Según un reciente estudio de la London School of Economics, diez años de soledad de una persona mayor suponen para las arcas públicas un sobrecoste económico de 6.000 libras en sanidad, mientras que combatirla arroja beneficios: cada euro invertido en prevenir la soledad, genera tres euros de ahorro.

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La soledad puede ser, en ocasiones, la más bendita de las opciones. Incluso un lujo para quien se mueve a golpe de agenda repleta de obligaciones. Siempre y cuando sea para un rato, con la seguridad de que cuando decidamos “volver” nos estará esperando una buena compañía. Porque no vale cualquiera, como dijo el actor Robin Williams en 2009: “Solía pensar que lo peor de la vida era terminar solo, pero no lo es. Lo peor es terminar con personas que te hacen sentir completamente solo”.

Está claro que no es esta la soledad por la que se preocupan especialistas médicos e instituciones. Ni siquiera por una soledad no buscada pero con visos, más o menos apreciables, de transitoriedad. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) en su Encuesta continua de hogares reflejan que en 2017 había 49.100 personas más que en 2016 viviendo solas. Según estos mismos datos, de las 4.687.400 personas que vivían solas en el año 2017, casi dos millones (un 41,8%) tenían 65 o más años y, de ellas, 1.410.000 (un 71,9%) eran mujeres.

Las cifras, siempre asépticas, esconden un hecho al que ya se considera la gran pandemia de nuestro tiempo. Y, probablemente, no haya hecho más que empezar. Por eso, algunos países han empezado a inquietarse (en serio) por el constante incremento de personas que viven en soledad. Gran Bretaña, por ejemplo, donde la cifra alcanza los 9 millones, nombró el pasado mes de enero a la diputada tory Tracey Couch secretaria de Estado en este ámbito. Su misión, luchar contra lo que en Reino Unido – precisamente el país aislado del resto de Europa por el mar y, sobre todo, por decisión propia – se considera una “epidemia social”.

“Para demasiada gente, la soledad es la triste realidad de la vida moderna”, decía la premier británica Theresa May al anunciar el nombramiento de Tracey Couch. “Quiero confrontar”, añadió, “este desafío para nuestra sociedad y que todos nosotros actuemos para atender a la soledad que padecen los mayores, los cuidadores, aquellos que han perdido a seres queridos, gente que no tiene a nadie con quien hablar o compartir sus pensamientos y experiencias”.

La decisión de May surgió a raíz del concienzudo informe que presentó la comisión parlamentaria que continuó con el trabajo de la joven diputada laborista Jo Cox asesinada a manos de un activista de extrema derecha durante la campaña del referéndum del Brexit que tanto dividió al país. La “Comisión de Cox” explica en su informe que esta nueva epidemia, la soledad, está estrechamente relacionada con el debilitamiento de una serie de instituciones que tradicionalmente tejían conexiones entre las personas, como los sindicatos, la iglesia, la familia, los pubs y los centros de trabajo. Y es que incluso los cajeros de los supermercados, con quienes, especialmente las personas mayores solas, podían hacer algo tan british como hablar del tiempo, se están sustituyendo por máquinas automáticas.

Por supuesto, preocupa también el coste económico para el Estado. Según un reciente estudio de la London School of Economics, diez años de soledad de una persona mayor suponen para las arcas públicas un sobrecoste económico de 6.000 libras en sanidad, mientras que combatirla arroja beneficios: cada euro invertido en prevenir la soledad, o paliarla de algún modo, genera tres euros de ahorro.

Porque la soledad no solo produce efectos de tipo psicológicos, ya graves de por sí, como tristeza, angustia, ansiedad, falta de autoestima o apatía, sino que sus consecuencias en la salud física aparecen ya en diversos estudios que señalan como primer afectado en el organismo al sistema inmunológico. Y todos sabemos qué ocurre cuando las “defensas” nos abandonan. En este sentido, un estudio presentado en 2013 en la Universidad de Ohio demostraba que las personas solitarias producían mayor cantidad de proteínas vinculadas a la inflamación, que desempeñan un papel significativo en la aparición de enfermedades como la diabetes, la artritis y el Alzheimer.

También en Estados Unidos, un grupo de investigadores ha querido llamar la atención sobre esta plaga del siglo XXI con un exhaustivo estudio realizado en 300.000 individuos en Estados Unidos, Europa, Asia y Australia cuyo informe final han titulado “Tan solo que podría morirme”. La principal conclusión que se extrae del mismo es tan demoledora como su título: la soledad -entendida como aislamiento social – “puede representar mayor amenaza para el sistema sanitario que la obesidad”, mientras que “la conexión social puede reducir en un 50% la muerte prematura” de quienes están completamente solos.

En España, desde la asociación Amigos de los Mayores se alerta de que el número de personas mayores que viven solas roza los 2 millones, un escenario que “obliga a abordar” este fenómeno “de una manera global”. Por eso, entre otras medidas, piden “políticas coordinadas entre instituciones y organizaciones especializadas en el bienestar de las personas mayores que impliquen a toda la sociedad” con el objetivo de favorecer la autonomía, inclusión y desarrollo personal y social de las personas mayores.

Porque, sin duda, cuando hablamos de soledad no buscada, es el de las personas de mayor edad sin apoyo externo de ningún tipo el colectivo que más preocupa. Y es que su soledad les ha venido impuesta por las circunstancias de la vida, aún recuerdan con nostalgia cuando disfrutaban de compañía y pierden facultades para moverse, para salir y, por supuesto, para volver a empezar.

El caso más extremo es el los “olvidados”, aquellos de cuya muerte pueden pasar días sin que nadie tenga noticia. En una casa en silencio que ya no recuerda cómo suela un timbre o un teléfono y donde, pasado el tiempo, irrumpirán los bomberos alertados por los vecinos a quienes, a su vez, habrá alertado la alarma olfativa que por unas horas detendrá el ajetreo cotidiano, para preguntarse cuándo fue la última vez que vieron al inquilino del tercero o cuánto tiempo llevan sus persianas bajadas también de día.

Que la soledad impuesta por la vida llama a más soledad es, por otra parte, un hecho indiscutible. Porque quien la padece de forma persistente, sin posibilidad de combatirla, puede  acabar doblándose bajo su peso, convirtiéndose en alguien que quizás jamás habría sido en otra situación. Un ser huraño y desconfiado, que cada día ve menos sentido a mantener su higiene o la de su domicilio. Que ya ni siquiera recuerda quien fue una vez.

En España es, en todo caso, donde los lazos sociales y familiares aún son más fuertes que en otros países del norte de Europa, sobre todo si de pequeños municipios hablamos. Lejos de las grandes ciudades, cuyo bullicio apresurado es capaz de convertir en invisibles a quienes caminan silenciosos, acompañados únicamente de muchas, demasiadas, horas por delante durante las que no escucharán el sonido de su propia voz.

Un informe conjunto de la Fundación Axa y la Fundación ONCE ya advertía en 2015 que uno de cada 10 españoles – más de cuatro millones de personas – se sentía solo con mucha frecuencia y que del 20% de españoles que vivían solos, un 41% confesaba que no se trataba de una situación buscada, sino “porque no le quedaba otro remedio”.

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