La oleada de falsos avisos de bomba que ha sacudido a la aviación comercial europea desde el lunes 2 de noviembre se ha convertido en un caso de estudio sobre la guerra híbrida. Al menos 35 vuelos con destino a ciudades europeas han recibido amenazas, 27 de ellos solo el jueves, según el recuento de Reuters. Este viernes llegó la tercera tanda de la semana. No se ha hallado ningún explosivo y todos los aparatos han aterrizado sin incidentes, pero la factura operativa ya es considerable.
La Organización de Aviación Civil Internacional cifra en al menos 16 los países afectados como origen, destino o escala forzosa. Cuatro de ellos (Francia, Italia, Bulgaria y Austria) enviaron cazas para escoltar aviones, y Hungría hizo lo propio el lunes con un Wizz Air entre Londres y Sofía. En Madrid-Barajas, la Guardia Civil confirmó tres correos en menos de 20 minutos contra seis vuelos de Iberia y Air Europa. El patrón se repite: mensajes por correo electrónico a aerolíneas, gestores aeroportuarios y proveedores de servicios, en tandas muy seguidas.
Una ecuación a favor del que amenaza
La clave está en la asimetría. Redactar y enviar un correo no cuesta nada. Responder obliga a desviar aviones, evacuar pasajeros, movilizar artificieros, activar escoltas militares y reprogramar tripulaciones y rutas. Soren Sorensen, comandante de la Academia de Defensa de Dinamarca, lo resumió así ante la radiotelevisión pública danesa: "Es el acoso más fácil del mundo, porque cuando recibes una amenaza tienes que reaccionar". Según él, desviar un avión "cuesta muchos millones".
Ese desequilibrio explica por qué el umbral de reacción es tan bajo. Rhys Jones, analista de Osprey Flight Solutions, subraya que las consecuencias de ignorar un aviso real "pueden ser enormes", de modo que las autoridades no pueden permitirse el error. La Agencia Europea de Seguridad Aérea admite que cada amenaza supone un riesgo bajo, pero que la acumulación de desvíos supone "una presión adicional sobre el sistema".
Caos, desgaste y atribución lenta
Para Peter Neumann, catedrático del King's College de Londres, los objetivos difusos y la disrupción como fin apuntan a una lógica híbrida: "El objetivo de una campaña híbrida es crear caos, incertidumbre y una sensación de amenaza". El ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, fue más lejos en TVE: "No puede ser mera casualidad que se produzcan tantos incidentes con exactamente el mismo modus operandi en toda Europa", y habló de "un intento de agresión híbrida y una forma de guerra psicológica". Llama la atención el contraste con la prudencia de Bruselas: el comisario Apostolos Tzitzikostas considera "demasiado pronto para sacar conclusiones" sobre si los incidentes están relacionados.
Conviene separar la lectura estratégica de la atribución. Ninguna autoridad ha señalado a un responsable y nadie ha reivindicado el conjunto. Algunos correos invocaban a un supuesto "Estado Masculino", pero el bloguero que fundó ese movimiento, ya prohibido en Rusia, asegura que el grupo no existe y que no tiene relación alguna con los avisos. Javier Argomaniz, de la Universidad de St Andrews, recuerda que no consta que ningún servicio de inteligencia haya apuntado a un Estado. El precedente es instructivo: los correos con amenazas contra colegios de varios países en septiembre de 2024 tardaron casi un año en derivar en una detención.
Ese es precisamente el rédito del método. Un ataque que no se atribuye con rapidez erosiona la confianza de pasajeros y aerolíneas, tensa los recursos de seguridad y deja a los gobiernos entre el aviso mínimo y la sobrerreacción. Mientras Europa investiga y la Comisión activa un mecanismo de intercambio de información, el balance es incómodo: el coste de preguntar quién está detrás es alto, y el de provocar la pregunta, casi nulo





























