Todavía falta un año, pero en Europa ya comenzado el baile de sillas para cubrir a finales de octubre de 2019 una de las vacantes que, en realidad, pocos quisieran que se produjera.

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Pero todo llega a su fin, también el mandato del que quizás sea el líder más respetado de todas las instituciones de la siempre tambaleante Unión Europea, Mario Draghi.

El economista italiano ocupó el puesto de presidente del Banco Central Europeo en 2011 y, durante su mandato, ha demostrado que es capaz de templar mercados, echar regañinas e imponer sanciones, abrir la mano cuando era necesario y, en definitiva, hacer del organismo que preside baluarte de una moneda en la que pocos creían, el Euro. Nacido en Roma en 1947, Draghi ya había tenido ocasión de dar pruebas de su profesionalidad por encima de los vaivenes políticos: fue Director General del Tesoro de 1991 a 2001, periodo durante el cual hubo en Italia diez gobiernos. Una década marcada en su país por los graves escándalos de corrupción que salpicaban a todas las formaciones políticas, con independencia de su color.

Mientras la opinión pública señalaba a algunos de los políticos más influyentes, Draghi – pragmático como pocos – se mostró convencido de que el riesgo de corrupción era inherente a un sistema en el cual el Estado desempeña un papel relevante como empresario y se posicionó a favor de las privatizaciones como solución permanente y eficaz para evitar “tentaciones”. Así llegó su texto sobre finanzas, conocido como “Ley Draghi”, que en 1998 introdujo en Italia la normativa en materia de ofertas públicas de adquisición (OPA) y el auge de las sociedades cotizadas en bolsa.

Telecom Italia fue la primera sociedad objeto de una OPA, por parte de Olivetti, dando inicio a una ola de privatizaciones que sumaron hasta 1999 un valor total de mercado de 108.000 millones de dólares. Fueron precisamente los fondos provenientes de estas privatizaciones los que ayudaron a reducir la deuda pública de Italia y cumplir con los criterios del Tratado de la Unión Europea de entrada en el euro. En diciembre de 2005, Draghi era nombrado gobernador del Banco de Italia, puesto que ocupó hasta octubre de 2011, cuando desembarcó en la presidencia del Banco Central Europeo, en sustitución de Jean-Claude Trichet.

La figura de Draghi tiene también sus sombras, aunque finalmente se quedaran solo en eso, en sombras no tan oscuras como para impedirle ocupar el puesto con el que llega a la recta final de su carrera. Porque siendo vicepresidente por Europa de Goldman Sachs, de 2002 a 2006, el que fuera cuarto banco de inversiones del mundo asesoró al entonces primer ministro de Grecia, Kostas Karamanlis, sobre cómo ocultar la verdadera magnitud de su déficit. Esta ocultación del fraude condujo a la crisis de la deuda soberana en Grecia y obligó a Draghi a sentarse frente al Comité Económico del Parlamento Europeo para explicar sus actividades en Goldman Sachs en relación al catastrófico fraude griego.

Kostas Karamanlís
Kostas Karamanlís

Las luces han sido, en todo caso, las que han acompañado a este en apariencia tímido economista en el desempeño de su cargo. A pesar de los momentos difíciles. No llevaba ni un año en el BCE cuando pronunció en Londres la frase con la que, según los expertos, se salvó al euro en su primera crisis grave. “De acuerdo a nuestro mandato, el BCE está dispuesto”, aseguró Draghi, “a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente”. Han pasado seis años, pero nadie ha olvidado que aquel 26 de julio de 2012 Draghi marcaba con sus palabras un punto de inflexión en la crisis de deuda que amenazaba con hacer jirones la Eurozona.

En medio de una crisis mundial que afectaba con especial crudeza a países como Grecia, Irlanda o Portugal, las palabras de Draghi tuvieron un efecto inmediato en los mercados. El Ibex 35 subió un 6,08%, de los 5.958,2 puntos a los 6.368,8 puntos básicos y la prima de riesgo española, que 48 horas antes había marcado el máximo histórico de 638,42 puntos se rebajó a 560, sin que volviera a subir a tan elevados niveles. Los líderes europeos, incluso los más críticos y duros con Grecia, secundaron sus palabras. Y lo más importante: no eran “solo” palabras. Draghi abrió la puerta a que el BCE pudiera zanjar definitivamente la crisis del euro a través de un programa de compras de activos – Expansión Cuantitativa, QE – para impulsar la recuperación económica inundando los mercados de dinero barato.

Por eso, la salida de un profesional que reúne conocimiento, prestigio y decisión a la hora de poner en marcha las medidas que requiere cada momento y cada país en el conjunto de la Eurozona preocupa a muchos analistas, inversores y gobiernos. Sobre todo, a aquellos que, además, están convencidos de que ni las economías comunitarias ni las instituciones parecen estar preparadas para el relevo. La crisis vivida aún sigue amenazando, aunque en general se crea superada por completo. Sin embargo, hay indicadores preocupantes que señalan lo contrario: desaceleración en el PIB comunitario y avisos sobre nuevos riesgos en el sector inmobiliario, por no hablar de las incertidumbres políticas de países como Italia o de las tensiones en la calle. Es un hecho que Europa no ha completado las reformas necesarias y que el endeudamiento hoy en la Eurozona es 20 puntos superior de media que cuando estalló la crisis en 2007.

En todo caso, la carrera para ocupar el sillón de Draghi ya ha comenzado. Durante la pasada reunión en Viena del Eurogrupo para hablar sobre las subidas de los tipos de interés, ya se puso sobre la mesa la sucesión del italiano. Una especie de sondeo para ver con qué apoyos cuentan las diversas candidaturas. Hasta ahora, el nombre que más sonaba era el de Jens Weidmann, actual presidente del Bundesbank, que tiene a su favor que su país es la mayor economía de la eurozona y todavía no ha ocupado el cargo. En contra, que hay países que opinan que Alemania ya cuenta con bastante poder en Europa y parece, por otra parte, que la canciller Merkel estaría dispuesta a dejar a otros la sucesión en el BCE a cambio de la Comisión Europea, que afronta su propia vacante también en 2019.

Jens Weidmann
Jens Weidmann

También suenan como favoritos el gobernador del banco de Francia, Francois Villeroy de Galhau, y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde. Y el irlandés Philip Lane, derrotado hace unos meses por Luis de Guindos para ocupar la vicepresidencia o el ex gobernador finlandés, Erkki Liikanen. A estos expertos, todos ellos con mucha experiencia, se han unidos en las últimas semanas otros nombres: el actual gobernador finés, Olli Rehn, el holandés Klaas Knot o el estonio Ardo Hansson, gobernador del Banco Central de Estonia desde 2012 y con experiencia en el Banco Mundial, donde trabajó durante 14 años.

Christine Lagarde
Christine Lagarde

Sin embargo, no se trata solo de las aptitudes y experiencia de los candidatos. La designación de tan relevante cargo depende de otros factores “políticos” que tienen que ver con el reparto y el equilibrio de poderes en el conjunto de la UE. Por ello, los expertos en Bruselas miran de manera especial a los candidatos franceses: nadie cree que Macron no exija un puesto clave para la próxima legislatura. Así que junto a Villeroy y Lagarde incluyen a Benoit Coeurè, a pesar de que en su caso habría que “inventar” un camino distinto para que llegue a la presidencia del BCE. Actualmente, Coeurè es miembro del comité ejecutivo del BCE y los cargos de ocho años no son renovables. Al menos, hasta ahora.

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