Al joven príncipe saudí Mohamed Bin Salman, conocido como MBS, no le gustan las críticas. Vengan de donde vengan. De su llegada se esperaban reformas, pero las que ha habido se han visto rápidamente eclipsadas por lo que, al parecer, más le gusta organizar: arrestos.

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De periodistas, blogueros, activistas de derechos humanos. En definitiva de todo aquel de quien no le gusten sus palabras. Países incluidos. Expulsó al embajador canadiense, porque su país había osado denunciar la campaña de detenciones que lleva a cabo y que parece no tener fin. Aunque ahora haya cruzado una línea muy roja y, sobre todo, en un país, Turquía, que no es precisamente su amigo. ¿Error de cálculo? Porque desengañémonos, si hemos tenido noticia de la “suerte” que corrió el periodista Jamal Khashoggi cuando acudió al consulado saudí en Estambul para tramitar la documentación que necesitaba para casarse ha sido porque otro “personaje” alérgico a las críticas, Tayyip Erdogan, lo ha permitido.

El periodista Jamal Khashoggi
El periodista Jamal Khashoggi

Al mandatario turco le debe haber costado, incluso, creer en su suerte. Que un enemigo organice el asesinato de un periodista crítico al régimen de su país en suelo turco – por mucho que sea en el territorio saudí de los metros que ocupa el consulado – solo puede ser consecuencia de una infinita arrogancia nacida de la sensación de impunidad o de una maligna estupidez que compite por confundirse con la trampa. ¿De quién fue la “idea” de asesinar y descuartizar al periodista en el interior del consulado? ¿De enviar nada menos que a quince agentes saudíes a la capital turca dejando su rastro en cámaras y controles?

Hasta el momento, a Bin Salman seguramente le preocupaban más las críticas internacionales por la guerra de Yemen pero ha sido la desaparición de Khashoggi la que está minando sin concesiones su perfil político. Por supuesto, también el de su país. Aunque, allí, en casa, Bin Salman también cuenta con un número considerable de enemigos a los que, además, no les falta poder y dinero para organizar una vendetta a costa, eso sí, de las salidas de pata de banco del príncipe heredero. ¿Nos hemos olvidado ya de los millonarios a los que el príncipe encerró en el Hotel Ritz Carlton de Riad para que pagaran sus deudas con hacienda o devolvieran lo embolsado por presunta corrupción? Ellos seguro que no.

El príncipe Mohamed bin Salman con Mark Zuckerberg
El príncipe Mohamed bin Salman con Mark Zuckerberg

Porque, además, al menos uno de los detenidos, el general Ali al Qatani, habría sido torturado hasta la muerte. Con el “agravante” de que este general era un asistente del príncipe Turki bin Abdulah, ex gobernador de Riad y, como hijo del fallecido rey Abdalah, antes rival en la complicadísima línea sucesoria de la casa de los Saud que implica a docenas de primos en diversos grados. El propio príncipe Turki también fue detenido, aunque más tarde fuera puesto en libertad con pago o no de por medio, igual que lo fue el príncipe Al Ualid bin Talal, uno de los hombres más ricos del reino.

En su línea de seguir haciendo amigos, Bin Salman también ordenó la destitución del jefe de la Guardia Nacional, lo que no gustó nada a las tribus beduinas que la forman, y también la del príncipe Miteb bin Abdalah, como comandante en jefe de la Guardia Nacional. Destituciones ambas que habrían obligado incluso a que mediara el anciano y, al parecer afectado de demencia senil, rey Salman. El príncipe “moderno”, como le gusta que le vean, estaría de este modo creando un clima de ruptura también dentro de la casa de los Saud, cuya unidad el rey Abdalah y su sucesor el rey Salman siempre se esforzaron en mantener.

Pero, ¿por qué crearse tantos enemigos? Quienes le conocen y analistas expertos en la zona aseguran que, a pesar de sus campañas de imagen – da la mano a las mujeres extranjeras, visita en vaqueros Silicon Valley, autoriza a las saudíes a conducir y abre salas de cine por primera vez en 35 años -, MBS no logra templar su carácter temperamental, arrogante e impulsivo. Su ambición tampoco juega en su favor. El colmo de sus “errores” ha sido la guerra en Yemen, al que hay que sumar el fracaso del boicot a Qatar del que, junto a Mohamed bin Zayed, príncipe heredero de Emiratos, es máximo responsable.

