La famosa obra de Gaetano Donizetti estrenada en el Teatro Real el pasado viernes 22 de junio, Lucia di Lammermoor, se subió anoche de nuevo a las tablas del coliseo madrileño donde estará hasta el próximo 13 de julio con una exitosa producción procedente de la English National Opera que ha triunfado en todas las casas de ópera que ha visitado: Washington, Toronto, Bonn, Oslo y Goteburgo.

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En Madrid, el reparto encabezado por la soprano estadounidense Lisette Oropesa (Lucia) y el tenor mexicano Javier Camarena (Edgardo) ya ha puesto en pie al respetable en dos ocasiones: al finalizar la noche del estreno y en la velada de ayer, lunes 25 de junio, con un teatro abarrotado en el que dominó ese mágico silencio que siempre acompaña las interpretaciones más sublimes, aquellas que dejan marcada una fecha en el calendario de la correspondiente temporada.

Espoleado por la “competencia” – su rival Vincenzo Bellini acababa de triunfar con el estreno de I Puritani -, Gaetano Donizetti se entregó en cuerpo y alma para componer, en apenas un mes, la partitura de la ópera que le abriría las puertas de París, lugar indispensable a conquistar si uno quería figurar entre los compositores top de la época. Basada en la trágica novela histórica de Walter Scott publicada en 1819, “The Bride of Lammermoor”, que Salvatore Camarano se encargó de transformar en libreto, Donizetti construyó una potente, dramática y a la vez delicada partitura para una historia en la que no falta ninguno de los ingredientes necesarios para brindar al público de la época – y de todas las épocas posteriores – un auténtico melodrama romántico. El relato de uno de esos amores condenados a terminar de la peor manera posible aun antes de tener oportunidad de ser vivido. Una de esas historias de amor donde, en realidad, lo único que importa a quienes rodean a los (inoportunos) enamorados es que dejen de “decir” que se quieren. De paso, como en el caso de Lucia, que cumplan con lo que se espera de ellos y que nada tiene que ver con el amor, maldito sentimiento que se cruza hasta en las ambiciones de las mejores familias.

Roberto Tagliavini (bajo, Raimondo Bidebent), Javier Camarena (tenor, Sir Edgardo di Ravenswood), Lisette Oropesa (soprano, Lucia de Lammermoor) y Marina Pinchuk (mezzosoprano, Alisa)
Roberto Tagliavini (bajo, Raimondo Bidebent), Javier Camarena (tenor, Sir Edgardo di Ravenswood), Lisette Oropesa (soprano, Lucia de Lammermoor) y Marina Pinchuk (mezzosoprano, Alisa)

La tragedia de estos amores de ópera se ve venir de lejos, a veces con algún atisbo de esperanza y, en ocasiones, hasta con la “fortuna” de que los enamorados puedan, al menos, morir abrazados. No es el caso de Lucia. La enemistad de su hermano Enrico, a quien interpreta Artur Rucinski en el primer reparto, con el hombre que ella ama, Edgardo, viene de lejos. Ha nacido en generaciones anteriores de ambos linajes, la metástasis no se ha frenado con la muerte de los antepasados y sigue tan ávida de cobrarse de víctimas como el primer día. Más, si cabe. Hasta el final de los tiempos, porque eso de aprender que la venganza es, en realidad, bastante inútil le sigue costando al ser humano. Así que una familia seguirá culpando a la otra de ser la causa de todos sus infortunios y viceversa. Una espiral de odio que siembra más odio, sobre todo si el amor pretende cruzarse en su escalada. ¿Cuántas veces ha ocurrido antes y después de los famosos amantes de Verona? Incontables. Y la Lucia de Donizetti, de la familia de los Ashton, no puede, por mucho que se empeñe, obviar que su padre odiaba al padre de su amado Edgardo, nacido en el seno de los Ravenswood. Tampoco, que para su hermano solo existe un objetivo que nada tiene que ver con la felicidad de Lucia: intenta devolver al apellido algo de fortuna y prestigio para seguir con la venganza. Y para ello no solo no necesita que su hermana “cambie de bando”, sino que es preciso casarla con quien podría aliviar la ruina que acecha después de tanta batalla, Lord Arturo Bucklaw, ejemplo en toda regla de víctima colateral en el conflicto.

