La diplomacia china no deja nada al azar. Xi Jinping recibirá este jueves a Donald Trump en el Templo del Cielo de Pekín, el recinto donde durante dos milenios el emperador rogaba a los dioses el orden cósmico y unas buenas cosechas, y que permanece cerrado al público para preservar la fragilidad de sus suelos de maderas nobles. La visita precede al encuentro bilateral en el Gran Palacio del Pueblo, la reunión más esperada entre China y Estados Unidos en años.
El simbolismo del lugar es deliberado. El Partido Comunista de China, bajo Xi Jinping, se presenta como heredero natural del orden imperial, apoyado en la meritocracia y ciertos valores confucianos. Pasear a Trump por el ombligo sagrado de Pekín —con sus doscientas hectáreas de jardín cerradas al público desde el miércoles— es un mensaje de autoridad antes de sentarse a negociar.
La visita al Templo de las Buenas Cosechas, levantado por la dinastía Ming hace seiscientos años, también tiene su lectura práctica. La soja del Medio Oeste, el déficit comercial entre ambas potencias y el futuro de pedidos de fabricantes como Boeing —sin grandes contratos chinos desde la década pasada— sobrevuelan la agenda. En el pasado, el emperador sacrificaba un buey perfecto. Hoy la carne de ternera figura entre las demandas arancelarias de Washington.
No es la primera vez que Pekín cuida la coreografía con Trump. En 2017, él y Melania Trump tomaron el té junto a Xi y Peng Liyuan en el Pabellón del Tesoro de la Ciudad Prohibida, construido en 1915 con colaboración estadounidense. La elección del escenario nunca es inocente.
Xi, el anfitrión que no necesita viajar
Desde que ambos presidentes coincidieron por última vez en octubre del año pasado en Busan, Xi Jinping no ha vuelto a salir de China. No ha tenido necesidad. En los últimos seis meses ha recibido en Pekín a los reyes de España y Tailandia, a los primeros ministros de Reino Unido y Canadá, a los presidentes de Francia y España, y al canciller de Alemania. La visita de Trump es el colofón de esa larga lista.
Jugar en casa tiene ventajas evidentes para el gobierno chino: control de la coreografía, ausencia de protestas y capacidad para imponer su relato. Este miércoles, la prensa oficial dedicaba más espacio a la visita del presidente de Tayikistán que a la llegada nocturna del mandatario estadounidense. Un detalle que dice mucho sobre cómo Pekín calibra las percepciones internas.
Los portavoces chinos presentan la cumbre como una apuesta por la estabilidad en el comercio y las relaciones internacionales. China se proyecta ante el mundo como defensora del orden multipolar y del Sur Global. Aunque en los despachos de Washington y Pekín hay quienes convertirían el G20 en un G2 sin demasiados escrúpulos. En el panteón taoísta, sin embargo, «Hijo del Cielo» solo hay uno. El resto son reinos tributarios.





























