Desde el pasado miércoles – por teléfono, whatsApp, e-mail o redes sociales – empezaron a llegar mensajes de amigos o conocidos extranjeros para preguntarme (no por ser una experta, solo por mi condición de española) qué demonios estaba pasando en España, el país europeo que con mayor y sorprendente eficacia había remontado la crisis.

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Ya saben, aquella crisis que el entonces presidente del gobierno – inolvidable Zapatero – se empeñaba en negar que existiera. Incluso cuando nos asomamos al precipicio desde el que se divisaba a los temibles hombres de negro armados de tijeras puntiagudas. ¿Se acuerdan? El corazón en un puño, a vueltas con la prima de riesgo. Menos el presidente Zapatero que, hay que reconocerlo, no perdió la sonrisa. Qué buen talante. Y la gente – ¡cuánta mala uva! – venga a quejarse de todo, que si el paro bate records, que si los bancos han cerrado el grifo, que si ejecutan hipotecas porque no hay recursos para pagar los plazos, que si cae el consumo…

Un desasosiego que el pobre Zapatero no merecía, si es que no tenemos alma. Él, que con tan buena disposición quiso que, además de a la Alianza de Civilizaciones, perteneciéramos al club de los países en quiebra. Que nos solidarizáramos con la “desgracia” de los países mediterráneos, Grecia, Portugal e Italia (a Irlanda no sé dónde meterla, pero las estaba pasando igual de canutas) y padeciéramos juntos la intervención de las instituciones europeas, que miraban con enorme preocupación cómo los citados países (más el nuestro) seguían gastando a espuertas lo que únicamente tenían gracias a la barra libre de créditos que, al mismo tiempo, estaba haciendo aún más ricos a los “generosos” bancos alemanes. ¡Vaya agosto hicieron a nuestra costa! ¿De verdad pensaron los gobiernos que se endeudaron hasta las trancas que esos bancos nunca vendrían a reclamar su dinero? ¿Qué no se frotaban las manos cada vez que un país manirroto y consumista “compraba” votos con dinero prestado?

¿Estulticia, ceguera o demagogia? ¿Una mezcla de las tres cosas? Da igual, al final siempre viene la macroeconomía a poner las cosas en su sitio, a cortar cabezas, desmantelar economías domésticas, quitar trabajos o arruinar futuros en los países que no han cuadrado sus balances. Y esta vez, puntual, vino de nuevo, quisiera Zapatero verlo o no. ¿Acaso lo sufrió él? Pues no. El reloj de pagar facturas se había puesto en marcha y nadie, salvo él, podía seguir engañándose. Cuando Mariano Rajoy ganó sus primeras elecciones sabía que su misión era cuadrar las cuentas, estabilizar los mercados, crear trabajo, ahorro, consumo y confianza. Se encontró que en caja no había un maldito euro, que las facturas se apilaban debajo de las mesas y que allí, en la Administración, hacía tiempo que todos debían a todos. Era una empresa a punto de declararse en quiebra sobre la que revoloteaban los buitres que no trajo Rajoy, sino Zapatero.

Para colmo, las deudas no se debían a un generoso modo de atender el estado de bienestar del que, con razón, presumimos los europeos, sino de un derroche populachero, de un desmandado reino de taifas. Cada gobierno autonómico o municipal exigiendo tener más que el de al lado y, sobre todo, más que el central. Sin proyectos para aportar nada, servir al bien común de los españoles, tan solo guiados por la ceguera del egoísmo paleto de los nacionalismos, comportándose en algunos casos como verdaderas sanguijuelas.

Aquello fue – algunos podrán o querrán recordarlo, otros no y están en su bendito derecho –  lo que aquel nuevo gobierno de Rajoy se encontró y de ahí la perplejidad de quienes, como les contaba, me hacían preguntas sobre lo qué estaba pasando en España. ¿Por qué se cortaba de tan malas maneras la cabeza de quien nos había sacado del charco? “No es tan sencillo”, intenté al principio zafarme yo porque, sinceramente, el enésimo intento de echar a Rajoy me daba una pereza infinita. Maldito Rajoy, un presidente que no se había dedicado a hacer amigos. Ni de derechas, ni de izquierdas y no digo centro, porque el otro partido en liza, Ciudadanos, aun no sé muy bien de qué va, si es carne o pescado. Me da que ni ellos lo saben, espero que hayan aprendido algo.

