Proclamado beato el 25 de mayo 2013 por el Papa Francisco en una ceremonia a la que acudieron más de 100.000 personas, el padre Pino Puglisi se convirtió en el primer mártir de la Iglesia católica asesinado por la mafia. Han pasado 25 años y en Palermo nadie le ha olvidado.

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Tampoco sus asesinos, que tuvieron que ver que, aunque su voz hubiera sido callada para siempre, había más sacerdotes dispuestos a alzar la suya contra los mafiosos, a ser los herederos de Puglisi, a pesar de todo.

Montaje del Papa Francisco y Pino Puglisi
Montaje del Papa Francisco y Pino Puglisi

El padre Pino o 3P, como lo llamaban los jóvenes de su parroquia, fue nombrado párroco de San Cayetano en el barrio palermitano de Brancaccio, una zona gobernada por la mafia, más en concreto, por un clan de LeoLuca Bagarella, considerado uno de los jefes más sangrientos de Cosa Nostra, que en los años 80, durante la llamada “segunda guerra” de clanes mafiosos en Italia, mandó asesinar a centenares de personas. Todos le temían en el barrio. Hasta que llegó don Pino, dispuesto a combatir lo que él llamaba la cultura de la ilegalidad. No tardó en organizar manifestaciones callejeras contra el oscuro poder de la mafia, promover actividades lúdicas y abrir centros vocacionales para sacar a los niños y jóvenes de la calle. En definitiva, de la influencia de Cosa Nostra.

El padre Puglisi se ganó en poco tiempo la simpatía y el respeto del barrio, especialmente de las madres de aquellos jóvenes que hasta entonces solo habían podido escuchar a una de las partes, como si fuera de Cosa Nostra no hubiera espacio para nada más. En realidad, así había sido durante décadas. En la mayoría de las familias había un hombre asesinado por una disputa entre dos clanes y los niños aprendían bien pronto a qué otros compañeros de escuela no podían acercarse, porque pertenecían a una familia enemiga. Las viudas, rotas por el dolor, el odio y el deseo de venganza, habían transmitido a sus hijos estos sentimientos y, al principio, les costó entender las palabras del nuevo párroco que, sobre todo, hablaba de amor para sustituir al odio; de perdón, para terminar con tantas ansias de venganza. Y, claro, a los mafiosos no les gustó.

El clan de Bagarella utilizó su poder para exigir el traslado del sacerdote pero este se negó. “Irme sería como renegar y abandonar el rebaño que Dios me ha confiado. Yo me quedo en mi lugar”, explicó, a sabiendas de que con ello firmaba su sentencia de muerte. La noche del 15 de septiembre de 1993, dos sicarios de Cosa Nostra acabaron de un tiro en la nuca con la vida del padre Puglisi delante del portal de su casa. Cuando los mafiosos se acercaron por la espalda, Puglisi no se sorprendió: “Os estaba esperando”, dijo a sus asesinos. Ese mismo día cumplía 56 años. Nadie le ha olvidado y su ejemplo de valentía sirvió para que, desde entonces, otros sacerdotes “heredaran” su forma de combatir a Cosa Nostra en su propia casa.

Por fin, había llegado el tiempo de que los mafiosos dejaran de parecer “tan cristianos”. En su propia visión, seguramente lo eran – la celda del capo Totò Riina estaba empapelada con estampas de santos y leía la Biblia todos los días -, pero ya no había excusas para que desde la otra parte, la Iglesia, no se condenara con rotundidad la actividad de los mafiosos, rezaran o no antes de ordenar el asesinato de algún molesto sacerdote. Porque el de Puglisi no fue el único. La Camorra napolitana mató al sacerdote Peppe Diana y en la actualidad, curas como Luigi Ciotti se ven obligados a vivir con protección desde hace años. Desde que, por fin, la Iglesia terminó con la ambigüedad que tanto beneficiaba la “imagen” de la Mafia. Fue necesaria la condena contundente de tres Papas y la excomulgación de 2014 pronunciada en Calabria por el Papa Francisco para terminar con aquello. Aunque siga levantando ampollas. Prueba de ello es que la reciente visita del Papa Francisco a Sicilia, en la que dijo que los mafiosos no podían ser cristianos, sigue provocando reacciones en la isla. “No se puede creer en Dios y ser mafioso”, volvió a repetir el Papa, con la imagen de Puglisi a su lado, el pasado fin de semana.

Luigi Ciotti
Luigi Ciotti

Mientras, el citado sacerdote amenazado Luigi Ciotti no ha dejado, a pesar de saberse condenado por Riina – en 2014, se grabó al capo encarcelado dando instrucciones para acabar con su vida – de luchar contra la Mafia. No está solo. Otros curas eligieron convertirse en “herederos” de Pino Puglisi, como Luigi Merola, que en el año 2000 fue trasladado a Forcella, uno de los barrios de Nápoles controlado por la Camorra, donde abrió las puertas de la parroquia a los niños para darles trabajo y educación, denunciando con firmeza a los mafiosos que, a su vez, prometieron “matarlo en el altar”. Tuvo que vivir durante un tiempo con escolta. Le han quemado el coche y de vez en cuando se presentan en su casa un par de sicarios armados para intimidarlo.

Otro sacerdote al que cambió la vida con la muerte de Puglisi es el padre Cosimo Scordato. Tras el asesinato de su amigo, convocó una manifestación contra la mafia por las calles de la capital siciliana y ahora trabaja directamente con los jóvenes del centro de Palermo para evitar que terminen como soldados de la Mafia. No ha dejado en todos estos años de proclamar bien alto que la mafia es atea, que “no se puede ser cristiano y mafioso”. Aun así, estos ejemplos de religiosos dispuestos a combatir con “sus armas” al endémico crimen organizado de su país no ocultan que, por ejemplo, de los más de 50 sacerdotes que hay en Nápoles sólo cuatro o cinco se atrevan a denunciar la criminalidad. El miedo sigue a flor de piel, porque “Quien no está del lado de la mafia, está contra ella”.

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