Si el pasado sábado muchos nos quedábamos perplejos al conocer el “improbable” destino que la ex diputada de la CUP Anna Gabriel había elegido para “internacionalizar” su personal situación judicial, ayer hubo que reconocer que en esto de la estrategia y la propaganda los independentistas nos llevan, por lo menos, seis o siete pasos de ventaja.

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Porque la “revolucionaria” Gabriel, que había hecho de las dos (o tres, quizás cuatro) camisetas superpuestas un símbolo de la causa alternativa y de su imposible flequillo – las malas lenguas aseguran que le costaba una fortuna arreglárselo en una peluquería chic de Barcelona para mantenerlo impecable –, una suerte de bandera inquebrantable, ayer logró dejarnos patitiesos con un cambio de look que ya quisieran esos programas de radical transformación de imagen que tanto tirón tienen en televisión, tipo ‘Cámbiame’ en España o ‘How do I look’, fuera de nuestras fronteras.

Anna Gabriel desde Suiza
Anna Gabriel desde Suiza

Una frivolidad, lo sé, si no fuera porque el hecho de haber pasado a peinar una sedosa melenita castaña sin atisbo de flequillo – eso que se ahorra – y vestir un burgués cárdigan jaspeado en su entrevista para la radio-televisión pública RTS, significa que hay personas que viven (bien) de la política utilizando pueriles fachadas con pretensión de albergar robustos ideales; valiéndose de caretas que, por desgracia, se caen a las primeras de cambio.

Cuesta creer que alguien pueda ahora continuar apostando por el liderazgo – en todo caso ya lo había perdido en la práctica Gabriel – de una persona que no mantiene sus principios, ni siquiera el más básico y utópico de los mismos. Que una pretendida líder anticapitalista elija, sin ningún tipo de complejo – eso hay que reconocérselo – el país más capitalista de Europa para hacer un corte de mangas a la Justicia, por mucho que diga que no cree en ella, no le puede salir gratis, mucho menos, otorgarle beneficios.

¿Acaso sí cree la ex activista en la justicia helvética de la que solo conoce, o le interesa conocer, lo relativo al procedimiento de extradición? ¿En una Constitución, la que en 1848 convirtió al país en Estado federal, dotada de una autoridad central que contrapesa y limita el poder individual de los cantones que, por su parte, ni se plantean una independencia que les haga aún más pequeños? ¿En una de las economías capitalistas más poderosas del mundo con un PIB más alto que el de la mayoría de las economías europeas, solo superado por el de Luxemburgo, donde no existe sistema de salud nacional o Seguridad Social como en España?

El caso es que en Suiza, el cuarto país más rico del mundo, ya ha dicho Gabriel que pedirá asilo y se quedará a vivir en el supuesto de que se dicte una orden de detención internacional por su incomparecencia de esta mañana en el Tribunal Supremo. Y a los suizos, conocidos por su pulcritud, no se les puede dar una imagen descuidada cuando, se considere refugiada o emigrante, lo que se pretende es quedarse a vivir allí: la ex diputada de la CUP ya dejaba caer en la entrevista emitida por la RTS que buscará en el país trabajo de lo suyo, es decir, de profesora universitaria.

Ignoro qué tal estará el mercado “de lo suyo” en el país que sobre el papel tuvo que renunciar, tras las presiones internacionales, a su famoso secreto bancario vigente desde 1713, aunque las cifras confirman que su capacidad para atraer capitales extranjeros sigue siendo indiscutible, también sin secreto. Y Suiza es aún el país con el número más alto de millonarios, 135 por cada 1.000 hogares, y los impuestos más bajos. ¡Viva el darwinismo social!, que cada palo aguante su vela. Con lo que hemos criticado a los deportistas de élite que se empadronaban por esos lares…

Así que, personalmente, después de que, uno a uno,  los cabecillas independentistas se hayan ido retratando durante las correspondientes declaraciones en sede judicial – reconozco que la que más impacto me ha causado ha sido la de Marta Rovira -, solo seguiría fiándome de Mireia Boya.

La expresidenta del grupo de la CUP en el Parlament, ha sido la única en no poner excusas que deberían de sonrojar a cualquiera y, sin cambios de imagen ni viajes sin billete de vuelta, declaraba el pasado 14 de febrero en el Tribunal Supremo que su intención cuando el 27 de octubre se votó la declaración unilateral de independencia era la que era: declarar unilateralmente la independencia. Ni símbolos ni gaitas, Mireia aseguró que se pretendía que tuviera un efecto real, aunque la aplicación del artículo 155, reconoció también, en un ejercicio de coherencia que parece de lógica infantil, lo hiciera imposible.

¡Qué respiro! Por un brevísimo espacio de tiempo, el mundo dejaba de estar al revés. Quedaba alguien con el sano juicio de no echar balones escandalosamente fuera y asumir sus actos, con “independencia” de las consecuencias que podrían traerle. Puede que, precisamente por ello, su declaración ante el juez Pablo Llarena pasara desapercibida.

En este disparatado rumbo en que nos hemos embarcado, que alguien no diga “carchuto” vende mucho menos que un rotundo flequillo negro que no aguanta ni un asalto frente a la humedad del ambiente ginebrino. Es lo que tiene acercarse al Lago de Lemán sin mayor protección que un bote de laca o de gomina, por muy de marca que sean. Mireia Boya, sin embargo, quedó esa misma mañana del 14 de febrero en libertad sin medidas cautelares y con la dignidad de haber mantenido la coherencia dentro de una locura que se hunde bajo el peso de su propia inconsistencia.

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