El imperio de Mark Zuckerberg –más bien, una parte del mismo– pasa por uno de sus peores momentos después de que la última acusación contra Facebook haya hecho que la misma se descalabre en Bolsa, pierda usuarios y sea objeto de investigación en Estados Unidos y Gran Bretaña.

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No es la primera vez que se escuchan voces acusando a Facebook de servir –se supone que sin quererlo– a intereses oscuros, ese tipo de intereses que ponen los pelos de punta y sacan en un nanosegundo al “justiciero” que todos llevamos dentro. Si, para colmo, los hechos se relacionan de algún modo con el insufrible personaje de Donald Trump, lo normal es que la protesta prenda por doquier y aquello amenace con acabar como el rosario de la aurora. O no. Quién sabe. En un mundo plagado de analistas especializados en casi cualquier materia, expertos en opinión y sesudos gurús de la estadística, resulta que últimamente los pobres no aciertan ni una.

Por otra parte y en su descargo (de los analistas, no de Facebook), hay que reconocer que jamás habíamos transitado por una senda tan llena de manipuladores del pensamiento, de la intención. Duele decirlo, incluso pensarlo, porque supone admitir que en general somos “una especie” tremendamente influenciable. Sobre todo, para mal. Y para los que tenemos cierta edad, orgullosos de ser “liberales”, choca toparse con tanto influencer. En la moda, vale. Puede que también a la hora de elegir restaurante, destino de fin de semana o garito de copas. Hasta me rindo a que influya más un bloguero aficionado que un crítico literario cuando de leer una novela se trata –qué remedio-, pero ¿qué ocurre cuando es la información social y política la que se ve falsamente influenciada?

¿Cuándo se trata de elegir al gobernante de un país en lugar de un peinado o una falda?

Los pelos de punta, sí, pero habrá que ir acostumbrándose. Facebook había pasado ya, sin despeinarse, por denuncias que en cualquier otra década habrían acabado con la confianza en una compañía y, sin embargo, en esta ocasión, las aguas bajan realmente turbias. Porque ha sido saber que una empresa, Cambridge Analytica, contratada por la campaña electoral de Trump en 2016 por más de 6 millones de dólares, presuntamente utilizó información extraída de la famosa red social para construir un programa informático destinado a predecir las decisiones de los votantes e influir en ellas y hacerse viral el hastag #deletefacebook (#borrarfacebook).

Los “mayores” empezamos en esto de las redes sociales con cierta prevención y también con bastante curiosidad. Los detractores de Facebook, creada por el entonces jovencísimo Mark Zuckerberg en Harvard, afirmaban que su idea era peligrosa porque suponía colocarse en un escaparate mundial que nada entendía, ni quería entender, de discreción y anonimato. ¿Desde cuándo se coloca algo en un escaparate para que no se vea? A regañadientes, acabamos asumiendo que, al final, cualquiera podía burlar el puente levadizo hacia tu perfil y averiguar sin peligro de mojarse a qué te dedicas, con quién hablas o dónde te vas de vacaciones, entre otras miles de cosas, aunque eso dependiera de los datos que uno mismo tenía a bien compartir.

Y esa era, en realidad, aquella primera prevención que ahora se nos antoja bastante naif. Porque lo verdaderamente importante sobre nosotros, sobre lo que pensamos y hacemos, acerca de lo que nos gusta no se extrae “solo” de lo que decidimos compartir. Cuando compartimos algo en Facebook podemos elegir qué otros usuarios queremos que tengan acceso a nuestra publicación, pero decidamos lo que decidamos, Facebook se reserva el derecho de recopilar los datos durante tanto tiempo como considere necesario. Unos datos que también se proporcionan cuando usamos sus servicios, por ejemplo, abrir una cuenta o enviar mensajes “en privado” a alguna persona.

La información “recopilada” también abarca los datos incluidos en el propio contenido que proporcionamos, por ejemplo el lugar donde se tomó una foto o a la fecha de creación de determinado archivo. Facebook también recopila información sobre el modo en que usamos los servicios de la red social, es decir, el tipo de contenido que vemos o con el que interactuamos, la frecuencia y la duración de nuestras actividades, las personas y los grupos con los que estamos conectados y cómo interactuamos con ellos, las personas con las que más nos comunicamos, los grupos donde compartimos más contenido.

La colosal empresa guarda también la información relativa a los ordenadores, teléfonos u otros dispositivos en los que instalamos Facebook, así como los datos generados por esos dispositivos en función de los permisos que les hayamos concedido, que en la mayoría de los casos suelen ser todos porque queremos que la aplicación funcione. Y por descontado, queda registrada la posición geográfica del dispositivo, si tenemos activado el GPS, Bluetooth o estamos conectados a una red WiFi, e información sobre dicha conexión: nombre del operador, tipo de navegador, idioma y zona horaria, número de móvil y dirección IP.

