Xi Jinping recibió este miércoles a Vladimir Putin en el Gran Salón del Pueblo de Pekín con todos los honores de una visita de Estado, apenas unos días después de haber hecho lo propio con Donald Trump. El líder chino aprovechó el encuentro para definir la relación sino-rusa como una fuerza de «calma en medio del caos» y lanzar una crítica velada a Washington, en lo que supone un ejercicio de equilibrismo diplomático sin precedentes recientes.
Xi Jinping, árbitro entre Washington y Moscú
En su discurso de apertura, Xi denunció que «las corrientes hegemónicas unilaterales campan a sus anchas», utilizando el lenguaje habitual de Pekín para señalar lo que considera una extralimitación de la política exterior estadounidense. Llamó a reforzar la «coordinación estratégica integral» entre ambos países y se pronunció sobre la guerra en Oriente Medio, exigiendo un cese total de las hostilidades entre Israel e Irán: «La reanudación de las hostilidades es aún menos deseable, y persistir en las negociaciones es particularmente importante».
Recibir en pocos días a los líderes de las dos principales potencias en conflicto con China otorga a Xi una plataforma global que lleva tiempo construyendo. El mensaje es claro: Pekín quiere ser percibido como un actor indispensable en la reconfiguración del orden internacional, frente a lo que considera un Occidente en declive.
Putin, por su parte, apeló a los vínculos personales con Xi —más de 40 reuniones entre ambos— y calificó las relaciones bilaterales de «nivel sin precedentes». Citó incluso un proverbio chino sobre la tristeza de la separación, un gesto que no pasó desapercibido en la ceremonia.
Putin llega más débil, Xi más fuerte
Sin embargo, la imagen de cordialidad no oculta un desequilibrio real. Putin llega a Pekín en una posición sensiblemente más frágil que en visitas anteriores. Ucrania acaba de ejecutar uno de sus mayores ataques con drones contra Moscú en más de un año, y Rusia acumula pérdidas netas de territorio desde agosto de 2024. La economía rusa depende cada vez más de China, lo que sitúa a Xi en una posición de ventaja negociadora difícil de ignorar.
Esa asimetría podría traducirse en concesiones energéticas favorables para Pekín, especialmente en un momento en que el conflicto en Oriente Medio complica el acceso chino al crudo. Ambos gobiernos celebran además el 25 aniversario de su Tratado de Buena Vecindad, un marco que en su día resolvió disputas fronterizas y que hoy sirve de base simbólica para una alianza que ambas partes presentan como alternativa al orden liderado por Occidente.
La agenda incluye energía, industria, agricultura, transporte y alta tecnología. Pero el trasfondo estratégico es lo que marca realmente el tono de esta cumbre: dos potencias que buscan redefinir las reglas del juego global, aunque desde posiciones cada vez más desiguales.





























