La investigación sobre una presunta injerencia rusa para favorecer la victoria de Donald Trump en los comicios de 2016 está llegando a su fin. Tras casi dos años, Robert S. Mueller se encontraría ultimando los detalles de su informe final, del que el nuevo fiscal general, William Barr, enviará un documento resumen al Congreso.

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A Robert Mueller, el responsable de la investigación sobre la presunta interferencia de Rusia en las elecciones estadounidenses de 2016, no le gusta conceder entrevistas ni aparecer en la prensa, pero no ha podido evitar que el suyo sea uno de los nombres que protagonizan más conversaciones en su país. Además, como ocurre siempre que alguien concentra tanta atención, Mueller cuenta con su correspondiente legión de detractores y, por supuesto, de defensores. Para los primeros, el ex director del FBI es el autor intelectual de un complot que persigue deponer al presidente Trump, mientras que para los segundos, el abogado neoyorquino de 74 años es un comprometido funcionario público que trata de desvelar la verdad movido por la justicia en la que siempre ha creído. Y su biografía oficial parece apoyar esta versión.

Después de estudiar en Princeton, Mueller se unió a los Marines y fue enviado a Vietnam en 1968, una época en la que era más habitual que los hijos de familias privilegiadas dieran un paso atrás en lugar de darlo hacia adelante. El entonces teniente Mueller dirigió un pelotón, resultó herido en dos ocasiones y recibió numerosos reconocimientos. A su regreso, estudió la carrera de Derecho en la Universidad de Virginia y empezó a ejercer la profesión en San Francisco y, más tarde, en Boston. Hasta que en 1990, decidió dar un inesperado giro a su carrera y se incorporó al Departamento de Justicia, un hecho que para sus defensores demuestra su sentido del deber: dejó el ejercicio privado donde seguramente habría ganado más dinero, para convertirse en fiscal de Washington y comenzar una nueva vida. No tardó en hacerse un nombre como fiscal implacable en casos vinculados al terrorismo y al blanqueo internacional de capitales.

Camiseta con la cara de Robert Mueller
Camiseta con la cara de Robert Mueller

En 2001, un nuevo golpe de timón le situó al frente del FBI. Juró su nuevo cargo el 4 de septiembre, tan solo una semana antes de los terribles atentados del 11 de septiembre en los que murieron cerca de 3.000 personas. Y Mueller tuvo claro desde su llegada, que aquella oficina federal de nombre tan prestigioso atravesaba una crisis que amenazaba con hacerla mucho menos eficaz de lo que debería ser, sobre todo en el capítulo referente al servicio de inteligencia. Durante los doce años que pasó como director del FBI, Mueller transformó el organismo y son mayoría quienes le atribuyen el éxito de las operaciones que se llevaron a cabo bajo su mandato. Pero, como ocurre con cualquier “revolución”, las medidas del director no gustaron a todos. Tampoco sus negativas a pasar por encima de lo que imponía la ley, aunque tratara de hacerse invocando la seguridad nacional en tiempos de ataques terroristas. Mueller, por ejemplo, amenazó con renunciar cuando en 2004 el presidente George Bush ordenó a la Agencia de Seguridad Nacional espiar a ciudadanos estadounidenses como parte de las medidas antiterroristas. Un pulso que, además, terminó ganando a pesar del poderoso “adversario”.

El 17 de mayo de 2017, el Fiscal General Adjunto Rod Rosenstein llamó a Mueller para encargarle, en calidad de asesor especial del Departamento de Justicia, que supervisara la investigación sobre los posibles “vínculos” entre el ejecutivo ruso y personas relacionadas con la campaña de Donald Trump. Y su figura volvió a ser, más que nunca, objeto de miradas y escrutinios. Sobre todo cuando el 14 de junio de 2017, el Washington Post publicó que la oficina de Mueller también estaba investigando personalmente al presidente Trump por posible obstrucción a la justicia.​ Desde entonces, sus pasos han seguido levantando ampollas entre sus críticos y, al mismo tiempo, han demostrado su gran capacidad para llegar a acuerdos con los acusados. El 30 de octubre de 2017, Mueller presentó cargos contra Paul Manafort, gerente de la campaña de Trump entre junio y agosto de 2016, y contra Rick Gates, socio del anterior y su mano derecha durante la campaña. Ambos se declararon culpables, aunque sus acuerdos con Mueller corrieron distinta suerte: mientras Gates sigue colaborando con el fiscal especial, el trato con Manafort terminó por romperse ya que, a juicio de Mueller, el acusado seguía mintiendo.

Donald Trump y Vladimir Putin
Donald Trump y Vladimir Putin

El 1 de diciembre de 2017, Mueller también llegó a un acuerdo con el ex asesor de seguridad nacional Michael T. Flynn, quien se declaró culpable de dar falso testimonio al FBI sobre sus contactos con el embajador ruso Sergey Kislyak.​ Como parte del acuerdo, Flynn dejaba fuera del asunto a su hijo, Michael G. Flynn y, a cambio, testificaba que altos funcionarios del equipo de Trump le encargaron contactar con los rusos.​ El fiscal, en un escrito presentado a principios de diciembre de 2018, calificó su cooperación de “sustancial”, a la vez que “recomendaba” que no le fuera impuesta una pena de cárcel. En total, durante los 20 de meses de investigación, Mueller ha acusado a 26 ciudadanos rusos, entre ellos 12 agentes del Departamento Central de Inteligencia ruso, tres compañías de esa misma nacionalidad, un empresario californiano y un abogado holandés radicado en Londres, Alex van der Zwaan, que a cambió de cooperar en la investigación cumplió 30 días en una prisión de Allenwood (Pensilvania) y posteriormente fue deportado a Holanda. Él fue el primero en cumplir una pena de prisión derivada directamente de la investigación de Mueller.

Portada completa de Rober Mueller en 'Time'
Portada completa de Rober Mueller en ‘Time’

El último en conocer su condena, tres años de prisión, ha sido Michael Cohen, abogado y hombre de máxima confianza de Trump desde 2006. Ahora, sin embargo, encabeza la lista negra del presidente tras declararse culpable de ocho delitos financieros relacionados con sus negocios y otro de financiación ilegal de campaña, por haber pagado a dos mujeres para silenciar escándalos sexuales que podrían haber dañado las aspiraciones presidenciales de Trump. También admitió ante Mueller que mintió al Congreso sobre los negocios de Trump, durante la campaña, para levantar una torre en Moscú, proyecto que continuó un año después de que Trump anunciara oficialmente su campaña a la presidencia y semanas antes de convertirse en el candidato oficial del Partido Republicano. Según Mueller, Cohen dio “pasos significativos para mitigar su conducta criminal”, pero ni él ha podido “salvarle” de la citada condena.

Ahora, se espera con enorme expectación su informe completo. A pesar de ello, Mueller continúa trabajando en la sombra e intenta que se filtren los menos datos posibles sobre el mismo. Nunca se ha prestado a hablar en público, ni siquiera para defenderse de las críticas, algunas muy duras como las que le dirige el propio Trump, para quien Mueller es una persona “altamente conflictiva”, que ha quedado “desacreditada” por completo, por valerse de “mentiras” para intentar derrocarle. Pero Mueller sigue fiel a su silencio y quienes le conocen aseguran que el abogado neoyorquino hablará únicamente cuando tenga que hacerlo ante el Congreso.

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