Hace años, muchos años, ligar tenía que ser tremendamente agotador. Entre cartas perfumadas escritas en verso, requiebros de abanico y paseos custodiados por eficaz carabina, conquistar a la persona amada resultaba, visto desde aquí, un proceso abrumador.

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En todo caso, las conquistas propiamente dichas estaban en clara minoría. Salvo en contadas ocasiones, el matrimonio estaba ya pactado y uno se casaba con quien convenía. Si además te enamorabas, pues mejor.

Curioso que, por desgracia, también suelan estar en minoría las ocasiones en que conveniencia y amor coincidan plenamente. Sabemos que alguien nos conviene porque nos hará felices, satisfará nuestras necesidades emocionales y materiales y nos dará pocos “problemas”, pero todo eso lo obviamos sin piedad cuando la chispa no se enciende. Maldita chispa, recóndito y caprichoso resorte del cerebro que nos mueve sin demasiado raciocinio en busca de esos ojos que la prendan.

En la actualidad hay en España más de siete millones de solteros y, según las encuestas que se publican cada año, no son los singles quienes encabezan el ránking de la felicidad. Aquel mito de la buena vida del soltero acabó por desmoronarse y ya no hay tanto recato en confesar que si uno está solo es porque aún no ha encontrado a la persona que merezca la pena para compartir si no todo, sí una parte del camino de la vida.

Sin embargo, en una sociedad impaciente como la nuestra el desembolso de tiempo y energía para buscar a “la persona” y lanzarse a su conquista choca con la forma de ver la vida en general. Aun así, el 79% de los llamados singles confiesa estar buscando a su media naranja de forma “más o menos activa”. La mayoría, a través de amigos y familiares o en locales de ocio, aunque cada vez son más quienes recurren a internet (un 30%), según revela una encuesta de la empresa Parship, líder en Europa en relaciones personales on line.

Porque el progreso siempre tiene respuestas. Así que webs como Meetic, Partship o B2 no tardaron en ver el filón y fueron las primeras en lanzarse al mercado, cual Celestinas del siglo XXI, a conquistar a los conquistadores. Las ventajas son múltiples: uno mantiene hasta que lo desea el anonimato, sabe que todos los que están ahí es porque buscan, más o menos, lo mismo y permite hacer una criba práctica y sutil. Igual que un profundo lago: puede que no se vea bien el pez que ha picado, pero como se puede devolver al agua con absoluta tranquilidad, uno puede permitirse el lujo de tirar de caña y reponer anzuelos.

En todo caso, en el pantano de los sentimientos, la mayoría de las veces es el pescador el que acaba siendo pescado. Por otra parte, en oposición a quienes opinan que el amor es poderoso, personalmente siempre he creído que tan preciado sentimiento es más bien todo lo contrario. Por una parte, resulta extremadamente fácil confundirlo con la pasión. Y esta, la pasión, imbuida del arrollador deseo sexual que la caracteriza, puede que sí se encuentre dotada de una fuerza que parece invencible.

Pero su vigor es efímero, bebe olvidando que si el amor no la acompaña no tardará demasiado en saciarse. Empacharse, incluso. Y empezará a vaciarse con la misma intensidad y aceleración que contribuyeron a llenarla. Al amor, en comparación, no puedo evitar concebirlo envuelto en fragilidad, sujeto a los vaivenes de las luchas de poder que a veces se entablan en parejas que no aprenden a jugar en el mismo equipo. Bien porque una vez instalados en el convencimiento de que “ya está todo hecho” no recuerdan la fortuna de haberse encontrado en un mundo inmenso sujeto a mil y un azares o, quizás simplemente, porque olvidan que el amor, al revés de lo que ocurre con la mayoría de las cosas de la vida, nunca acaba de hacerse mayor.

Aseguran los hombres que no nos entienden, mientras las mujeres alegamos que son ellos los que ocultan un misterio insondable en esa cueva a la que se retiran de vez en cuando, dejándonos con la incertidumbre de saber qué demonios ha ocurrido para que se alejen de ese modo. Aunque ya hayamos comprobado que a su regreso siempre parece que no ha pasado nada – ni siquiera el tiempo -, seguimos insistiendo en entrar en un sitio al que no hemos sido invitadas. ¡Cabezonas que somos! En lugar de dedicarnos a lo nuestro mientras esperamos a que vuelvan, perdemos energías tirando hacia fuera de ellos, cuando lo cierto es que, nos pongamos como nos pongamos, no saldrán hasta que no estén “preparados”. Hasta que quieran o puedan.

De modo que el mundo avanza incapaz, en apariencia, de inventar un código común a hombres y mujeres para que ya nunca más oigamos eso de no entiendo a las mujeres o viceversa. ¿Tan complicado sigue siendo, después de haber compartido este planeta durante miles de años? Por otra parte, hablamos de la incomprensión entre hombres y mujeres, pero estos mismos conflictos sentimentales que viven las parejas heterosexuales se repiten en las que están formadas por dos personas del mismo sexo.

Y ¿entonces? Si la cuestión no estriba, al menos no solo, en un diferente grabado genético en el cerebro de machos y hembras, ¿por qué diablos nos sentimos a veces tan perdidos a la hora de relacionarnos con la persona que amamos? Queremos entender al otro, a pesar de que, quizás, lo más importante sea simplemente respetar. También preguntar, hacer objeciones y, por supuesto, discutir. Pero, ¿entender? ¿Cuántas veces no logramos entendernos ni siquiera a nosotros mismos?

Escribió Lope de Vega: “Vienes y vas amor; pero no eres poderoso ni igual en tus extremos, porque bien sabes que si matas mueres. Comienzas bien; pero tu mal tememos, porque vienes, amor, cuando tú quieres, y no te puedes ir cuando queremos”. Feliz San Valentín a todos.

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