Nadie resta indiferente a la serie producida por HBO y Sky. Para IMDB, la web especializada en este tipo de rankings, ‘Chernobyl’ ha triunfado con muy buena nota (9,7) entre los espectadores, aunque para otros, sobre todo en Rusia, se trate simplemente de un montaje plagado de mentiras sobre la historia del peor accidente nuclear de la historia.

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El 26 de abril de 1986, el reactor 4 de la planta nuclear de Chernóbil en la ciudad ucraniana de Prípiat explotó esparciendo una nube radioactiva que recorrió todo el hemisferio norte, de Checoslovaquia hasta Japón. Al menos 31 personas murieron inmediatamente después del accidente y el desastre fue de tal dimensión que, a pesar de los esfuerzos de las autoridades de la época, fue imposible de ocultar: había traspasado sus fronteras, más allá de la férrea omertá que caracterizaba el régimen soviético. Desde entonces, se han realizado infinidad de estudios, reportajes, películas, declaraciones y entrevistas, pero nunca había surgido el interés y la polémica que ha logrado esta miniserie de ficción que no ha querido renunciar a basarse en la realidad sobre lo ocurrido. Así es, al menos, cómo los productores han querido presentar y reivindicar la serie.

Por supuesto las reacciones más intensas han tenido lugar en Rusia, donde las redes sociales se han llenado de críticas a favor y en contra de la serie, acompañadas, en ocasiones, de experiencias personales. Medios de comunicación independientes han elogiado al guionista de la serie, Craig Mazin, por su “respeto y minuciosa atención a los detalles” e, incluso, se ha llegado a publicar que el motivo de tanta polémica se deba a un “sentimiento de vergüenza” porque haya sido una serie estadounidense la encargada de contar la historia de Chernóbil, en lugar de hacerlo una rusa. Por ello, la televisión estatal rusa se apresuraba a anunciar que ya está trabajando en su propia versión que servirá, además, para dejar en evidencia las mentiras que recoge la aclamada miniserie protagonizada por Emily Watson. Según declaraciones de la cadena, esta serie sí contará la verdad y su director, Aleksey Muradov, ya ha advertido que mostrará al mundo lo que realmente sucedió: un sabotaje a manos de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), que estuvo involucrada de forma directa en el desastre.

Sin embargo, ¿cuántos rusos se estarán preguntando por qué sus gobernantes quieren contar ahora lo que ocurrió si, para colmo, podrían haberlo hecho en su día acusando a la CIA de pergeñar tan brutal sabotaje? Probablemente muchos, pero a Vladimir Putin, heredero directo de aquella época, sigue sin gustarle que a la gente le dé por cuestionar las versiones oficiales. Y ahora la versión es que el día de la explosión había un agente de los servicios de inteligencia del enemigo “trabajando” en la estación. Porque, todavía hoy, cualquier crítica sobre el pasado soviético se percibe como un ataque a la base de poder ideológico del Kremlin, aunque para algunos rusos – los más veteranos, curados de espanto – la nueva versión de la realidad que ahora pretenden “vender” los medios controlados por el Gobierno no es diferente a las mentiras que caracterizaban al Estado soviético.

Lo que para los analistas resulta claro es que, aunque la serie se tome ciertas y lógicas licencias artísticas, “Chernobyl” es bastante fiel a lo que pasó en 1986, cuando una reacción incontrolada hizo saltar por los aires el techo de la central liberando la tristemente famosa nube de material radioactivo que surcó los cielos de buena parte del mundo. Y lo que difícilmente podrán ahora negar los rusos es que la mayor preocupación de sus gobernantes fue la de intentar esconder el suceso y la magnitud del mismo.

El gobierno soviético solo reconoció que treinta y una personas murieron por lesiones o por síndrome de radiación aguda justo después de la explosión, pero no quiso hablar de los miles de afectados que fallecieron con posterioridad a causa de la exposición a la radiación a la que se vieron sometidos. El terrorífico accidente del que ahora vuelve a hablarse más de tres décadas después fue zanjado por las autoridades soviéticas con un juicio a los tres directores de la planta, condenados en julio de 1987 por una grave violación de las normas de seguridad. Ellos también protagonizan la serie en la que Emily Watson interpreta a Ulana Khomyuk, una física nuclear soviética que intenta descubrir cómo y por qué ocurrió el desastre de Chernóbil. La propia actriz ha aclarado que el suyo no es un personaje real, pero asegura que se ha construido en base en las aportaciones que hicieron en su día diversos científicos que trabajaron en el desastre.

La serie narra también las acciones que se tomaron en las horas y los días inmediatamente posteriores a la explosión, algunas de ellas probablemente responsables de agravar la situación, de las que un antiguo operador de la central eléctrica, Oleksiy Breus, ha querido salir al paso. En declaraciones a BBC News Ucrania, este testigo – esa madrugada se encontraba en la sala de control del cuarto reactor – asegura, por ejemplo, que aunque es cierto, como recoge la serie, que tras la explosión se enviaron los equipos de bomberos al reactor, no fue para que apagaran un incendio del techo ya que dicho fuego jamás existió. Breus reconoce que hubo incendios, pero no en el techo. “Que hubiera fuego en el techo es una invención”, ha asegurado tajante al citado medio de comunicación, aunque al mismo tiempo ha admitido que eso no hizo que el trabajo de los bomberos fuera menos peligroso. De hecho, la mayor parte de las personas que murieron en el transcurso de las siguientes dos semanas fueron bomberos que pasaron esa noche llevando agua al reactor dañado.

Otro de los impactantes momentos de la serie es el que transcurre al otro lado de los muros de la central, en el puente que más tarde fue bautizado como el “puente de la muerte”. En las imágenes televisivas se ve a los residentes de la cercana ciudad de Pripyat, desconocedores de los peligros de la radiación, correr hacia el puente del ferrocarril para ver el incendio. El rumor que circula desde entonces y que hace suyo la serie asegura que todos los que estuvieron allí murieron. Sin embargo, Breus lo niega, declara que conocía a personas que estaban esa noche en el puente y, aunque experimentaron problemas de salud, lograron sobrevivir. Tampoco da crédito a que los 400 mineros enviados para cavar un túnel debajo del reactor que protegiera a los civiles del área afectada se desnudaran como se muestra en la ficción de HBO, por muy altas que pudieran ser las temperaturas bajo tierra. Y más rotundo incluso se muestra a la hora de negar que los tres voluntarios que se sumergieron bajo el reactor dañado para abrir una válvula que drenase el agua murieran por la radiación. Todos ellos sobrevivieron, el líder del turno, Borys Baranov, murió en 2005, pero Valery Bespalov y Oleksiy Ananenko, ambos ingenieros en jefe de una de las secciones del reactor, aún viven. En definitiva, Breus solo admite estar de acuerdo con el retrato que hace la serie de la Unión Soviética, aquel oscuro régimen, excesivamente rígido y reservado, cuyas malas prácticas de gestión y comunicación contribuyeron aún más a agravar el accidente.

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