Las políticas del nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, apuestan por liberar la explotación comercial de la minería, la agricultura y el turismo en la Amazonia.

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Cada año se registran numerosos incendios que terminan dañando sin remedio la rica fauna y flora de la Amazonia. Según la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica, la zona es hábitat de 2,5 millones de especies de insectos, 2.500 especies de peces, más de 1.500 de aves, 550 de reptiles y 500 de mamíferos. Además, el bioma amazónico contiene unas 30.000 especies de plantas y continuamente se descubren nuevas especies animales. Un patrimonio natural del planeta que lleva años recibiendo fondos internacionales para su conservación y que, a raíz de los graves incendios en la zona, se ha convertido en “diana” política durante la última reunión del G7 celebrada en Biarritz.

Emmanuel Macron y Jair Bolsonaro
Emmanuel Macron y Jair Bolsonaro

Para Bolsonaro, los incendios son un “asunto interno de Brasil y de los otros países amazónicos” y Francia, que también se considera país amazónico por su territorio de ultramar de la Guayana Francesa, ofreció medios militares para las tareas de control del fuego en la región. Eso sí, después de que Emmanuel Macron tirase de las orejas a su homólogo brasileño, porque, a su juicio, estaba incumpliendo los compromisos climáticos adquiridos durante la cumbre del G20 celebrada en Osaka el pasado mes de junio. Seguramente el mandatario francés no esperaba la virulenta reacción de Jair Bolsonaro, que utilizó el cruce de acusaciones para enarbolar la bandera de la soberanía de su país y echar balones fuera. Típico arranque de populista. “La soberanía de Brasil no es negociable”, aseguró, a la vez que aceptaba toda ayuda internacional para la Amazonia siempre que su país conservara “el control sobre el dinero”.

Los fuegos en el Amazonas acababan de convertirse en protagonista de la última cumbre del G7 pero, sobre todo, en origen de una vergonzosa disputa verbal entre el presidente francés y el brasileño que traspasó el terreno de la política hasta convertirse en un ataque personal que salpicó incluso a sus respectivas esposas. Todo ello a través de las redes sociales. Primero fue un tuit del presidente francés en el que culpaba a las políticas de Bolsonaro de los fuegos acusándolo de mentir sobre sus compromisos con la protección del medioambiente y amenazando, de paso, con vetar el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Mercosur si Brasil no garantizaba de verdad el cuidado de la zona. A lo que Bolsonaro respondió, entre otras cosas, que los incendios forestales no podían ser utilizados como “pretexto” para aplicar sanciones a su país.

Ahí parecía haber quedado todo. Dos opiniones, dos posturas. Sin embargo, un día después, el ministro de Educación brasileño, Abraham Weintraub, utilizaba su cuenta de Twitter para lanzar un ataque, más personal que político, contra el presidente francés: “Es sólo un imbécil oportunista que busca el apoyo del grupo de presión agrícola francés”, asegurando que la “falsa crisis” del Amazonas era simplemente la reacción del lobby de los agricultores europeos a la “inminente invasión de productos brasileños”. Por su parte, a Bolsonaro le pareció divertido un post en Facebook que se burlaba de la esposa del líder francés, Brigitte Macron. Un usuario de la red social había subido dos imágenes: una de Macron con su esposa Brigitte, 25 años mayor que él, con una expresión poco favorecedora y la segunda del mandatario brasileño también con su esposa, Michelle Bolsonaro, de 37 años, es decir, 27 menos que él. “Ahora entienden por qué Macron persigue a Bolsonaro. Creo que son los celos de Macron”, rezaba el comentario, al que apoyó la cuenta oficial del mandatario brasileño con el correspondiente “Me gusta” y añadiendo “No humilles al tipo… Jajaja”.

Por supuesto, a Macron el deplorable post machista y la reacción de Bolsonaro le sentaron fatal. De pronto, un asunto de extrema gravedad se había convertido, en plena cumbre de los más poderosos, en una especie de pelea callejera que pugnaba en densidad con el fuego que, mientras tanto, seguía devorando la riqueza amazónica. El problema era que su disputa parecía poner en peligro el fondo de ayuda de 22 millones de dólares ofrecidos por el G7, ya que el radical Bolsonaro aseguró entonces que rechazaría el dinero si su homólogo francés no se retractaba de sus acusaciones sobre el incumplimiento de los compromisos climáticos de Osaka. En su cuenta de Twitter calificó la actitud francesa como el reflejo de “una mentalidad colonial que ya no tiene lugar en el siglo XXI”. Mientras, en su país, muchos asistían atónitos a la deplorable imagen de su presidente en el exterior y, por otra parte, contemplaban preocupados la virulencia de la destrucción provocada por los incendios que han aumentado desde que Bolsonaro se convirtió en presidente hace seis meses.

Porque Bolsonaro llegó al poder con una agenda populista respaldada por empresas agrícolas convencidas de que el área protegida del Amazonas – incluidas las reservas indígenas – es demasiado extensa y que el personal de medioambiente tiene demasiada influencia. Durante la última década, los gobiernos del país habían puesto en marcha una acción conjunta de las agencias federales y un sistema de multas para evitar la desforestación, pero en los últimos seis meses se ha registrado un considerable descenso en la confiscación de madera y en las condenas por delitos ambientales. Bolsonaro coincide con los agricultores en que la red de áreas protegidas de selva es demasiado restrictiva para un país en desarrollo que necesita crear empleos. Prueba de ello fue la declaración del principal asesor de seguridad del presidente, el general Augusto Heleno Pereira, en una entrevista para la agencia Bloomberg asegurando que era una “tontería” que el Amazonas fuera parte del patrimonio mundial.

Sin embargo, esta selva tiene una gran cantidad de carbono en sus miles de millones de árboles, acumulado durante cientos de años. Son sus hojas las que cada año absorben una gran cantidad de dióxido de carbono que, de lo contrario, se quedaría en la atmósfera e incrementaría el aumento de las temperaturas globales. Además, un millón de indígenas viven allí. Cada vez más amenazados. Para la organización Forest Watch, en 2018 se produjeron varios puntos críticos de pérdida de bosques primarios cerca o dentro de los territorios indígenas, como en la reserva Ituna Itata, hogar de las últimas tribus aisladas, donde el desmonte ilegal alcanzó la dramática cifra de 4.000 hectáreas.

Por eso, no es un ataque a la soberanía, que los fondos internacionales para la conservación del Amazonas exijan el cumplimiento de las políticas medioambientales así como controlar adónde van a parar realmente los millones de dólares destinados a su protección. La intensa presión de los líderes internacionales, no solo Macron, preocupados por los incendios y las políticas de Bolsonaro, que apuestan por liberar la explotación comercial de la minería, la agricultura y el turismo en la Amazonia, logró que, finalmente, el mandatario brasileño autorizara por decreto el despliegue de soldados en reservas naturales, tierras indígenas y áreas fronterizas de la región para luchar contra el fuego. Ha sido la primera medida efectiva adoptada por su gobierno, que en un principio llegó a acusar a las ONG medioambientales de ser las responsables de los incendios. Para el polémico líder, las ONG perdieron dinero y ahora tratan de “derribarle”.

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