Apenas cuatro días después de despedir a Donald Trump, Xi Jinping ha vuelto a desplegar la alfombra roja en Pekín, esta vez para recibir a Vladimir Putin. La secuencia no es casual. China se presenta ante el mundo como el único actor capaz de sentarse con Washington y con Moscú sin renunciar a ninguno de los dos, y la acumulación de visitas en tan poco tiempo lo subraya con contundencia. La visita de Putin llega cargada de agenda económica y de una retórica de alianza que ambos gobiernos definen como una asociación «sin límites».
De la ruptura ideológica a la dependencia estratégica
La relación entre China y Rusia no siempre fue de alineamiento. Tras décadas de cooperación soviética, las diferencias ideológicas abrieron una profunda fractura a finales de los años cincuenta. Pekín denunció que la frontera común había sido fijada mediante tratados desiguales impuestos por la Rusia zarista en el siglo XIX, y la disputa derivó en enfrentamientos armados en 1969. Esa ruptura empujó a China hacia Estados Unidos y culminó con la histórica visita de Richard Nixon a Pekín en 1972.
Fue necesaria la visita de Mijaíl Gorbachov en 1989 para iniciar la descongelación. La normalización quedó formalizada en diciembre de 1991, dos días después de la disolución de la URSS. China necesitaba armas para modernizar su ejército; Rusia necesitaba clientes para salir de la crisis. De aquel intercambio pragmático nació una relación que fue acumulando densidad comercial, militar y diplomática a lo largo de los años.
El equilibrio, sin embargo, se fue inclinando. Cuando Putin recibió a Xi por primera vez en Moscú en 2013, el Kremlin ya necesitaba más a Pekín que al revés. Rusia conservaba energía y capacidad militar. China tenía dinero, mercado, industria y tecnología. La visita del 4 de febrero de 2022, justo antes de la invasión a gran escala de Ucrania, terminó de fijar ese esquema: Rusia se lanzaba al conflicto sabiendo que contaría con el paraguas económico chino.
Xi, árbitro entre Trump y Putin
Ese telón de fondo convierte la visita de esta semana en algo más que una cumbre bilateral. Un artículo del tabloide estatal Global Times lo decía sin ambages: las visitas consecutivas de los presidentes de EEUU y Rusia demuestran que Pekín está «emergiendo rápidamente como el punto central de la diplomacia mundial». Es, según el medio oficial chino, «extremadamente raro en la era posterior a la Guerra Fría».
Más significativa resulta la información publicada por el Financial Times, según la cual Xi le dijo a Trump que Putin podría llegar a «arrepentirse» de haber lanzado la invasión de Ucrania. La frase rompe el guion habitual de Pekín, siempre medido y ambiguo, que evita señalar a Rusia como agresora.
Putin ha llegado a Pekín con una delegación de peso que incluye viceprimeros ministros, ministros y ejecutivos energéticos. En la agenda figura el proyecto Power of Siberia 2, el gasoducto con el que Moscú quiere redirigir hacia China el gas que antes suministraba a Europa. Es la vigésimo quinta vez que el ruso visita China. Él y Xi se han reunido en más de cuarenta ocasiones, construyendo una relación que ha incluido brindis con vodka, celebraciones de cumpleaños y demostraciones culinarias ante las cámaras, una escenografía personal sin parangón entre líderes autoritarios contemporáneos.
«Las relaciones entre Rusia y China han alcanzado un nivel verdaderamente sin precedentes», afirmó Putin en un discurso en vídeo horas antes de comenzar la visita. El mundo, en cualquier caso, toma nota de quién está fijando los términos del tablero.





























