Giorgia Meloni llegó tarde a la cena de líderes en el palacio de Beştepe, en Ankara, según el diario La Stampa. No fue un descuido de agenda. La primera ministra italiana quería evitar el encuentro a solas con Donald Trump, con quien comparte una relación que ha pasado de la alianza estratégica al distanciamiento público en apenas tres meses. La cumbre de la OTAN en Ankara dejó imágenes elocuentes de una fractura que ninguno de los dos se ha molestado en disimular.
En la rueda de prensa posterior a la cumbre, Meloni trató de restar hierro al asunto. «No, no me arrepiento en absoluto de nada de lo que he hecho», afirmó al ser preguntada por si se había acercado demasiado a un aliado incómodo para el resto de Europa. Pero sus palabras no convencieron del todo, sobre todo porque llegaban después de una semana marcada por nuevas humillaciones públicas desde Washington.
Defensa sí, pero con sello italiano
Más allá de la tensión personal, Meloni dejó claro en Ankara que Italia cumplirá con los compromisos de inversión en defensa adquiridos en el seno de la Alianza, pero en sus propios términos. «Deben quedarse en Italia, en nuestras fábricas, en nuestra investigación, en nuestros territorios; es decir, más seguridad, pero también más empleo cualificado, más investigación y no cheques enviados al extranjero», subrayó.
La primera ministra rechazó así cualquier lectura de que el incremento del gasto militar —que Trump exige que alcance el 5 % del PIB— se traduzca en compras masivas de equipamiento estadounidense. La inversión, insistió, se hará «de una manera sostenible, estableciendo nosotros los tiempos, los métodos y las prioridades en función del contexto».
El giro que lo cambió todo
Hasta hace apenas unos meses, Meloni era la gran aliada continental de Trump en Europa, la líder llamada a tender puentes entre Bruselas y Washington en asuntos como la guerra en Ucrania o el comercio. Visitó Mar-a-Lago tras la victoria electoral del magnate y fue la única líder de la UE presente en su toma de posesión en el Capitolio.
La relación giró en abril. Italia denegó a Estados Unidos el uso de la base aérea de Sigonella, en Sicilia, para operaciones militares contra Irán —siguiendo los pasos de España—, y Meloni salió en defensa del papa León XIV cuando Trump atacó al pontífice por criticar la guerra en Irán. Furioso, el presidente estadounidense filtró a través de Truth Social que la primera ministra le había «rogado» hacerse una foto en la cumbre del G7 en Évian. Meloni lo desmintió con contundencia.
La víspera de la cumbre de Ankara, Trump publicó en la misma red social una imagen de Meloni mirándolo con la leyenda «Se necesita una orden de alejamiento». La primera ministra no respondió públicamente, pero sí reafirmó su posición sobre las bases: «Nuestra línea está clara y la mantenemos». Una firmeza que, a estas alturas, le está costando cara en términos de influencia en Washington.





























