Literatura y música siguen siendo las más afectadas por el delito de la piratería digital que tanto daño hace a los creadores, a la industria del sector y en definitiva al país, ya que el Estado podría haber ingresado en 2016 un total de 576 millones de euros más de no ser por los accesos ilegales a contenidos, sumando un acumulado desde 2012 de 2.772 millones de euros. Y aún faltan por publicarse los datos del Observatorio de la piratería correspondientes a 2017.

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Mientras tanto, quien descarga ilegalmente sigue, por desgracia, creyéndose el más listo de la clase y no tiene reparo alguno en mirar a quien sí paga, por ejemplo, para leer en su pantalla la última novela de su escritor favorito como si de un estúpido alienígena se tratara. “¿En serio vas a pagar?”, suele preguntar el pirata de turno con los ojos tan abiertos, que a uno le parece mentira que el personaje no sea capaz de ver todo lo que hay detrás de ese acto delictivo que le parece tan normal.

Es posible que a “ojos grandes” le traiga al pairo la repercusión de la piratería en el empleo –quizás él mismo esté en paro y no se canse de culpar a los políticos por ello-, que aporta cifras aún más preocupantes para las industrias de contenidos que para el Estado. En un sector que emplea actualmente a 65.926 trabajadores directos, un escenario sin piratería podría permitir crear 21.697 nuevos puestos de trabajo directos, lo que supondría un incremento del 33 %, y unos ciento diez mil empleos indirectos más.

Y es aún mucho más probable que en su lista de no preocupaciones a la hora de consumir cultura y entretenimientos por la cara se encuentre la madre (o padre) de esa criatura que tan buen rato le ha hecho pasar: su creador. Puede que para él se trate tan solo de un nombre que aparece al principio y al final del disco o libro en cuestión o, quizás, muy al contrario, sea un autor a quien asegure admirar en plan fan años 60, pero a quien está claro que no respeta en lo más mínimo.

Como si se tratara de un esclavo que trabaja para él. Admito, en todo caso, que esta última observación quizás sea demasiado enrevesada y que, en realidad, el sujeto ni siquiera lo piensa.

Un llamativo post que lleva años circulando por las redes sociales afirma de manera categórica que el trabajo de una persona nunca debe salir gratis, no contar con su correspondiente remuneración. En ningún caso, rotundamente no.

Con dicho post se quería “denunciar”, en plena crisis, a aquellos que “preferían” cobrar menos o, incluso, no cobrar, con tal de no perder la oportunidad de formar parte del privilegiado grupo de quienes salen de casa cada mañana para ir al tajo o, simplemente, de rellenar un currículo cuyo apartado de experiencia laboral permanecía recalcitrantemente en blanco.

Excusas, decía el post, acusándoles de reventar el “libre mercado del empleo”, de hacer el juego a empresarios que se aprovechaban de la crisis para inaugurar un periodo de rebajas salariales a costa del miedo de muchos a quedarse mano sobre mano. El dogmático post culpaba a quien trabajara sin cobrar –o cobrando, discúlpenme la expresión, una mierda– de ser unos esquiroles de tomo y lomo.

Porque es muy fácil juzgar calzando siempre tus propios zapatos.

Sin embargo, el tan aclamado post tampoco causó mella en nuestro protagonista de “¿En serio vas a pagar?” ni en su panda de amigos. La piratería en internet sigue creando escuela, ganando adeptos. Las cifras son de escalofrío. De apaga y vámonos. Si de libros hablamos, en 2016 se contabilizaron 374 millones de accesos ilegales con un valor de mercado de 3.103 millones de euros, aumentó el número de consumidores que accedió a contenidos ilícitos, que pasó del 21 % de 2015 a más del 22 % en 2016 y, para colmo, más del 40 % de los accesos se materializaron en contenidos con menos de un año de antigüedad. Al escritor ni le habían dado tiempo para terminar la siguiente novela.

Es cierto que la Ley de Propiedad Intelectual, con multas de hasta 600.000 euros, debería haber parado la mortal hemorragia, pero cuando la conciencia social sigue viendo normal el pirateo resulta difícil avanzar. Solo queda acción urgente contra quien facilita las descargas ilegales y, también, contra quien las utiliza despreciando en realidad aquello que dice disfrutar.

Porque por mucho que se piense que a quien se piratea es “solo” a las grandes editoriales, productoras cinematográficas o musicales, aquel que ha empleado meses o años enteros de su vida en una creación cultural ve con inmensa pesadumbre, rabia también, su obra pisoteada. ¿Acaso los creativos pertenecen a una especie distinta, y pueden –o deben– trabajar gratis? ¿Por amor al arte y, para colmo, sin mecenas?

¿Por qué seguir en cambio engordando los bolsillos de los parásitos que se lucran a costa de lo que otros escriben, pintan, fotografían, cantan o interpretan? Hay que abrir los ojos, pero no para preguntar si en serio vamos a pagar por consumir un producto, como si la cultura fuera el mundo al revés, sino para asquearnos y rechazar (incluso denunciar) las web pirata que no muestran su pata de palo ni su parche en el ojo, pero son sanguijuelas de manual a las que, por desconocimiento o despreocupación, muchos siguen cebando. Porque más del 70% de los portales desde los que se accede ilegalmente a los contenidos culturales se financian, con indiscutible éxito, gracias a la publicidad.

De esta publicidad, un porcentaje importante corresponde a sitios de apuestas, de contactos o del llamado contenido para adultos. Aunque tampoco las marcas conocidas de productos de consumo parezcan tener reparos a la hora de financiar a estos corsarios del siglo XXI: más de un tercio de la publicidad de las páginas de descargas ilegales corresponde a famosas marcas, por ejemplo, de alimentación.

Los piratas cuentan, en todo caso, con otras fuentes de ingresos aparte de la publicidad. Así, muchas de ellas exigen registrarse como usuario antes de acceder al anhelado “download gratis total” y luego venden los datos personales que les han sido facilitados a empresas dedicadas al e-mailing comercial. Unos datos que cotizan muy alto en el agresivo mundo del marketing y por los que, como es obvio, los piratas no han pagado nada.

Concienciémonos, lo gratis demasiadas veces sale caro. Únicamente ganan los malos. Un libro digital cuesta una media de 3 o 4 euros. Sabiendo lo que hay detrás, ¿de verdad vale la pena descargarlo sin pagar?

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