Remontado el miércoles, el viernes fue ya un sinvivir de mensajes llegados de fuera. Nuevas preguntas que surgían una vez consumado el despropósito y que ponían más en evidencia la incoherencia del ya presidente Sánchez y sus poco fiables aliados. ¿Por qué quienes criticaban la judicialización del esperpéntico órdago catalán justificaban la moción de censura al gobierno en una sentencia que ni siquiera era firme y con un voto particular? ¿Dónde estaban ahora los que pedían diálogo con los separatistas que habían desafiado la ley? ¿Por qué quienes reclamaban negociación política con los nacionalistas ahora no querían hablar?

Daba pudor ver cómo los socialistas y sus aliados – sin olvidar a los torpes de Ciudadanos – se habían armado con una sentencia de la que habían subrayado un puñado de frases extraídas de un oceánico contexto de 1.687 páginas. Frases que no constituían hechos ni fundamentos de derecho, únicamente “literatura” impuesta por la “inspirada” pluma del magistrado de reconocida y radical carga ideológica progresista, José Ricardo de Prada Solaesa, que apoyó públicamente a Baltasar Garzón cuando fue condenado por prevaricación en el marco del caso Gürtel y andaba empeñado, desde el principio, en dejar escrito para la posteridad de tan esperada sentencia frases que, simplemente, pretendían llevar a donde se quería que llevasen. A ganar al PP fuera de las urnas pasando por los tribunales.

De ahí el extenso voto particular – más de 100 páginas – del presidente del tribunal, Ángel Hurtado, donde discrepa en varios puntos de la sentencia. El principal, por supuesto, en relación a la condena al PP como partícipe a título lucrativo y propugnando la absolución. Escribe Hurtado en dicho voto discrepante: “parece colocarse al Partido Popular en una dinámica de corrupción institucional, cuando a dicho Partido no se le ha enjuiciado por actividad delictiva alguna”. También, que “Teniendo en cuenta que Francisco Correa a quien entregaba personalmente los fondos era a Guillermo Ortega y a Jesús Sepúlveda, se ve con más claridad la distancia que hay entre esas irregulares entregas y el PP nacional, y, en consecuencia, el desconocimiento de éste y la imposibilidad de control de lo que se hiciera a sus espaldas”. O que “Lo hecho por unas concretas personas que situamos en unas agrupaciones municipales ha sido a espaldas y en contravención de lo que el partido deseaba”.

Da igual, la demagogia ha vuelto a ganar a la verdad. Lo que cuenta es hacer ruido, retorcer la realidad, armarse con el extremismo, tocar la fibra popular a base de repetir una y otra vez el mismo falso soniquete, alarmar a la calle, dominar los medios. El PP pierde en todas las canchas. Y mira que ya podría haber aprendido en todos estos años, en lugar de seguir creyendo que dirige “solo” una empresa donde lo que importa son los resultados y que a los accionistas les trae al pairo el carisma de la directiva. En política, uno tiene que preocuparse además de muchas otras cosas aunque luego no se incluyan en la cuenta de resultados, entre ellas, imagen, comunicación y habilidad para colgarse en público las medallas por los hitos conseguidos.

Y ahora, ¿qué va a pasar en España?, fue la siguiente pregunta que me llegó. Como si yo tuviera una bola de cristal. No la tengo, lo único que sé es que el nuevo presidente no representa a la mayoría por mucho que haya esgrimido en el Congreso más votos que Rajoy, un hombre al que han tenido que echar – porque no tenían otra cosa – a base de piruetas judiciales, mediáticas y aritméticas porque cometió el error de no contentar a banqueros, directores de periódicos o presidentes de grandes empresas, entre otros. Y así, precisamente a quien terminó con las contrataciones “poco claras” de algunos elementos de su partido hemos terminado por quemarle en la misma hoguera que a los brujos. ¿Igual que en los ERE? ¿En el entorno Pujol? ¿A los del 3%?

¿Qué va a pasar ahora? Liquidado el bipartidismo, importante pilar de las grandes y veteranas democracias, puede pasar cualquier cosa. ¿Más pactos surrealistas, aliados de un cuarto de hora, republicas catalanas (y vascas), amnistías a presos, ceremonias de condecoración para Puigdemont y los suyos? Los votos que han llevado a Sánchez, por fin, a Moncloa no van a salirle gratis. Según el refranero, si el deseo concedido es injusto, antes o después, vendrá el diablo para cobrárselo.

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