La Asamblea Nacional de Cuba concluía el pasado domingo dos días de debates sobre el anteproyecto de reforma de la Constitución, cuyo contenido será sometido a consulta popular durante los próximos tres meses.

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El personaje de Tancredi en la famosa novela ‘El Gatopardo’ dice a su tío, el príncipe Fabrizio: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Con esta frase se hacía referencia a la capacidad de los sicilianos para adaptarse al gobernante de turno, pero también y, sobre todo, a la intención de la aristocracia, representada por el Príncipe Fabrizio, de aceptar la revolución unificadora para conservar su influencia y poder en Sicilia. Eran conscientes, unos más que otros, de que tras el desembarco de Garibaldi en 1860 se acercaba el final de su supremacía y que serían las clases sociales emergentes, burócratas y burgueses, quienes se verían beneficiados por la reunificación. Este ‘gatopardismo’ -término acuñado en ciencia política a partir de la paradoja descrita en la novela de Tomasi di Lampedusa- es lo que muchos politólogos internacionales creen ver ahora, avanzado el siglo XXI, en las anunciadas reformas de Cuba. ¿Otra isla en la que todo será igual pese a que todo habrá cambiado? Una parte de los cubanos asegura que no se esperan grandes cambios durante el mandato de Miguel Díaz-Canel.

Pesimismo aparte, los hechos son que la Asamblea Nacional de Cuba concluyó el pasado domingo dos días de descafeinados debates sobre el anteproyecto de reforma de la Constitución, cuyo contenido será sometido a consulta popular entre los próximos 13 de agosto y 15 de noviembre. El procedimiento establecido señala que durante estos tres meses, los ciudadanos “podrán expresar sus criterios y sugerir cambios al documento”, y concluida esta etapa cada opinión y propuesta será valorada por la Comisión para la Reforma Constitucional. A continuación, está previsto que el proyecto actualizado vuelva a la Asamblea, donde será discutido una vez más y sometido a aprobación. Un proceso que se culminará con un referéndum para que la población se pronuncie mediante voto directo y secreto.

Fue el menor de los Castro quien, en un intento de abrazar los inevitables giros del tiempo como en su día tuvo que hacer Fabrizio, anunció en abril pasado, cuando traspasó la jefatura del Estado a Díaz-Canel, que la reforma constitucional era inminente. Raúl Castro ha estado, además, al frente de la Comisión que en menos de tres meses ha elaborado el primer borrador que modifica 113 artículos, añade 87 y elimina 11 respecto a la actual Carta Magna. Se trata, en realidad, de dar rango constitucional a las reformas impulsadas por el propio expresidente para abrir la economía cubana, atraer inversión extranjera y permitir un desarrollo del sector privado, por supuesto de forma controlada y con límites. Nada de “concentración de la propiedad en sujetos no estatales”.

Gatopardianos o no, los cambios están aquí. Algunos significativos, como la limitación en la edad -máximo 60 años- y en el tiempo -dos legislaturas de cinco años cada una- en los mandatos presidenciales. Otros no lo son tanto o, al menos, ahora mismo no lo parecen. Por ejemplo, queda muy bien para los titulares la eliminación de la idea de que la sociedad socialista cubana persiga la construcción del comunismo, pero el partido comunista seguirá siendo la “fuerza dirigente superior de la sociedad”, en definitiva, el único partido, y ni la propia Constitución puede imponerle directrices.

Otro ejemplo. Este anteproyecto de reforma de la Constitución cubana de 1976 -inspirada en la búlgara y ya reformada parcialmente en 1978, 1992 y 2002- propone cambiar el término “libertad de palabra” por el de “libertad de expresión”, pero al mismo tiempo acaba de aprobar el Decreto 349/2018, que para muchos supone, simplemente, la institucionalización de la censura.

Además, los artistas no podrán ejercer como tales si no están autorizados por alguna institución cultural estatal y se establecen nuevos delitos o contravenciones en todo lo referente a la contratación de artistas, la venta de obras de arte y la exhibición de contenidos audiovisuales. Se prohíbe la venta de libros con “contenidos lesivos a los valores éticos y culturales” y, en definitiva, se supedita el arte a permisos y autorizaciones por parte del Ministerio de Cultura, dirigido por el recién nombrado Alpidio Alonso, comprobadamente fiel a los postulados de la censura castrista.

La reforma prevé, por otra parte, el nuevo cargo de primer ministro. El presidente representará al Estado y el primer ministro se encargará de la gerencia del Gobierno y del control del Consejo de Ministros, pero ninguno de ellos saldrá elegido por sufragio directo. La Asamblea Nacional del Poder Popular se encargará de la selección y  dentro del Parlamento, será otro órgano mucho más reducido, el Consejo de Estado, el que propondrá nombres idóneos para el cargo.

Destaca también la incorporación del denominado Consejo de Defensa Nacional, un órgano superior del Estado con la misión de dirigir al país durante las “situaciones excepcionales y de desastre”. Se trata de una institución que reúne a todas las fuentes de inteligencia y contrainteligencia del país y funciona ya a las órdenes del coronel Alejandro Castro Espín, único hijo varón de Raúl Castro, formado por la KGB en la época de la desaparecida URSS.

MATRIMONIOS HOMOSEXUALES

Ha sido otro miembro de la familia Castro, la diputada Mariela Castro, quien ha introducido en la reforma de la Constitución el que es, sin duda, uno de los cambios más llamativos: el matrimonio entre personas del mismo sexo. La hija del expresidente es una de las principales promotoras de los derechos de la comunidad de gays y lesbianas en la isla y, tras los dos días de debate para aprobar el anteproyecto de reforma, declaraba orgullosa que “con esta propuesta Cuba se sitúa entre los países de vanguardia, en el reconocimiento de los derechos humanos”.

Los activistas cubanos, sin embargo, se mantienen cautelosos y advierten que “la batalla todavía no se ha ganado”. Aún se recuerda que en los primeros años de la revolución, con Fidel Castro, muchos homosexuales fueron detenidos y enviados a campos de trabajo como parte de una homofobia institucionalizada. Se trata, además, de una medida que llega con la apertura en general del continente latinoamericano hacia los enlaces homosexuales, ya que países como Argentina, Brasil, Colombia o Uruguay han aprobado en los últimos años el matrimonio homosexual, a pesar de la oposición de la Iglesia. Sin embargo, este sí es uno de esos cambios que no servirán para que todo siga igual.

SIN ESPERANZAS EN MATERIA ECONÓMICA

La duda era si Raúl Castro, con la reforma que preparaba, trataría de sumarse al modelo chino, al vietnamita o si se mantendría dentro de las coordenadas del modelo castrista. Ya no hay espacio a la esperanza de cambio económico. Las reformas están encaminadas a mantener el aparato productivo cautivo del Estado.

Se restringen más las actividades de los cuentapropistas y el acceso a la propiedad privada. El propósito es impedir a cualquier costo que los cubanos se enriquezcan. A Raúl Castro le repugna la frase china: “Enriquecerse es glorioso”. El general no entiende el valor de los incentivos.

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