La primera de las 17 funciones de ‘Aida’ que el coliseo madrileño ofrecerá del 7 al 25 de marzo ha estado dedicada al maestro Jesús López Cobos, director musical del Teatro Real entre 2003 y 2010, fallecido en Berlín el pasado viernes 2 de marzo.

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Confieso que me hubiera gustado tener la oportunidad de escribir la crónica del estreno de anoche en el Real haciendo un personal ejercicio de memoria comparativa. El hecho de que la ‘Aida’ que durante los próximos días se subirá a las tablas del coliseo madrileño sea la misma producción de Hugo de Ana estrenada hace 20 años, en la temporada de 1998 del recién reinaugurado Teatro Real, ofrecía una ocasión única para hacerlo que, sin embargo y a mi pesar, he tenido que dejar pasar.

Aclaro que no me refiero a una comparación entre ambas “Aidas” propiamente dichas, porque el propio Hugo de Ana –quién mejor para hacerlo– ya ha introducido los pequeños detalles, de escenografía y vestuario fundamentalmente, que le han ido surgiendo durante el rodaje de esta producción a lo largo de los años y con su paso por otros grandes teatros de ópera. Tampoco, en realidad, a “elementos” que marcan indudables diferencias por mucho que hablemos de una misma producción, es decir, a las voces solistas, la orquesta y el coro.

Me habría gustado poder contarles cómo se vivió aquel estreno de finales de la década de los 90 del siglo pasado – dicho así, parece francamente lejano – con un flamante Teatro Real dispuesto a ocupar de nuevo su lugar en la cultura y la sociedad después de tantos años cerrado. Hablarles de la expectación los días anteriores al estreno, la cobertura que dieron los medios, de si las críticas en general coincidieron. Incluso, de cómo era aquel público y de cómo ha cambiado. Por desgracia, como decía al principio, me he resignado a no intentar tan sugerente, también “peligrosa”, pirueta evocadora.

En 1998 no solo me perdí aquella ‘Aida’, para colmo, ni siquiera vivía en España. Así que no seguí lo que los medios dijeron entonces y recurrir a la hemeroteca suponía renunciar a la espontaneidad de estas líneas movidas por el particular deseo – discúlpenme este pequeño atrevimiento – de sumar mi propio recuerdo al “sano ejercicio de memoria” del que Joan Matabosch, director artístico del Real, hablaba hace unos días en la rueda de prensa para presentar ‘Aida’, título que, por otra parte, no había vuelto a programarse desde 1998 en el escenario de la Plaza de Oriente a pesar de ser una de las óperas más famosas y representadas de la historia.

Momento de la ópera 'Aida'
Momento de la ópera ‘Aida’

Estoy segura, en todo caso, de que muchos de los asistentes al estreno anoche de ‘Aida’ sí habrán podido atravesar mentalmente este puente de 20 años, espero que con la inteligente premisa, señalada igualmente por Joan Matabosch, de “celebrar que tenemos un pasado”. Un pasado de 20 años, que son muchos, no pretendamos engañarnos, si hablamos de la vida de una persona, pero francamente pocos si nos referimos a la de un teatro.

Aun así, el coliseo madrileño puede felicitarse de haber logrado situarse entre los primeros teatros de ópera del mundo, de atraer a un público joven y distinto al habitual, liderar un proyecto pedagógico y otro de intenso carácter social, llenar plazas en toda España con óperas proyectadas en gigantes pantallas o servir de escenario a espectáculos y músicas, como flamenco, pop o jazz, hasta hace poco casi impensables en una casa de ópera. Puede celebrar un pasado en que hubo de afrontar, como todos, una profunda crisis mundial y salir airoso gracias a un cambio de “estrategia” a la hora de encarar sus recursos, implicando a la sociedad civil sin renunciar a su condición de teatro público.

Y seguro que anoche, aparte del público, echaron la vista atrás los trabajadores del teatro que ya estuvieran hace veinte años implicados en las 8 funciones de 1998, dirigidas por Luis Antonio García Navarro, que se sumaron entonces a las 353 que tuvieron lugar en las temporadas anteriores al cierre del teatro, en 1925, durante un periodo en el que este popular título verdiano llegó a convertirse en el más representado sobre las tablas del teatro de la Plaza de Oriente.

Momento de la ópera 'Aida'
Momento de la ópera ‘Aida’

Pero volvamos al presente, a esta temporada de conmemoraciones – 200 años del bicentenario y 20 años de su reapertura -, que también ha querido rendir homenaje con esta ‘Aida’ al tenor Pedro Lavirgen, que tantas veces interpretó al héroe Radamés, aunque no llegase a hacerlo en el Real porque el apogeo de su brillante carrera trascurrió antes de su reapertura. Anoche, finalizada la obra, el tenor estadounidense Gregory Kunde, que acababa de interpretar ese mismo rol, fue el encargado de dirigirse al veterano tenor español – asistió al estreno desde el patio de butacas – para que en pie, emocionado, recibiese el caluroso aplauso que le dedicó el público.

En el primero de los tres repartos que se alternarán durante las funciones programadas, junto a Kunde, estrenaron Violeta Urmana, en el papel de la despechada Amneris, y Liudmyla Monastyrska, dando vida a la protagonista, ‘Aida’, la hija de rey etíope convertida en esclava, dividida entre el amor a su padre y su patria invadida y aquel otro amor, tan inoportuno como apasionado, que siente por el guerrero egipcio que ha derrotado a su pueblo. Ambas, Urmana y Monastyrska, fueron creciendo en sus interpretaciones para ofrecer ese final de intenso drama y coraje representado por las dos mujeres que aman al mismo hombre, con distinta suerte.

Momento de la ópera 'Aida'
Momento de la ópera ‘Aida’

Protagonistas indiscutibles, por otra parte, fueron anoche la Orquesta Titular del Teatro Real a las órdenes de la batuta de Nicola Luisotti, director asociado del Teatro Real, que recibió en el escenario el mayor premio del público con los músicos en el foso puestos en pie. Igual que fue claramente premiado el Coro Titular del Teatro Real con su director, Andrés Maspero, que salió al escenario para recoger los aplausos que en una obra verdiana, especialmente en una ópera de escenas multitudinarias como ‘Aida’,  siempre es buena señal que cosechen los miembros del Coro.

Hugo de Ana, responsable de la escena, recibió asimismo el premio de los aficionados por su producción de fuerte poder simbólico y con una escenografía capaz de mostrar en todo su esplendor la caja escénica madrileña, que aparece dominada por colosales pirámides. Templos que sugieren la magnificencia del poder político y, sobre todo, religioso, en contraposición con los paisajes desérticos que quieren poner de relieve la profunda soledad de los personajes, que se debaten entre sentimientos, dudas y contradicciones. Una escena, en definitiva, que cumple con la fidelidad absoluta a la fastuosidad egipcia, a la grandiosidad faraónica, con la que Verdi alumbró ‘Aida’ en una época marcada por la atracción hacia todo lo que recordara a la mítica civilización nacida a orillas del Nilo.

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