Alemania siempre ha enarbolado orgullosa la bandera de calidad y rigor para vender sus productos al exterior, con la industria automovilista a la cabeza de sus exportaciones.

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Una industria que vuelve a provocar un monumental escándalo, esta vez a causa de ensayos secretos con animales y personas, por no hablar del macabro simbolismo de alemanes obligando a inhalar gases tóxicos en cámaras selladas.

El objetivo principal de estos experimentos era, al parecer, contrarrestar una decisión de la Organización Mundial de la Salud que en 2012 había clasificado a los gases de diésel como cancerígenos. Y aunque los polémicos ensayos fueron financiados por la Asociación Europea de Estudios sobre la Salud y el Medio Ambiente en el Transporte (EUGT), institución financiada por los fabricantes de Volkswagen, Mercedes y BMW, ha vuelto a ser la primera, Volkswagen, donde se sitúe el epicentro del escandaloso terremoto. El segundo de gran magnitud que sufre la gran fábrica con sede en Wolfsburgo, después del vivido a cuenta del software que arrojaba datos falsos sobre las emisiones de gases diésel descubierto en 2015.

Sus dos competidoras, por supuesto, se han apresurado a desvincularse de dichos ensayos. La empresa Daimler, fabricante de Mercedes-Benz, condenó de inmediato los experimentos y aseguró sentirse consternada “por el alcance de los estudios y su implementación”. Por su parte, el gobierno alemán a través del portavoz de la canciller Angela Merkel, Steffen Seibert, también condenaba de inmediato este tipo de prácticas, declarando que estos test en humanos y en monos “no se pueden justificar de ninguna manera”. Fue más allá la ministra de Medio Ambiente, Barbara Hendricks, que los calificó de “abominables”, mostrándose, de paso, sorprendida por el hecho de que “algún científico haya accedido a llevarlos a cabo”.

Si en 2015, para saldar cuanto antes el escándalo de los motores trucados, los responsables de VW “ofrecieron” la cabeza del que había sido durante ocho años su presidente del Consejo de administración, Martin Winterkorn, mandándolo a casa con una jubilación de 3.100 euros al día, ahora la empresa anunciaba, en un breve comunicado, que había decidido suspender de sus labores a Thomas Steg, el poderoso responsable de relaciones públicas. Por lo menos, “hasta que el grupo haya finalizado una severa investigación para determinar responsabilidades y también para lavar su imagen”. Una víctima, en este caso, inesperada.

Porque si Thomas Steg se convirtió este lunes en el principal protagonista del nuevo escándalo en Volkswagen, fue a causa de una entrevista que concedió al periódico Bild Zeitung donde admitía que había sido informado en 2013 sobre los planes de EUGT de realizar experimentos con humanos, a los que él negó la autorización para llevarse a cabo. Sin embargo, está claro que terminó aceptando las pruebas que se llevaron a cabo en 2014 con monos en un laboratorio estadounidense y con humanos, en Alemania.

El caso es que reducir la contaminación de sus vehículos se ha convertido en el gran desafío al que se enfrenta la industria automovilística en Alemania. Un reto que con estos experimentos pretendían minimizar demostrando que esos males para la población que provocan las emisiones de los motores diésel no son “para tanto”. Había que hacer frente con datos a estudios como el del especialista alemán Ferdinand Dudenhöffer, que asegura que los niveles de contaminación de los automóviles diésel siguen siendo muy altos en 10 ciudades alemanas y que es probable que se prohíba su circulación. Porque de acuerdo con esta investigación, las mejoras en el sistema de software que controla los niveles de contaminación del automóvil no serían suficientes para resolver el problema.

Solo así “se entiende” que se arriesgaran a realizar los test que tanto revuelo han levantado. Y para colmo, con resultados por completo contrarios a lo que esperaban y deseaban en VW.

El experimento realizado con diez monos mostraba que el nuevo modelo Beetle, el mítico Escarabajo, equipado con un software de última generación para reducir las emisiones arrojaba peores consecuencias para la salud que una vieja camioneta Ford de 20 años de antigüedad. Por eso, la copia del informe final sobre el experimento llevado a cabo el 4 de mayo de 2015 en una dependencia del laboratorio Lovelace de Alburquerque por encargo del EUGT que misteriosamente acabó en la redacción del periódico Bild, nunca fue publicada.

Cuando los técnicos examinaron con la ayuda de un endoscopio especial las vías respiratorias de los pobres animales a los que se había encerrado en cubículos de cristal para que durante cuatro horas inhalaran los gases que emitía el flamante Beetle, comprobaron que estos mostraban más irritaciones que los monos que inhalaron las emisiones de la camioneta Ford. El resultado llevó a los directivos de Volkswagen a enterrar el estudio y, posteriormente, a disolver el EUGT.

Eso sí, antes de rendirse habían encargado otro ensayo a la clínica universitaria de Aquisgrán (Alemania) para comprobar el impacto de gases contaminantes de los nuevos motores diésel en un grupo de 25 personas, 19 hombres y 6 mujeres, a los que se exponía a varios niveles de concentración de gases con un alto contenido de óxidos de nitrógeno tóxico. Tampoco en este caso los resultados fueron de su agrado.

Ahora, el experimento con monos, aparte de dañar de nuevo la imagen de Volkswagen, puede generar también consecuencias legales en Estados Unidos: el abogado estadounidense Michael J. Melkersen, que representa a unas 300 personas que se han querellado contra Volkswagen, utilizará los resultados del estudio ante el jurado. Y el juicio ya tiene fecha, será el próximo 26 de febrero en Fairfax County, en el estado de Virginia.

En todo caso, el asunto se saldará, como siempre, tirando de billetera. Alegando desconocimiento, sacrificando la cabeza de algún ejecutivo que se marchará a casa con los bolsillos repletos, pidiendo disculpas en rueda de prensa y poniendo la mejilla para que Merkel le propine un cachete en público, tipo “Eso no se hace”.

Si el anterior escándalo de los motores diésel trucados se saldó con indemnizaciones en Estados Unidos y visitas gratuitas al taller en Europa, sin que se vieran afectadas las ventas, ahora ocurrirá igual. Además, señores, estamos hablando de Alemania, no de “cualquier” industria del sur de Europa, a la que enseguida se habría tachado de chapucera y mentirosa. Pase lo que pase, de momento, el “Made in Germany” sigue siendo sinónimo de calidad y confianza, que vale el dinero que se paga por la marca.

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