A lo que hay que sumar los datos proporcionados cuando hacemos compras o transacciones financieras: número de la tarjeta de crédito o débito, detalles de facturación, dirección de envíos y contactos. Y, por supuesto, la joya de la corona cuando de influenciar se trata, es decir, la información recabada del botón “Me gusta”, ya sea a publicaciones de otros o a páginas publicitarias propiamente dichas. Facebook siempre ha mantenido que estos datos se usan para mejorar y desarrollar sus servicios, es decir con el fin de mostrar al usuario los anuncios relevantes y medir el alcance de dichos anuncios. Un hecho que, por otra parte, tiene vital importancia para la empresa ya que puede asegurar a los anunciantes que el dinero que gasta en publicidad en la red está empleado de la mejor forma posible. Con la seguridad de que va a llegar a quien ya tiene un interés sobre el producto o servicio que quiere vender el anunciante.

Muy eficiente sobre el papel, pero altamente peligroso si no cae en manos de una empresa que “simplemente” prometa vender la mejor crema antiarrugas del mercado. Sea verdad o no que la crema apunte remotamente a servir para tal fin. No es misión de Facebook ni de los anuncios que encontramos en revistas, autobuses o vallas publicitarias comprobar las verdades del producto anunciado. Pero, ¿qué ocurre si la falsedad afecta a las noticias? ¿Si sirven para hacer correr bulos que confunden, revuelven y empujar a la opinión pública? Espeluznante. Los últimos casos de las llamadas informaciones falsas distribuidas desde perfiles con identidades ficticias es lo que Facebook no se puede permitir. Y está claro que sus “sofisticados” sistemas de algoritmos no son capaces ni de señalar donde tienen la nariz. Y, de momento, las medidas anunciadas por Zuckerberg para luchar contra esta “misinformation” no parecen haberla encontrado.

Prometió mejorar los dichosos algoritmos para que fueran capaces de identificar la información errónea, verificarla a través de terceros e, incluso, trabajar conjuntamente con la prensa para mejorar los sistemas de filtrado de noticias. Más aún, en mayo de 2017, Facebook anunció la contratación de 3.000 nuevos empleados que se unirían al equipo de 4.500 personas ya existentes para trabajar en el control de la información a pesar de que aquello chocaba con la filosofía de la propia empresa: poder compartir todo con todos. Y por supuesto se decidió cambiar los algoritmos. El nuevo objetivo era primar en los muros de los usuarios las informaciones personales en detrimento de las noticias que generan los medios de comunicación, pero la prueba llevada a cabo en algunos países fue un fracaso y dieron marcha atrás.

El periódico ‘The Wall Street Journal’ explicaba cómo los sistemas automáticos de Facebook para detectar noticias falsas eran incapaces de detectar, para empezar, las imágenes trucadas. De modo que se siguió subiendo a la red con total impunidad imágenes falsas de webs rusas que, para mayor escarnio, se hacían pasar por estadounidenses. Si ya es complejo que un humano detecte falsificaciones, a los algoritmos –por muy inteligentes artificialmente que sean- se les toma por el pito del sereno. Porque el error es que Facebook sigue confiando más en códigos informáticos que en sus empleados de carne y hueso. Aunque, por otra parte, tienen razón en afirmar que los humanos no hemos venido al mundo tan desprovistos de emociones y manías como los artilugios que luego hemos fabricado.

En el caso de Facebook tuvieron que aprender la lección aquella vez que comprobaron que los supervisores de sus noticias daban prioridad a los mensajes de izquierdas sobre los de derechas. Aunque la lección no les sirviera para llegar a la conclusión de que siempre será mejor supervisar con otros humanos a los supervisores humanos que darle el control a un sistema que no distingue la izquierda de la derecha.

Así que ahora, Zuckerberg se encuentra en el epicentro de un terremoto en el que la red tiembla sobre temblado y la filtración de datos de unos 50 millones de usuarios a la consultora británica Cambridge Analytica le ha obligado a admitir públicamente “errores en la gestión de la crisis”, anunciando más medidas para la protección de los usuarios. Tiene curro para rato. De momento, las fiscalías de Nueva York y Massachusetts afirman en un comunicado que quieren llegar “al fondo del asunto” y llueven las demandas de explicaciones por parte de legisladores estadounidenses y británicos, aparte de la investigación abierta por la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos que podría costarle a Facebook una multa millonaria.

Insuperable panorama para que los inversores dieran de inmediato la orden de vender sus títulos en Wall Street hasta que Facebook cayó un 7%. Adiós a sus ganancias del año. En menos de una semana, perdió casi 50.000 millones de valor y algunos de sus accionistas decidieron querellarse colectivamente contra la firma en una corte federal de San Francisco por cometer “actos ilegales” que les provocaron pérdidas bursátiles. Ya saben que los inversores no se andan con chiquitas. Tampoco los usuarios de un negocio que como Facebook se basa en gran medida en la confianza. Para castigar a la red ni siquiera hace falta que sigan el hastag #borrarfacebook, con el mero hecho de que pasen menos tiempo trasteando por allí se notará el perjuicio real que amenaza con pasar factura a este mundo virtual en el que también deberían pagarse las grandes mentiras.

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