El Movimiento 5 Estrellas (M5S) y la Liga Norte ya tienen su acuerdo de gobierno “para el cambio”, así como el nombre del elegido para primer ministro que presentarán al Presidente de la República italiana este lunes.

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Por si todavía alguien se empeñaba en creer que los extremismos de izquierda y de derecha estaban separados por un gigantesco abismo imposible de salvar, en Italia están a punto de confirmar lo que muchos otros hemos mantenido siempre: que los extremos, a fuerza de tirar y tirar a su terreno demagógico perfumado de increíble populismo, acaban por encontrarse en un punto común. En todo caso, hay que reconocer que lo que no ocurra en Italia, cuando de alianzas gubernamentales se trata, no ocurre en ningún otro sitio.

El país transalpino cambia de gobierno con una sorprendente “facilidad” y aquel proceso denominado “tangentopoli” que acabó con el poder de los grandes y clásicos partidos políticos, solo sirvió para que se montara un lío del demonio con alianzas formadas por diversas agrupaciones a las que les dio por ponerse nombres tan surrealistas como La Margarita o El Olivo. Se trataba de terminar con la corrupción de las grandes y opacas formaciones, y lo que se logró, en cambio, fue multiplicar por veinte el galimatías de pasiones políticas que variaban en rumbos improbables “qual piuma al vento”.

Matteo Salvini
Matteo Salvini

Hoy, podríamos pensar que en otros países de Europa un partido asimilable al Movimiento Cinco Estrellas, fundado por el humorista Beppe Grillo, ni se habría planteado la posibilidad de gobernar con un socio de ultraderecha del perfil de la denominada Liga Norte. Y, por supuesto, que ningún partido del tipo de la Liga Norte, que nació con Bossi y el sueño de librarse del caótico lastre de los habitantes de Roma para abajo, habría admitido sentarse a negociar con quienes defienden desde la ultraizquierda más radical el bloqueo a las instituciones que consideraban obsoletas y manchadas.

En Italia, sí. Porque, en el fondo, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que no se entiendan? ¿Qué tan improbable matrimonio empiece a tirarse los ceniceros a la cabeza desde el primer momento? ¿Qué el gobierno dure un cuarto de hora? Con eso ya parecen contar, aunque, en un ejercicio de “honestidad”, ambas formaciones políticas hayan dedicado estos últimos días a poner por escrito en un documento de 57 páginas todo aquello que les une y que, al parecer, es bastante más de lo que los separa.

Por supuesto, Cinco Estrellas ha sometido este programa a una votación de su militancia, que lo aprobó el viernes con más del 94 %, en una consulta opaca a través de su plataforma de internet y la Liga Norte, por su parte, también ha preguntado a sus afiliados, a quienes invitó a votar en las aproximadamente mil urnas repartidas por plazas de todo el país durante el fin de semana.

Matteo Salvini
Matteo Salvini

El resultado: populismo al poder. Europa mira a Roma desconcertada – también con las barbas en remojo, por si aquello se contagia -, aunque la historia haya demostrado que en Italia no tardan demasiado en encontrar recambio a un gobierno fracasado. En estos últimos 70 años, por el palacio Chigi ya han pasado más de sesenta ejecutivos y el concepto de crisis de gobierno se toma con mucho menos temor que en el resto de Europa. Así que, una vez bendecido el matrimonio por las bases de ambas formaciones políticas, este lunes acudirán a presentar su acuerdo y el nombre del elegido como cabeza de esta extraña coalición al presidente de la República, Sergio Mattarella, y si no hay un nuevo giro teatral, los italianos volverán a tener uno de esos gobiernos cogidos desde el principio con frágiles pinzas.

Con la novedad de que ahora ninguno de los cónyuges de este matrimonio impensado tiene en su agenda la moderación, la alta política, la diplomacia internacional ni, en definitiva, realidad. Por ejemplo, el pacto económico sellado entre el partido de extrema izquierda, Movimiento Cinco Estrellas y la ultraderechista Liga Norte supone un gasto económico a las arcas públicas italianas de al menos 70.000 millones de euros anuales. En un país con un 131,80% de deuda sobre PIB (2,2 billones de deuda) y un escuálido crecimiento anual del 1,4%. Imposible de llevar a cabo.

