Hace ya algunos años me di cuenta de que lo que más me gusta de la Navidad es que se acaba. Que por fin, un día, las calles recuperan su austeridad invernal y las farolas vuelven a ser las únicas protagonistas de las frías noches de asfalto.

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Desaparecen por arte de magia las coloridas pelucas de espumillón y enmudecen los petardos. Se acabó. No hay que seguir haciendo malabares para cumplir con los numerosos compromisos que emborronan la agenda, ni enfrentarse al frío enfundados en raso, terciopelo o lentejuelas.

Todo esto no significa, sin embargo, que me haya afiliado al otro bando –los humanos siempre tan extremistas-, a ese clan que proclama su frontal odio a la Navidad. Por lo menos, aún no. Porque, en realidad, la Navidad como “concepto” es, sin duda, algo bueno: se ensalzan sentimientos que tienen que ver con la armonía y la paz, priman reuniones con gente que aprecias y es la oportunidad de las familias separadas durante el año para reunirse de nuevo.

Nos acordamos con nostalgia de quienes se fueron y, con independencia del grado de espiritualidad que profesemos, nos esforzamos en llenar los días de buenos deseos para (casi) todos los que nos rodean.

Aun así, lo bueno si breve… Es probable que se trate de la edad –que definitivamente no perdona- o de los avatares de la vida, puede que de ambas cosas a la vez, pero el trajín gastronómico, comercial y bullanguero cada vez más exagerado en que se han convertido las fechas navideñas, lo único que consigue con algunos es llevarnos a la extenuación.

Quizás parte de esa mortal fatiga surja precisamente del afán por no mostrarse demasiado políticamente incorrecto, de intentar nadar entre dos aguas igual de turbulentas. Por ejemplo, en mi caso, procuro que nadie sepa que llevo años sustituyendo las 12 uvas por 12 ‘Conguitos’ para ser tachada de excéntrica “tipo quien va al cine a ver películas búlgaras subtituladas en polaco”. No es eso, ¡maldita sea!, es que las uvas nunca me han gustado. La realidad es que soy bastante normalita: prefiero el último thriller llegado de Hollywood doblado al castellano a un filme de Lars Von Trier y las óperas de Puccini a las de Stravinski.

Ahora bien, me espantan las aglomeraciones de individuos convencidos de que el espíritu de la Navidad se mide en la longitud de las guirnaldas que cuelgan de la lámpara, en los saltos que pegas cuando terminan de sonar las campanadas, en el montón de regalos que haces o recibes, en los correspondientes maratones de compras o en las cenas en que participas e, incluso, en el número de comensales. Debe de tratarse de algo patológico, la multitud simplemente me da miedo. Un terror tan irracional como el que me producen los petardos, las serpientes o las arañas.

En lo que creo que la inmensa mayoría coincidimos –todo un consuelo– es en seguir ‘adorando’ el roscón de Reyes. El normal, el de siempre, sin nata, crema ni merengue. Hundir el cuchillo en el aromático dulce y dejar a los demás sin la codiciada sorpresa me sigue, a pesar de la edad y de esos avatares de la vida a los que echaba la culpa de mi deserción del ejército entusiasta de la Navidad, produciendo una grata subida de adrenalina. El único problema es que la fecha oficial para hincarle el diente llega al final, después de casi tres semanas zampando, bebiendo, pasando frío por la calle, asustándome al ritmo de los petardos. Es decir, cuando ya lo único que se atreve a pedirme el cuerpo es un poco de cuartelillo.

En todo caso, como soy de la vieja escuela me molan más los Reyes Magos que Papá Noel, por mucho que la guerra librada por el invasor de barba blanca durante las últimas décadas se haya saldado con un lucrativo empate para los comerciantes.

Por otra parte, después de tanto deseo etéreo de paz en el mundo, trabajo, salud, dinero y amor con el que empezamos el nuevo año, uno ya puede dejarse de pamplinas y centrarse en lo concreto: escribir en su carta a los Reyes Magos lo que quiere de verdad. Lo material, lo mundano. Aquello “solo para mí”. Nunca he dejado de escribirla, aunque la sensación de abrir los paquetes ya no pueda percibirse con aquella maravillosa intensidad de lo ingenuo que irremediablemente se diluye cuando la infancia queda atrás: primer gran golpe recibido.

De pronto, has de vértelas con una revelación a la que intentas enfrentarte desde la negación. Imposible. ¡Que no!, le gritas a quien pretende hacerte creer  normalmente algún repipi con ganas de fastidiar- que la magia de los Reyes Magos es en realidad un truco de andar por casa perpetrado, para colmo, por aquellos en quienes más confías. ¿Es posible que quienes te han enseñado que hay que decir siempre la verdad lleven años engañándote? La mayoría aún recordamos ese momento y a aquel maldito traidor que hizo añicos nuestra inocencia para siempre. Menudo impacto. Me extraña que todavía no se haya puesto de moda llevar al niño al psicólogo después de tan duro trance. Todo se andará.

La Navidad se enfrenta esta semana a su último asalto. Resistan queridos lectores, felices Reyes para todos.

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