El presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika, de 82 años, regresaba este domingo a Argel en avión oficial procedente de Suiza. Las informaciones hablan de que el mandatario ha pasado dos semanas ingresado en el Hospital Universitario de Ginebra, donde se sometió, según el correspondiente comunicado oficial, a un “control médico rutinario”, pero lo cierto es que sus estancias en Suiza han sido una constante en los últimos años, desde que en 2013 sufriera un derrame cerebral. Desde entonces no ha hablado en público.

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Ayer, tras su aterrizaje en el aeropuerto militar de Boufarik, a 30 kilómetros de la capital, el canal de televisión Ennahar emitía unas imágenes que mostraban al anciano líder político en un automóvil del convoy, ligeramente agachado y con la cabeza cubierta por una gorra, en lo que para muchos era una especie de medida desesperada para frenar la ola de protestas que recorre Argelia. Porque el mandatario regresa a un país con miles de estudiantes en las calles reclamando que retire su candidatura y la amenaza de una huelga general. El próximo 18 de abril, Argelia tiene una cita con las urnas para elegir presidente y el electorado está perplejo por el anuncio de Bouteflika de presentarse buscando ser reelegido para un quinto mandato.

Las protestas, protagonizadas sobre todo por jóvenes, comenzaron en las calles en cuanto se supo la noticia. ¿Cómo era posible que Bouteflika fuera candidato después de seis años ausente, sin comparecer ni dirigirse públicamente a su pueblo en tan largo periodo? La pregunta era más que lógica y no se quedó sin ninguna respuesta: su jefe de campaña leyó una carta del polémico mandatario anunciando que tenía decidido jubilarse. Eso sí, el retiro llegaría después de las elecciones presidenciales del 18 de abril. Es decir que, una vez elegido por quinta vez, se compromete a anticipar las siguientes elecciones en las que ya no repetirá como candidato. Pero antes, su intención es convocar una conferencia nacional para “elaborar y adoptar reformas políticas, constitucionales, económicas y sociales”.

Por supuesto, tan peculiar propuesta no ha acallado las protestas por mucho que Bouteflika se empeñe en advertir de los peligros de las movilizaciones callejeras que podrían “invitar” a “grupos nacionales o extranjeros” a infiltrarse en las manifestaciones para sembrar el caos y la violencia en el país. Un país que ya en 2017 vio cómo el anciano líder necesitaba de ayuda para depositar en la urna su propio voto. No obstante, en aquellos días contaba con menos opositores y el apodo del “muerto viviente” no se escuchaba, como ahora, en cada esquina. Algunos empezaban incluso a dudar de su condición de “viviente”, hasta el punto que la pasada semana el embajador argelino en Francia se veía obligado a emitir un comunicado asegurando que sí, que Bouteflika estaba vivo. Por eso, las imágenes de su regreso eran ya más que necesarias.

Sin embargo, no es previsible que sirvan para calmar los ánimos. En realidad, los argelinos ya se han cansado de ver a su presidente en fotografías, las que se utilizan en ceremonias y actos públicos para “sustituirle”. De ahí procede otro “alias” de Bouteflika: “El Marco”. Claro que todo esto lleva sin remedio a hacerse otra lógica pregunta. ¿Si la salud de Bouteflika impide que asuma el día a día del gobierno, quién ocupa realmente el cargo? La respuesta es un secreto a voces. Una élite gobernante, compuesta por un escogido grupo de altos militares y empresarios encabezados por el jefe del estado militar, Ahmed Salah, y el hermano menor del presidente y líder del Consejo Presidencial, Said Bouteflika, son quienes toman las decisiones en la administración del país.

Para los analistas políticos de la zona, esta especie de núcleo duro que se ha hecho con las riendas del país perpetúa en su beneficio el éxito que la figura de Bouteflika cosechó en la década de los 90. La guerra civil que entonces asolaba el país fue el caldo de cultivo ideal para que triunfara un “hombre fuerte” que ofreciera estabilidad. Y es que aquellos años marcaron, como ocurre siempre con una guerra entre hermanos, la situación política de Argelia durante las siguientes décadas. El país, que había ganado su independencia de Francia en los años 60, comenzó su andadura con una democracia demasiado frágil y el ejército intervino cuando los islamistas se quedaron a las puertas de ganar las elecciones de 1990. Fue la chispa que hizo estallar la guerra civil en la que murieron 200.000 personas y que duró hasta que Bouteflika se impuso a los generales y frenó a los islamistas. Era 1999.

Veinte años después, aquellos que han rodeado siempre al presidente, hoy enfermo y anciano, no han logrado ponerse de acuerdo en nombrar un sucesor y han tenido que volver a presentar a Bouteflika como candidato. Pero si quienes vieron en él la estabilidad después de padecer una guerra cruenta aún pueden seguir prefiriendo “malo conocido” que “bueno por conocer”, los jóvenes que no vivieron esa época están dispuestos a intentar que cambien las cosas. Por eso, la más reciente serie de protestas antigubernamentales en Argel ha sido la mayor en más de 30 años y ha estado liderada por los más jóvenes de un país donde uno de cada cuatro habitantes es menor de 15 años. Y ellos, los jóvenes, no ven que lo de antes sirva para el futuro. Ni siquiera para el presente, porque la cifra de desempleo juvenil supera el 30% en una economía que continúa girando alrededor de las industrias del gas y el petróleo.

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