¿Y qué? Ellos ganaron prometiendo fuertes bajadas de impuestos, reformas en el sistema de pensiones, subsidios generosos para los desempleados o aumento de salarios y eso es lo que figura en el documento firmado antes de consumar el matrimonio en los escaños. Los populistas proponen, por ejemplo, un sistema llamado “cuota 100”, mecanismo que permitirá jubilarse cuando la edad y la contribución sumen 100 años, pero por mucho que se empeñen en venderlo, no salen las cuentas.

El pasado mes de marzo el paro alcanzó en Italia el 11 %, mientras que la tasa de desempleo juvenil llegó hasta el 31,7 %. El remedio para el M5S consiste en prometer un subsidio de 780 euros mensuales para las personas desempleadas que podrán percibir durante un máximo de dos años. Otra cuenta que no sale, por culpa de esa maldita realidad que se empeña en contradecir a los populistas de cualquier color o país.

El matrimonio entre los anti-casta del M5S y los antieuropeistas de la LN promete también que los recortes son cosa del pasado y que se abandonarán las políticas de austeridad en favor del crecimiento, la demanda interna y las inversiones que ayuden al “poder adquisitivo de los hogares”. Otra de sus prioridades es la inmediata expulsión masiva de inmigrantes. En concreto 500.000, a los que piensan repatriar a sus países, se supone que fletando barcos y aviones que alguien tendrá que pagar, como el muro de Donald Trump. Más cuentas que cuadrar en un imposible balance.

En política exterior, insisten en la defensa de Rusia como socio estratégico de Italia y abogan por retirar las sanciones a Moscú, como si esta medida estuviera en manos del futuro Gobierno italiano. Al menos, el programa no incluye la salida de Italia del euro ni la petición a la Banca Central Europea de la condonación de la deuda italiana. Aun así, hay otras polémicas medidas que ya han hecho temblar a los mercados internacionales y el nuevo ejecutivo propone debatir algunos tratados europeos como el Convenio de Dublín, que regula el reparto de inmigrantes en la UE, el Mecanismo Europeo de Estabilidad o el Pacto de Estabilidad, que obliga a los países miembros a respetar el equilibrio presupuestario.

Luigi de Maio, del Movimiento 5 Estrellas
Luigi de Maio, del Movimiento 5 Estrellas

Concluida la redacción del que han llamado “contrato de Gobierno para el cambio”, hoy toca presentarlo al veterano Sergio Mattarella, quien, menos aún que los italianos en general, no se habrá visto sorprendido por lo que los intereses de poder pueden llegar a unir. Mattarella tiene un fascinante recorrido, tanto en lo personal – su padre fue un antifascista perseguido por Mussolini y uno de los fundadores del partido Democracia Cristiana, que dominaría la política italiana durante casi cincuenta años -, como en lo profesional, no solo como juez de la Corte Constitucional de Italia, sino también como Ministro de Educación y de Defensa en los gobiernos del “mítico” Andreotti y de Massimo D’Alema, respectivamente.

Aunque la política en un principio no estuviera en sus planes. Solo se decidió a ello cuando su hermano, Piersanti Mattarella, demócrata cristiano y Presidente de Sicilia de 1978 a 1980, fue asesinado por Cosa Nostra. Desde entonces, Mattarella ha asistido en directo a debates o coaliciones que parecían imposibles, hasta que se experimentaron. Y fracasaron. Esta tarde, estará esperando a Luigi di Maio y a Matteo Salvini, en delegaciones separadas, para escuchar de forma oficial el nombre que han acordado proponer como futuro primer ministro.

La mayoría de las quinielas señalan a Giuseppe Conte, profesor de Derecho Civil en la Universidad de Florencia, con un currículo docente de alto nivel internacional, pero sin ningún tipo de experiencia política. Eso es, al parecer, lo que menos gracia hace a Mattarella, a quien su larga experiencia en ambos mundos, el de la política y el del Derecho, le dice que es recomendable que el elegido sea una persona con cierta cancha política, para que no le estén metiendo canastas de tres puntos nada más empezar a jugar el partido.

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