El ministro de Sanidad británico Wes Streeting presentó su dimisión este martes y exigió la apertura de un proceso para reemplazar al primer ministro Keir Starmer al frente del Partido Laborista, desencadenando la mayor crisis interna del Gobierno desde su llegada al poder en 2024. La salida de Streeting no abre automáticamente una sucesión, pero sitúa a Starmer en su momento más vulnerable.
Streeting atribuyó al primer ministro el desastre electoral en las recientes elecciones municipales y regionales, y alertó de que, sin un giro radical, la ultraderecha de Nigel Farage podría llegar al poder en las próximas elecciones generales. «El país y el partido necesitan una visión mucho más ambiciosa», argumentó antes de anunciar que dimitía por haber perdido la confianza en el primer ministro.
Un disparo que no garantiza la caída
Pero el golpe tiene una grieta importante: Streeting necesita reunir al menos 81 firmas de diputados laboristas para presentarse formalmente como candidato a la sucesión, y quienes siguen la aritmética de los Comunes no tienen claro que las tenga. Starmer, por su parte, no necesita ningún aval para mantenerse como candidato automático si se activa el proceso, lo que podría inclinar la balanza a su favor en una votación con múltiples aspirantes.
El sistema de elección interno del Labour —similar al voto preferencial irlandés, donde los militantes ordenan candidatos y se redistribuyen votos hasta que alguien supera el 50%— podría beneficiar precisamente al primer ministro frente a una oposición fragmentada.
Un campo de batalla con varios frentes
La crisis ha activado a otros actores con ambiciones propias. La exviceprimera ministra Angela Rayner, recién exonerada por Hacienda de una investigación por presunta evasión fiscal, anunció que está «dispuesta a participar en el proceso si se produce», sin aclarar si optará al liderazgo o apoyará al ministro de Energía Ed Miliband. El ala izquierda del partido quiere evitar a toda costa que Streeting, considerado el delfín del blairismo y próximo al denostado Peter Mandelson, se haga con el control del partido.
El nombre más popular es el del alcalde de Manchester, Andy Burnham, pero carece de escaño en los Comunes, requisito imprescindible para liderar el partido. Streeting insinuó que el proceso no debería iniciarse de forma inmediata, sino cuando «todos los mejores candidatos estén disponibles», en una referencia velada a Burnham. Sin embargo, el calendario lo fijaría la ejecutiva del partido, no él.
Mientras tanto, Starmer ha comunicado a su gabinete que «seguirá gobernando» y que aceptará cualquier desafío. Varios ministros han solicitado una reunión en Downing Street para pedirle que organice una transición ordenada; los líderes de los once principales sindicatos del país también le han retirado su apoyo. El Labour lleva semanas funcionando como una olla a presión, y la dimisión de Streeting ha levantado la tapa.





























