Los agricultores de la zona se han visto obligados a proteger sus cosechas de los ladrones y el nuevo Gobierno, que tomó posesión el pasado mes de junio para “poner remedio” a la crisis política que asola el país, sabe que se enfrenta a una situación que puede agravar aún más la precaria existencia de los habitantes de la isla más grande de África.

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¿Sabían que la vainilla tarda casi un año para que pueda ser cosechada con éxito? ¿Qué aunque la flor viene de México, los 80.000 cultivadores de Madagascar producen más vainilla que cualquier otro país del mundo? ¿Qué menos del 1% de su sabor proviene realmente de las vainas de esta planta y que el aumento de su demanda está produciendo una inusitada ola de violencia en Madagascar?

El sabor y característico olor de la vainilla es tan frecuente que casi nos parece que crezca a nuestro alrededor, pero nada más lejos de la realidad. Postres, caramelos, velas, perfumes, ambientadores y un sinfín de productos que huelen o saben a vainilla, jamás han estado cerca de la orquídea de la que es extraída. En los laboratorios llevan muchas décadas, desde finales del siglo XIX, produciendo vanilina, compuesto que le da a la vainilla su aroma, y que se extrae del carbón, el alquitrán, la pulpa de madera o del estiércol de vaca, entre otros productos. La razón es sencilla: la vanilina puede ser hasta 20 veces más barata que el producto real.

Flor de la vainilla
Flor de la vainilla

Sin embargo, de pronto, hemos llegado a una época que cada día reclama más la utilización o consumo de productos naturales. Queremos huir de los químicos y los sustitutos producidos en laboratorios porque “ahora” sabemos que no son saludables. Todo lo contrario. Así que cada vez hay más presión sobre las grandes compañías alimenticias para que, por ejemplo, cambien la vainilla artificial por el producto real y algunas, como Nestlé, ya han comenzado a comprar extracto de vainilla natural para sus productos en grandes cantidades.

Este regreso a lo natural, a lo que da la tierra, explica en buena parte lo que está ocurriendo en Madagascar en torno al que es su mayor cultivo, la vainilla natural, donde se ha desatado una especie de fiebre del oro que vuelve a sacar a la luz lo peor de la ambición humana. Porque está muy bien regresar a los alimentos o productos auténticos, pero tenemos que asumir que el mundo no puede volver a cambiarse en unos días, sin pararnos a pensar que algunos de aquellos alimentos tradicionales fueron sustituidos, precisamente, para que su elevado precio no dejara a nadie sin poder acceder a su espléndido sabor.

Como el de la vainilla de Madagascar, cuyo aroma dulce acompaña a un sabor que recuerda al ron. Su precio siempre ha sido alto. Ahora, más bien, exorbitante. Porque al largo y delicado proceso de cosechar la vainilla – las pálidas orquídeas florecen solo un día al año y la flor solo es fértil durante entre 8 y 12 horas después de la floración -, hubo que sumarle la inesperada demanda de la que hablábamos y, para colmo, el ciclón Enawo que en marzo de 2017 destruyó gran parte de las cosechas del año. Desde entonces los pequeños productores han hecho enormes esfuerzos para satisfacer la demanda y, al mismo tiempo, protegerse de los robos que amenazan su sustento, provocando una violencia inusitada en un país de 21 millones de personas que en su inmensa mayoría tienen que vivir con menos de 1 dólar al día y donde la competencia por las tierras agrícolas fértiles es feroz.

Con los precios por las nubes – si hace cinco años el precio de 1 kg de vainilla era de 20 dólares, en 2018 su coste se elevó por encima del de la plata llegando a los 600 dólares el kilo -, poco iban a tardar en aparecer los ladrones de vainas que aprovechaban el breve descanso nocturno de los agricultores para hacerse con tan preciado bien. Varias comunidades de agricultores trataron de obtener protección de la policía armada para sus cultivos, pero sin éxito. Así que para desalentar el robo, los agricultores de la zona empezaron a grabar sus nombres, o a veces números en serie, en las vainas cuando todavía estaban en la planta. Por supuesto, la medida no sirvió para nada y los robos se tornaron cada vez más violentos. Ya se cuentan por decenas los asesinatos ocurridos en Madagascar vinculados a la vainilla.

Muchos agricultores tomaron la decisión de recolectar sus vainas prematuramente para evitar los robos en los últimos meses antes de la cosecha, a pesar del perjuicio que ello supone para la calidad del producto. El gobierno, a su vez, decidió evitar esta práctica estableciendo fechas fijas de cosecha en cada poblado y para hacer llegar el mensaje, ordenó quemar en público 500 kilos de vainas cosechadas prematuramente. Por otra parte, crece la preocupación de que la vainilla de Madagascar pierda su buena reputación y acabe por ser un producto de segunda. Y es que, como siempre, la avaricia es la peor amenaza que enfrenta el saco antes de romperse.

Porque la realidad es que en el parque nacional de Masoala – hogar de muchas especies de lemur en peligro de extinción – existe un frágil ecosistema que está siendo perjudicado gravemente para poder seguir alimentando la creciente demanda global de vainilla. Se han denunciado talas indiscriminadas de árboles con el objetivo de ganar más espacios para cultivar vainilla – la corrupción de los responsables institucionales son otro ingrediente de este coctel que amenaza el valioso producto – y comienzan a desaparecer las condiciones singulares que hacen de este lugar el sitio perfecto para su cultivo, con la mezcla perfecta de precipitación, humedad y tierra para producir la codiciada variedad de vainilla de Madagascar. Una edición más del “pan para hoy, hambre para mañana”.

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