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Mosul: la vida en un campo de minas que llevará décadas limpiar

La segunda ciudad de Irak afronta las consecuencias de tres años de ocupación de ISIS y de una batalla de nueve meses que costó más de 10.000 vidas. Un año después de su liberación, muchos cadáveres permanecen aún bajo los escombros.

Cuando Abu Bakr al-Bagdadi, líder de Estado Islámico, proclamó su maléfico califato, Mosul tenía dos millones de habitantes, de los que se estima que un millón logró huir de la ciudad para iniciar la arriesgada “aventura” de convertirse en refugiado. La mayoría acabó en campos que, todavía hoy, no se atreven a abandonar. Por mucho que añoren su ciudad y su hogar, Mosul sigue, un año después de su liberación, con calles intransitables, edificios en ruinas y, lo peor de todo, con explosivos sin detonar. Algunos están a la vista, se pueden “sortear”; muchos otros, no. Impredecible dónde puede haber un artefacto listo para estallar. Una macabra lotería que UNMAS (Servicio de las Naciones Unidas de Actividades relativas a las Minas) trata de eliminar de las calles.

El director general de Programas de la UNMAS en Irak, Pehr Lodhammar, anunciaba el pasado mes de febrero que hasta ese momento se habían eliminado alrededor de 27.000 minas de la ciudad de Mosul. Su equipo y el Ejército de Irak encontraron también fábricas mineras y descubrieron que los terroristas habían puesto materiales explosivos en lugares tan insospechados como latas de alimentos o carritos de bebés. A pesar de sus 30 años de experiencia, Lodhammar aseguró entonces que nunca se había enfrentado a una misión tan complicada como el que se lleva a cabo en la ciudad iraquí.

Desde Optima, empresa privada encargada de limpiar bombas, morteros, cohetes y trampas explosivas sin detonar en nombre del Programa de Acción contra las Minas de las Naciones Unidas (UNMAS), su gerente, Mark Warburton, subraya la complejidad a la que se refería Lodhammar: “Hemos encontrado aquí de todo, desde granadas de mano o bombas aire-tierra de 500 libras de peso hasta todo lo que Estado Islámico podía improvisar: granadas caseras, morteros y cohetes”. Desde diciembre de 2017 hasta finales de mayo de 2018, Mark Warburton y sus hombres desactivaron alrededor de 33.500 explosivos en 790 operaciones en el casco antiguo de Mosul, incluidos 610 cinturones explosivos, que primero tuvieron que retirar de los cadáveres de combatientes.

Se calcula que todavía hay ocho millones de toneladas de escombros. Y, entre ellos, bombas, cohetes, coches bomba, granadas y un sinfín de trampas explosivas que pueden convertir un mal paso en el último. Pero en el viejo Mosul, ahora solo operan cuatro equipos de limpieza de explosivos para UNMAS. En total, 60 hombres que trabajan con protección armada para evitar posibles ataques de células durmientes de Estado Islámico. Su objetivo es mitigar las amenazas explosivas para que las infraestructuras puedan restaurarse. Limpian escuelas, centros de salud, plantas de tratamiento de agua, estaciones de electricidad, para que las autoridades puedan atender las necesidades inmediatas y que la gente tenga la posibilidad de regresar a sus casas.

En todo caso, a pesar de la devastación y la amenaza, más de 800.000 personas han decidido volver durante los últimos meses. La rehabilitación de los supervivientes y la eliminación de artefactos explosivos ​​son también las prioridades del Departamento de Ayuda Humanitaria de la Unión Europea en Iraq y de diversas ONG europeas, como Ayuda Popular de Noruega, que se encarga de limpiar y desactivar en una amplia zona al este de Mosul que incluye aldeas como Tajala y Kabarli.

Sin agua ni luz en la mayoría de las calles, los comerciantes que tuvieron que dejar sus tiendas también han empezado a regresar. Piden más ayudas, sobre todo, del gobierno iraquí, para poner en marcha de nuevo sus comercios. Algunos ya funcionan sorteando cada día las dificultades, caminando por las calles más “seguras”, conscientes de que forman parte indispensable del motor que arranque la vida en Mosul después de la oscuridad más absoluta. Conscientes también de que cada día se juegan la vida.

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