Gobernado por el principio de igualdad, este sistema educativo es el resultado de un generoso Estado de Bienestar, financiado por una de las más altas cargas tributarias en el mundo.

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Por lo general, la educación es, aunque no debería serlo, un caballo de batalla demasiado politizado. En España, por ejemplo, los distintos sistemas educativos implantados desde la transición han ido siempre ligados a los cambios de inquilino en la Moncloa. Eso en el mejor de los casos, es decir, si decidimos simplificar y no entramos a considerar las diferencias concretas – incluido el idioma en qué se imparten las clases – de cada una de las Comunidades Autónomas en relación a las competencias transferidas (casi todas) en esta materia. Un asunto demasiado delicado como para someterlo a vaivenes que apuntan a una clara falta de objetivo común que solo mire de verdad en beneficio de los niños, único futuro al que tendríamos que prestar atención.

Que el futuro de los niños es también el de su propio país, en Finlandia, por el contrario, lo han tenido claro desde los años 70, época en la que el Parlamento aprobó la ley por la que todos los niños, con independencia de su contexto socioeconómico, tenían acceso igualitario y gratuito a escuelas de calidad. Desde entonces, el país nórdico ha logrado transformar un sistema educativo ineficaz en un modelo de enseñanza a seguir, el mejor sistema educativo del mundo occidental. Por eso, cada cierto tiempo, los países en la cola de estudiantes “de provecho” suelen mirar el ejemplo de Finlandia y algunos han llegado a enviar expertos en educación para que aprendan, pero el problema sigue siendo el de siempre: ¿estamos dispuestos a cambiar, a ver la educación como cuna del pensamiento racional fuera del dogmatismo y el adoctrinamiento? ¿A invertir más medios en el sistema? ¿Pagar más impuestos?

Así que si queremos hablar de política educativa, hablemos primero de política social. Porque para los artífices del cambio en el sistema educativo finlandés que tan buena cosecha sigue dando, los enemigos de la educación son la desigualdad social, la pobreza o la carencia de servicios básicos gratuitos. En todo caso, que la educación sea gratuita para todos solo es parte del “secreto”. Finlandia quiere que todos los niños sean iguales desde que nacen y no se espera a que tengan edad escolar para hacerlo posible, sino que la atención empieza incluso antes de que nazca y, sobre todo, nada más nacer.

La madre tiene derecho a 105 días hábiles de permiso de maternidad y el padre, 54 días. Las parejas pueden dividir entre sí un periodo adicional de más de cinco meses de permiso parental y cuando regresan al trabajo, el Estado “les está esperando” con una red de guarderías especializadas y altamente subsidiadas para cuidar de los niños. Las tasas varían de acuerdo con la renta de los padres y la zona en la que reside la familia o, en caso necesario, las guarderías son gratuitas. Son, en definitiva, un derecho garantizado para todos los niños, quienes también tienen acceso igualitario a cualquier tipo de servicio básico.

Más tarde, en el colegio – donde se limita al mínimo el número de horas de clase así como los deberes en casa y las pruebas escolares –, los niños comen sin coste alguno, cuentan con servicios de atención médica y odontológica y reciben todo el material escolar, que también es gratuito. Además, los alumnos que vivan a más de 5 kilómetros de distancia pueden pedir el reembolso de lo que gastan en transporte. Por supuesto, no es barato mantener un sistema de beneficios sociales de este tipo. En Finlandia es posible gracias a un más que generoso Estado de Bienestar que se financia a través de una de las cargas tributarias más elevadas del mundo – el IRPF ronda el 51,6% -, en las antípodas del darwinismo social.

Para terminar de cuadrar este balance positivo en educación, Finlandia también se preocupó de la otra parte en la ecuación, los profesores, a quienes dio una valoración sin precedentes en otros lugares del mundo a través, por ejemplo, de programas de formación de excelencia para el magisterio en las universidades del país. Era importante crear las mejores condiciones de trabajo posibles para los maestros, así como dotar a los colegios de una amplia autonomía en la toma decisiones. Como consecuencia de estas medidas, la profesión se convirtió en una de las más demandadas por los jóvenes finlandeses, que cada año solicitan plaza en los departamentos de formación de profesores de las universidades de Finlandia.

Sin embargo, tampoco los finlandeses pueden confiarse. En el Informe PISA (Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes), el estudio que realiza la OCDE a nivel mundial para medir el rendimiento académico de los alumnos, Finlandia seguía estando en 2015 entre los cinco primeros en ciencia y comprensión lectora, pero caía al puesto doce en competencia en matemáticas, superada no solo por los países asiáticos como Singapur, Hong Kong o Japón que ya llevan tiempo encabezando el ranking, sino también por otros países europeos como Suiza, Estonia y Holanda. Y quienes no creen en invertir más en una educación con igualdad de oportunidades no han desaprovechado la ocasión para “advertir” de que el sistema finlandés también puede hacer aguas.

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