El Papa León XIV convirtió su visita a Lourdes en un ejercicio de examen de conciencia institucional. Tras la misa multitudinaria del sábado en la Plaza de la Concordia en París, el Pontífice ofició este domingo una nueva ceremonia al aire libre ante unos 150.000 fieles en el santuario pirenaico, y dedicó la tarde a reunirse con siete víctimas de abusos sexuales cometidos por miembros del clero. El encuentro, celebrado sin prensa, centró buena parte del debate de la jornada en Francia.
Antes de la misa, Robert Prevost presidió una reunión con obispos y arzobispos en la que les pidió que «continuaran» con las acciones contra la «lacra» de los abusos dentro de la Iglesia. «Ha destacado el trabajo hecho por la Iglesia y le ha pedido que siga mejorando en ese sentido», explicó a France 2 Grégoire Drouot, obispo de Nevers. La institución eclesiástica gala lleva años intentando gestionar un escándalo de proporciones históricas: hasta 320.000 víctimas desde 1950, según la comisión independiente que en 2021 destapó su magnitud real.
En respuesta, la Iglesia francesa creó dos comisiones para escuchar a los afectados y destinó 44 millones de euros a indemnizar a 1.193 de ellos en los últimos cinco años. León XIV quiso reforzar ese gesto simbólicamente: meditó ante la fotografía del Niño que llora, expuesta en el santuario desde hace cinco años en memoria de los menores agredidos, y ordenó cubrir los mosaicos del padre esloveno Marko Rupnik en la fachada de la basílica del Rosario, acusado por hasta 20 mujeres de abusos sexuales y psicológicos.
Un encuentro con las víctimas que no convence a todos
La reunión de la tarde reunió a cinco participantes que decidieron identificarse públicamente. Entre ellos, una víctima del internado de Notre Dame de Bétharram, donde hasta 200 exalumnos denunciaron agresiones por parte de religiosos y empleados del centro, un escándalo que salpicó al ex primer ministro François Bayrou. También estuvo presente uno de los jóvenes scouts abusados por el obispo Bernard Preynat, condenado en 2020 a cinco años de prisión, en un caso que arrastró al cardenal Philippe Barbarin. Y se esperaba la asistencia de una de las mujeres agredidas por el abate Pierre, fundador de los traperos de Emaús.
Pero el formato generó críticas similares a las que surgieron en junio durante un encuentro parecido en España. Varias asociaciones de víctimas lamentaron que el Papa no dialogara con los representantes de los colectivos organizados. «Cuando se elige a individualidades, se reduce la fuerza del colectivo», señaló Alain Esquerre, portavoz del principal grupo de exalumnos de Bétharram.
En la homilía, León XIV fue directo: «Para sanar las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno, debemos someternos humildemente a la mirada purificadora del Señor». Y añadió: «Es indispensable reconocer nuestras propias faltas para nuestro progreso espiritual». Ningún Papa había visitado Lourdes desde que Benedicto XVI lo hizo en 2008. La carga simbólica del viaje era evidente; la deuda con las víctimas, también.





























