La visita de Donald Trump a Pekín ha concluido con más fotografía que sustancia. Dos días de reuniones con Xi Jinping dejan sobre la mesa gestos cargados de simbolismo —un paseo por los jardines de Zhongnanhai, un almuerzo de trabajo, un banquete de Estado—, pero pocas certezas sobre lo que ambas potencias han pactado realmente.
El propio Trump aseguró que China se ha comprometido a comprar 200 aeronaves de Boeing, además de grandes volúmenes de carne de vacuno, soja y petróleo estadounidenses. Sin embargo, Pekín no ha confirmado ninguno de estos anuncios. El precedente no ayuda: en su visita de 2017, Trump proclamó un acuerdo para 300 aviones Boeing que en la práctica se tradujo en menos de un centenar de entregas, truncadas por la pandemia y nuevas tensiones comerciales.
Boeing, vacuno y petróleo: las promesas que aún espera confirmación
Lo que sí resulta llamativo es la nutrida delegación empresarial que acompañó al presidente: desde Elon Musk hasta Jensen Huang. Su presencia podría ser la señal más relevante de toda la cumbre. Apunta a que la tendencia de deslocalización industrial desde China —impulsada durante el primer mandato de Trump y continuada por Joe Biden— empieza a perder impulso. El mercado chino sigue siendo demasiado atractivo para ignorarlo, y Pekín ha desarrollado sus propios mecanismos legales para retener inversión.
Sobre Irán y el Estrecho de Ormuz, Trump afirmó que Xi Jinping comparte su posición de que Teherán no debe poseer armas nucleares y que el estrecho debe permanecer abierto. El presidente chino habría ofrecido incluso sus buenos oficios como mediador. No obstante, durante el banquete de Estado, Xi dejó claro, con elegancia pero sin ambigüedad, que cualquier declaración de independencia de Taiwán significaría la guerra. Trump esquivó todas las preguntas al respecto.
Putin llega a Pekín la semana que viene: el verdadero mensaje de Xi
Mientras Trump ponía rumbo al aeropuerto —despedido a pie de escalerilla por el ministro de Exteriores Wang Yi—, trascendía que Vladimir Putin visitará a Xi Jinping el próximo miércoles. Recibir a los presidentes de Estados Unidos y Rusia con menos de una semana de diferencia no es casualidad: es una declaración de intenciones sobre el papel que Pekín quiere jugar en el orden internacional.
Desde diciembre, los mandatarios de cinco de los siete países del G7 se han desplazado a Pekín. También lo hizo Pedro Sánchez, aunque el Gobierno de España no parece haber sacado partido estratégico visible de ese viaje. El ministerio de Exteriores chino, por su parte, describió la visita de Trump como el inicio de una etapa «constructiva de estabilidad estratégica», en términos idénticos a los usados por el secretario de Estado Marco Rubio.
Trump cerró la cumbre invitando a Xi Jinping a visitar la Casa Blanca el 24 de septiembre, días antes de la Asamblea General de la ONU. La cita queda en el calendario. Lo que queda menos claro es cuánto de lo acordado en Pekín sobrevivirá a las próximas semanas de volatilidad diplomática.





























