpe en él, sin piedad, el conde de Essex, con su belleza, sus demandas y advertencias, pero, sobre todo, con la juventud que nunca vuelve. Sin duda, el mejor momento de toda la obra.

Robert Devereux (Leonardo Capalbo)
Robert Devereux (Leonardo Capalbo)

No, Britten no renunció a su música, a sus ideas y pasiones. Aunque ello le valiera para recibir los ataques de la crítica que, de paso, aprovechó para echarle en cara su orientación sexual y su recalcitrante pacifismo. Dicen que a la joven reina recién coronada tampoco le gustó Gloriana, pero el hecho es que Britten fue el primer músico o compositor en recibir un título nobiliario. Ya en 1953 fue nombrado ‘Companion of Honour’ y en Marzo de 1965, le fue otorgada la Orden de Mérito del Reino Unido. Y el 2 de Julio de 1976, pocos meses antes de morir, se le otorgó el título de Barón Britten de Aldeburgh. Allí, en su pequeño pueblo pesquero del condado de Suffolk, se había vuelto a instalar después del fiasco de Gloriana para seguir trabajando en su Festival de Aldeburgh, que todavía sigue celebrándose cada año. Y allí falleció el 4 de diciembre de 1976, acompañado – fiel también a sus sentimientos – por el tenor Peter Pears, su compañero de toda una vida. El 10 de Marzo de 1977 tuvo lugar en su memoria un solemne funeral en la Abadía de Westminster, con asistencia de la reina Madre, otra Isabel, Elizabeth Angela Marguerite Bowes-Lyon.

Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci)
Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci)
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