A las afueras de Bombay existe un barrio al que nadie quiere ir, pero en el que muchos han tenido que quedarse a vivir. Se llama Mahul y hace tiempo que le pusieron de apellido “where the poor are sent to die”, es decir, “donde son enviados los pobres para morir”. También se refieren a él como el “infierno tóxico”, por la enorme cantidad de vertidos que contaminan el medioambiente.

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Antes, cuando la tierra, el aire y el agua no estaban contaminados con los desechos tóxicos de las numerosas industrias pesadas y plantas de tratamiento de aguas residuales que rodean la gran metrópoli india, Mahul era simplemente un pequeño pueblo de pescadores lejos del bullicio de Bombay, la ciudad más poblada del país. Y hasta que llegaron los nuevos vecinos, estaba habitado por miembros de la comunidad Koli, clasificada en el censo de 2001 como casta programada, es decir, como grupo designado oficialmente de personas en desventaja social.

Pero la antigua aldea de pescadores hace años que se vio desbordada tras el establecimiento de enormes refinerías de aceite y petróleo, fábricas de productos químicos y plantas de fertilizantes que no tardaron en afectar al medioambiente. Numerosos informes llevan tiempo alertando de la contaminación que castiga gravemente la zona, pero ello no impidió, sin embargo, que las autoridades locales decidieran establecer allí complejos de nuevas viviendas para realojar a los miles de personas – entre 30.000 y 50.000 – que habían tenido que dejar sus hogares en los barrios más pobres de Bombay, como Powai, Chembur, Vakola o Bandra.

Estos barrios de chabolas, habitados en su mayoría por quienes llegaron a la ciudad desde el campo en busca de un destino mejor, tenían que ser demolidos. Un tribunal de Bombay exigía a las autoridades que cumplieran con la imperante norma de establecer una distancia mínima de 10 metros entre las tuberías y las casas, para garantizar la calidad del agua que llegaba a la gran ciudad. Lo cierto es que más de la mitad de las tuberías estaban sin enterrar, simplemente sobre el suelo, y que a lo largo de los años se habían levantado barrios enteros de chabolas en sus alrededores con el consiguiente peligro para la salud de las personas.

Sin embargo, la resolución de un problema llevaba a la creación de otro. El nuevo proyecto urbanístico pasaba por la demolición de miles de casas y nadie sabía qué hacer con unas familias que lo único que tenían era aquel precario techo bajo el que cobijarse. Fue entonces cuando se decidió realojar a los ocupantes de las casas demolidas en los que se llamaron “campamentos de tránsito”, situados en Mahul, un área de 16 hectáreas con más de 17.000 viviendas construidas y tan próxima a la refinería de Bharat Petroleum que algunos edificios se encuentran a solo 80 metros de los tanques de petróleo. Muchos se negaron en un principio a ser realojados allí, pero nadie les daba otras opciones. Además se les aseguró que pasarían en Mahul una temporada breve, hasta que les dieran otro alojamiento en barrios similares de Bombay, pero el tiempo fue pasando sin que la promesa de las autoridades se viera cumplida.

Y poco tiempo después de mudarse, empezaron los primeros casos de enfermedades relacionadas directamente con los desechos tóxicos del lugar. Desde que llegaron, los realojados se vieron afectados por síntomas diversos, como dificultad para respirar, irritación de la piel y de los ojos, anomalías en la tensión arterial o tuberculosis. En 2015, el Tribunal Nacional Verde de la corte ambiental de India señaló que existía “una amenaza perceptible para la salud de los residentes” de la zona por culpa de la calidad del aire, pero las autoridades locales siguieron empeñadas en lo contrario. Según tres encuestas diferentes realizadas por la Junta de Control de Contaminación de Maharashtra, los niveles de contaminación en Mahul no eran “diferentes a los de otras áreas de Bombay”.

En todo caso, el problema de la contaminación no era el único con el que tenían que lidiar los realojados. Para colmo de males, el nuevo asentamiento no disponía de acceso a instalaciones de agua limpia ni de alcantarillado y el suministro de electricidad era claramente insuficiente. Tampoco hay hospitales o escuelas cercanas, y la red de conexión con otras zonas es tan deficiente que muchos han perdido los trabajos a los que no pueden llegar cada día desde donde viven ahora. Por si no fuera bastante, la comunidad tiene que enfrentarse a menudo al desbordamiento de aguas residuales en las calles o a plagas de mosquitos y de ratas. La mayoría de los nuevos vecinos no podía imaginar que su situación pudiera ser peor que la que afrontaban en sus antiguas chabolas, pero ahora, constatada la ínfima “calidad de vida”,  han decidido no rendirse.

Grupos de activistas como el llamado Mahul Prakalpgrast Samiti llevan tiempo organizando manifestaciones, sentadas y diversos tipos de protestas, para que les rescaten de allí. Sobre todo, después de que el pasado 8 de agosto de 2018, una explosión en la unidad de hydrocracker de Bharat Petroleum Corp Ltd hiriera a 43 personas. Pocos días más tarde, el 19 de agosto, los nuevos residentes organizaron una protesta silenciosa frente a la residencia del ministro de vivienda y el 11 de noviembre, un millar de personas formó una cadena humana de más de tres kilómetros que llegó, de nuevo, hasta la puerta de Prakash Mehta, el ministro de vivienda. Y el 27 de noviembre, después de un mes de sentadas diarias, colocaron por toda la ciudad enormes carteles dirigidos al gobierno para exigir su reubicación.

Poco a poco, han logrado, al menos, que el ministro se reúna con ellos y les escuche. Nada más, de momento, a pesar de que en agosto ganaron la batalla judicial con una sentencia que determina que las autoridades municipales no pueden obligar a nadie a mudarse a Mahul y que deben encontrar una vivienda alternativa o pagar un alquiler a las familias que se mudaron. Sin embargo, la situación está lejos de ser revertida totalmente y las protestas se han intensificado durante todo el mes de diciembre y en estos primeros días de enero. También, por supuesto, a través de las redes sociales. Con el hashtag #MumbaisToxicHell (infierno tóxico de Bombay), los afectados piden ayuda para conseguir que las autoridades cumplan con su promesa y su obligación de darles una vivienda en otro de los nuevos barrios de Bombay. Antes de que los efectos de la contaminación y la insalubridad causen daños irreversibles en la salud de los más vulnerables, niños y ancianos.

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