La tragedia, señores, está servida. Porque para poner las cosas en su sitio, llevar a cabo el plan, vale todo. Desde la fuerza al engaño. Al complot que juega con la inseguridad del primer amor, con los celos que todo lo nublan, el engaño que cualquier cosa distorsiona. Y el resultado, cantado. Hasta la muerte, pasando por la locura. Lucia, a cargo de su hermano desde que murieron los padres, es uno de esos personajes al que todo le es negado, a quien se miente, se obliga mediante engaño a tomar una decisión por la que después, además, se le culpa. Y enloquece, claro que enloquece. Como consecuencia de ello, primero mata y luego muere. Sin llegar a saber siquiera que la mintieron, que el hombre con el que se comprometió no dejó nunca de amarla, que también él preferirá morir cuando sepa que ella ya no está.

Donizetti utiliza la nada habitual armónica de cristal – instrumento felizmente recuperado en esta producción para hacerla aún más indispensable – en el acompañamiento a Lucia en su bajada a los infiernos de la locura. El espeluznante delirio asesino de la protagonista y el resultado de combinar la maravillosa interpretación de Oropesa – vestido blanco ensangrentado, mirada perdida en la felicidad que le han arrebatado – con tan sorprendente y delicado instrumento es, sin duda, una razón más para ponerse en pie y ovacionar a quien encarna, hasta estrujarnos el alma, la locura infinita. Pero no solo a ella. Javier Camarena ha regresado al teatro de la Plaza de Oriente para debutar el también trágico rol de Edgardo con la solvencia a la que nos tiene acostumbrados y destaca asimismo en este elenco el trabajo vocal y actoral del bajo italiano Roberto Tagliavini, que sigue creciendo en su carrera, esta vez metido en la piel de Raimondo Bidebent, único personaje al que parece importarle la verdad en esta producción de Lucia di Lammermoor cuya dirección de escena corre a cargo de David Alden.

El prolífico director de escena neoyorquino ha situado la acción fuera de los decadentes castillos escoceses que imaginó Donizetti partiendo de la novela de Scott, para situarla en un sanatorio mental de la época victoriana, igualmente con aspecto de haber vivido tiempos mejores, donde trabajó el médico británico John Langdon Down, famoso por su descripción del síndrome bautizado con su apellido. Un espacio que permite a la escenografía de Charles Edwards jugar con blancos y negros, con luces y sombras, muchas sombras, y convertir a los lugareños de esa parte de la Escocia de mediados del siglo XIX en doctores, pacientes y visitantes de un sanatorio en el que cuesta, eso sí, imaginar la fuente fantasmagórica, los bosques que rodean el castillo y el salón que acoge la desgraciada boda de Lucia retratados en el libreto de la ópera. La interpretación, por supuesto, suple cualquier “incongruencia” – la imaginación aún más – y el trabajo del Coro Titular del Teatro Real brinda al público, una vez más, su buen hacer sobre las tablas.

Roberto Tagliavini (bajo, Raimondo Bidebent) y  Lisette Oropesa (soprano, Lucia de Lammermoor) en plano general
Roberto Tagliavini (bajo, Raimondo Bidebent) y Lisette Oropesa (soprano, Lucia de Lammermoor) en plano general

En el podio, todo un especialista en obras belcantistas: el maestro Daniel Oren, junto a la Orquesta Titular del Teatro Real, otro de los protagonistas del éxito de esta producción que no deberían perderse. Oportunidad de verla habrá para todos el próximo 7 de julio. En el marco de la Semana de la ópera que se celebra del 2 al 8 del próximo mes, el Teatro Real volverá salir a la calle precisamente con esta poderosamente trágica Lucia que podrá verse en pantallas instaladas en plazas, calles, casas de cultura, ayuntamientos, museos y auditorios de toda España, en un horario, nada habitual en el coliseo madrileño, impuesto por los rigores del verano: las 21:30 horas, a punto del ocaso.

Javier Camarena (tenor, Sir Edgardo di Ravenswood)
Javier Camarena (tenor, Sir Edgardo di Ravenswood)
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