El secretario de Exteriores, Boris Johnson, ha advertido que el Gobierno británico responderá de forma “contundente y apropiada” si se demuestra la implicación de Rusia en la intoxicación de Sergei Skripal.

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Desde el pasado domingo, los habitantes de la localidad inglesa de Salisbury, famosa por su impresionante catedral gótica, no hablan de otra cosa: un hombre de 66 años y una mujer de 33 aparecían desvanecidos en un banco del centro comercial Maltings y eran trasladados al hospital en estado grave con síntomas de haber sido envenenados. El hombre es Sergei Skripal, un antiguo agente doble que fue condenado a 14 años de cárcel en Rusia por alta traición –fue acusado de desvelar al MI6 británico las identidades de espías rusos a cambio de dinero- y posteriormente, en 2010, liberado junto con tres presos que cumplían pena en Moscú en el marco de un intercambio con 10 espías rusos arrestados por el FBI, el mayor efectuado desde la Guerra Fría.

Como parte de aquel intercambio pactado, Skripal fue trasladado al Reino Unido donde vivía con una nueva identidad y una pensión de los servicios secretos británicos. La mujer que junto a él lucha ahora por salvar su vida es su hija, Yulia Skripal, y ambos acababan de compartir un familiar almuerzo dominical en The Mill, un restaurante cercano al banco en el que, al parecer, habrían caído fulminados después de haber sido presuntamente envenenados con una sustancia tóxica cuyo nombre aún no ha sido desvelado. Quizás, porque la investigación ni siquiera ha podido por el momento clasificar el tipo de “sofisticado” veneno con el que, una vez más, resulta atacado un hombre de nacionalidad rusa en suelo británico. Y es que llueve sobre mojado.

El caso de envenenamiento que más revuelo causó fue, sin duda, el de Alexander Litvinenko, otro exagente de los servicios secretos rusos que murió el 23 de noviembre de 2006, tres semanas después de ser envenado con polonio-210, una sustancia altamente radioactiva vertida en su taza de té –al estilo novela de Agatha Christie– y que tomó en compañía de dos compatriotas, Andrei Lugovoi y Dimitri Kovtun, en el hotel Millenium de Londres.

Diez años más tarde, la investigación del Reino Unido concluyó que fueron ellos, sus acompañantes, los encargados de edulcorar el té de Litvinenko con polonio-210 –Lugovoi y Kovtun viven tranquilamente en Rusia sabiendo que no corren peligro de extradición- y que el Estado ruso estaba detrás del crimen. Detrás de aquella lenta agonía que Alexander Litvinenko vivió ante las cámaras señalando directamente a Vladimir Putin como su asesino y dejando estupefacto al mundo entero.

Una “escandalosa” agonía que desaconsejaba seguir utilizando el ya famoso polonio-210 para ulteriores acciones contra incómodos elementos subversivos. Así que dos años más tarde, en 2008, cuando el exiliado georgiano Badri Patarkatsishvili –que había desafiado a Putin y se encontraba inmerso en las luchas de poder en su Georgia natal- murió repentinamente en su mansión del sur de Londres donde cenaba en compañía de su esposa y un grupo de “amigos” georgianos, su muerte “solo” pudo atribuirse a “causas inexplicadas”.

El ex espía ruso Sergei Skripal en una foto antigua
El ex espía ruso Sergei Skripal en una foto antigua

Hasta que una nueva “sustancia” apareció en escena. En la escena de otra extraña muerte de un ciudadano ruso en suelo británico: la del millonario Alexander Perepilitchny de 44 años, en 2012. La investigación policial apuntó en un primer momento a causas naturales, pero en los análisis “especiales” que reclamó la compañía de seguros se descubrió que en la sangre de Perepilitchny – testigo clave en el caso Magnitski, el abogado de Hermitage Capital que murió en una prisión rusa tras denunciar maquinaciones del poder ruso – había una molécula relacionada con el gelsemio, una planta altamente tóxica, con la que en 1879 ya había “experimentado” el padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, otro mito británico de la novela negra, para probar su eficacia como veneno.

Así que, después de todos estos casos más propios de novela que de realidad mundana, el pasado domingo las alarmas volvieron a sonar con fuerza en Gran Bretaña, en un país que no está dispuesto a dejar de ser dorado “refugio” de magnates rusos que no escatiman en gastos de todo tipo a la hora de prepararse su exilio en Londres o alrededores. Con el brexit en pleno apogeo, saben que no pueden arriesgarse a perder los millones que estos peculiares exiliados llevan años invirtiendo en el país si buscan otro destino en el que se consideren más seguros.

El malestar del gobierno británico se ha hecho patente en las palabras del, por otra parte, poco diplomático titular de Exteriores, Boris Johnson, quien ha asegurado que Reino Unido responderá de forma contundente ante cualquier indicio de implicación rusa en el caso Skripal. En respuesta a una pregunta parlamentaria, el titular del Foreign Office advertía a “a cualquier Gobierno del mundo” que los intentos de acabar con la vida de gente inocente en suelo británico se responderán con “sanciones y castigos”. Además, Johnson, que en diciembre pasado visitó Moscú en un intento de reconstruir las deterioradas relaciones entre ambos países, no titubeó a la hora de calificar al Kremlin como “fuerza disruptiva y maligna”, especulando incluso con la posibilidad de no acudir al próximo Mundial de Fútbol en Rusia.

El Kremlin, por supuesto, ha puesto el grito en el cielo tras escuchar las declaraciones de Boris Johnson, que ha calificado de intolerables y “salvajes”, al tiempo que niega rotundamente “cualquier relación con este trágico episodio”. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, quiso recordar asimismo cómo llegó Skripal a Occidente, “a consecuencia de qué acciones y qué decisiones”. Lo cierto es que su “traición”, fue un gran escándalo en la opinión pública rusa, que consideró que Skripal “había provocado serios daños a la seguridad del Estado y a la capacidad de Rusia de defenderse”.

A la espera de cómo evolucione el estado del ex agente doble y de su hija, lo cierto es que según informan medios británicos, el propio Skripal advirtió recientemente a la policía que había recibido amenazas y temía por su seguridad. Y desde luego tampoco era raro que temiera por su vida después de que el pasado año perdiera a un hijo, que murió durante un viaje a San Petersburgo poco después de ingresar muy grave en el hospital. No se sabe de qué.

De momento, la policía mantiene acordonada la zona del restaurante y el parque del centro comercial próximo donde fueron hallados Skripal y su hija para seguir buscando rastros del veneno. Eso sí, con todas las precauciones, porque dos agentes que estuvieron en contacto con el ex agente intoxicado tuvieron que ser ingresados en el hospital a causa de irritación en los ojos y dificultad para respirar, igual que varios miembros de los equipos de emergencias. Todos, salvo uno, ya han sido dados de alta.

En todo caso, la proverbial prudencia británica –salvo excepciones como el caso de Boris Johnson– se impone. Mark Rowley, comandante de la policía antiterrorista británica, admitió en una entrevista de radio a la BBC que “es claramente un caso muy inusual”, pero enseguida, haciendo gala de ese otro rasgo tan típicamente británico que es la fina ironía, añadió: “Creo que todos tenemos que recordar que los exiliados rusos no son inmortales, todos se mueren y puede existir la tendencia a las teorías de la conspiración”.

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