Ambos jóvenes creyeron que el bloqueo por aire, mar y tierra a Qatar si no cumplía con una lista de exigencias que incluía, entre otras, la interrupción de vínculos con “organizaciones terroristas”, el alejamiento de Irán y el cierre de la cadena de TV Al Jazeera, doblegaría al pequeño vecino en unos días. Sin embargo, el pasado 5 de junio se cumplía un año de dicha medida y Qatar sigue sin arrugarse: Al Jazeera continúa en antena, Turquía mantiene su base militar en suelo qatarí y, para gran enfado de MBS, sigue cuidando las relaciones con Irán, con la que comparte un cotizado yacimiento de gas.

Y precisamente uno de los aliados en la zona con los que cuenta Qatar es Turquía, que, a su vez, ve con muy buenos ojos el tradicional apoyo de Qatar a la cofradía de los Hermanos Musulmanes, grupo islamista político que ha sido declarado ilegal en Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos por oponerse a las respectivas monarquías hereditarias. Así que, se trate de trampa o error de cálculo, quizás una mezcla de ambas cosas, por mucho que la novia del periodista asesinado hubiera estado esperándole fuera del consulado durante horas hasta denunciar su desaparición y que las cámaras del edificio mostraran la entrada de Khashoggi pero no su salida, no se habría armado tanto revuelo internacional (ni tan rápido) si la relación entre Turquía y Arabia Saudí estuviera viviendo un buen momento.

Sin embargo, ambos países siguen en plena confrontación y la brutal “operación Khashoggi” redunda en beneficio del gobierno turco, interesado en minar el peso de Arabia Saudí en Oriente Medio. Aunque Arabia Saudí cuenta con la influencia de su petróleo y sus inversiones en Occidente. También con la que le otorga ser un “buen cliente” de la industria armamentística de diversos países, de los que hasta ahora  Alemania, Francia y Gran Bretaña han anunciado que cancelan las ventas hasta que no se esclarezca lo ocurrido en torno al asesinato del periodista. Habrá que ver en qué queda realmente la medida y cuántos países se unen a un boicot que, en todo caso, será temporal. Más bien, efímero, hasta que pase el vendaval.

Sin embargo, la venta de petróleo y la compra de armas no son los mayores escudos antimisiles de Arabia Saudí. Cuentan en gran medida, por supuesto que sí, pero sobre todo muchos se guardarán de condenar a los saudíes – con independencia de las correspondientes cabezas de turco que necesariamente vayan a caer estos próximos días – si tienen miedo a que cancelen sus inversiones. Es el caso de Donald Trump, a quien el dinero saudí ya le ha rescatado en más de una ocasión: en 1991, cuando estaba al borde de la ruina, el príncipe saudí Alwaleed Bin Talal Alwaleed le compró su yate por 19 millones de dólares y en el 94, volvió a darle un respiro con la adquisición del 51% del Hotel Plaza de Nueva York por 125 millones.

El príncipe Mohamed bin Salman con Bill Gates
El príncipe Mohamed bin Salman con Bill Gates

El bienvenido dinero saudí está también en el epicentro del poder tecnológico, Silicon Valley. Su fondo soberano, Public Investment Fund (PIF), ha comprado, por ejemplo, 2.000 millones de dólares de títulos del fabricante de coches eléctricos Tesla, 400 millones de Magic Leap, y ha puesto la mitad de los 93.000 millones de dólares del vehículo de inversión Vision Fund. Asimismo, los saudíes han invertido en Uber, en WeWork y están negociando acuerdos con Virgin para la construcción de un sistema de transporte ferroviario en el que los trenes podrían alcanzar los 1.000 kilómetros por hora.

Y desde que llegó al poder, MBS ha sido partidario de incrementar y acelerar al máximo esta política de inversiones en Occidente. Así que, ¿cómo no le vamos a querer? Al príncipe heredero saudí los problemas no le llegan de aquí, pero está claro que el incomprensible y cruel asesinato de Jamal Khashoggi marca un antes y un después. Tiene que marcarlo. Si no, todos habremos perdido. El descuartizamiento de una persona ordenado por un mandatario no debería poder arreglarse con nada que no fuera la justicia. En este caso, una quimera.

Jamal Khashoggi lo sabía. Lo escribió en su último artículo para The Washington Post, publicado después de su muerte: «Mi querido amigo el prominente escritor saudí Saleh al-Shehi escribió una de las columnas más famosas jamás publicadas por la prensa saudí. Desafortunadamente, hoy cumple una condena de cinco años de prisión por supuestos comentarios contra el establishment saudí. El Gobierno egipcio se incautó de toda la tirada del periódico Al-Masry Al-Youm, sin provocar ninguna protesta ni reacción de sus colegas. Estas acciones ya no conllevan el rechazo de la comunidad internacional. Como mucho, desencadenan una condena rápidamente seguida del silencio. Como consecuencia de ello, a los Gobiernos árabes se les ha dado carta blanca para seguir silenciando a los medios de comunicación a un ritmo cada vez más rápido (…)».

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