A pesar de la vacuna que parece habernos vuelto inmunes a escándalos de todo tipo, los hechos denunciados por ‘The Times’ en relación a trabajadores de la ONG Oxfam consiguen traspasar la protección y sacudir las paredes de nuestra lógica y, sobre todo, los cimientos de ese, al parecer cándido y trasnochado, empeño por confiar en que hay determinados lugares donde no caben perversión, hipocresía ni voracidad.

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Que existen actividades a las que uno se dedica por loables principios de vida imposibles de corromper.

Por desgracia, cada cierto tiempo nos damos de narices con una realidad que supone, para colmo, aceptar que es precisamente en esos lugares donde el estafador mediocre y voraz encuentra un hábitat “tranquilo”, alejado de continúas inspecciones, de afiladas sospechas que lleven a mirar con lupa a cada uno de sus trabajadores. Un sector en el que, además, el indeseable sabe que en caso de ser descubierto se intentara silenciar su comportamiento para no dañar la imagen de quien confió en él. Hasta que, como suele ser demasiado habitual, tiene que ser la prensa la que encienda el foco, levante alfombras y sacuda el polvo.

Después llega todo lo demás, el mea culpa del que no detectó el borrón o quiso hacer cuenta nueva una vez descubierto, los reproches y amenazas de los políticos, la desconfianza de los socios y, en definitiva, de toda la sociedad. Este es, precisamente, el peor de los males con el que cualquier organización de ayuda humanitaria tiene que lidiar: ser juzgados todos por el comportamiento de unos cuantos. Tal vez si la denuncia hubiera partido, alta y clara, de la propia ONG, si Oxfam no hubiera tenido miedo a admitir el engaño descubriendo su propio agujero negro, ahora no tendrían que combatir la decepción social y la amenaza del Gobierno británico a cerrar el grifo de los necesarios fondos.

La ministra de Cooperación de Reino Unido, Penny Mordaunt, ya ha advertido de que se retirará la financiación a todas las ONG que toleren comportamientos abusivos en misiones humanitarias -en el último ejercicio fiscal, el gobierno británico aportó a Oxfam 32 millones de libras– y la pregunta es si ocultar no supone en cierto modo tolerar. En el caso de Oxfam, una de las mayores ONG del mundo con 5.000 empleados y cerca de 23.000 voluntarios, no solo se ocultó el pago de prostitutas en Haití con fondos de la organización durante la misión de rescate tras el terremoto de 2010, sino que en su afán de proteger su buen nombre fueron mucho más allá.

De acuerdo con las informaciones publicadas, tras una investigación interna Oxfam despidió a cuatro empleados – tres más dimitieron – acusados de participar en las citadas orgías con prostitutas, descargar material pornográfico e ilegal, y también de acoso e intimidación. Unos despidos que tuvieron lugar sin ningún tipo de sanción e incluso estuvieron acompañados de “buenas referencias” para algunos de los culpables, que pudieron así seguir dedicándose a lo mismo, trabajar de nuevo en otros proyectos humanitarios con personas vulnerables.

Es el caso del belga de 68 años Roland van Hauwermeiren, ex director de Oxfam en Haití, que dimitió en 2011 tras conocerse que había contratado a prostitutas para que acudieran a la vivienda alquilada por la propia ONG. La entonces directora ejecutiva de la ONG, Barbara Stocking, ofreció a Van Hauwermeiren una “salida por etapas y digna”, de modo un año después el belga comenzó a trabajar con la organización humanitaria Acción contra el Hambre, con la que colaboró durante dos años en un proyecto en Bangladesh. Según esta ONG francesa, antes de contratarle se pusieron en contacto con Oxfam, sin que allí les hicieran advertencia alguna “sobre su conducta no ética, las razones de su renuncia o los resultados de la investigación interna”.

No fue el único caso. La ONG estadounidense Mercy Corps también contrató a una de las personas despedidas por descargar material pornográfico e ilegal, tras recibir buenas referencias por parte de Oxfam. Tampoco fue alertada Cafod de los antecedentes de otro de los empleados despedidos, que trabajó con la organización católica británica hasta que fue suspendido de sus funciones en Filipinas cuando se dio a conocer su participación en el escándalo de prostitutas en Haití. A la lista se suman otras dos entidades, World Jewish Relief y Acted, que contrataron a varios implicados en la investigación sin ser alertadas sobre los motivos de su salida de Oxfam.

La avalancha de acusaciones no ha hecho, sin embargo, que la ONG británica siga negando que encubriera el escándalo para proteger su reputación. Al contrario, recuerda que emitió sendos comunicados, en agosto y en septiembre de 2011, sobre la investigación en Haití, “aunque sin aclarar la naturaleza de los cargos”. Mark Goldring, director ejecutivo de Oxfam, tiene la “curiosa” opinión de que a nadie le interesaría “describir los detalles de este comportamiento porque realmente llamaría la atención sobre este tema”. Al menos, eso es lo que aseguraba ayer mismo en una entrevista radiofónica de la BBC.

En todo caso, el dominó que parece desatarse siempre después de acusaciones tan graves en cualquier sector ya ha empezado a hacer caer las fichas y el escándalo de Oxfam en Haití ha destapado, de momento, otras 120 denuncias de abusos en ONG británicas. Esta vez ha sido The Sunday Times el periódico encargado de ampliar a otras organizaciones los presuntos abusos sobre el terreno. Según sus datos, Oxfam registró 87 incidentes el año pasado; Save the Children 31  – de los cuales diez habrían sido “puestos en conocimiento de la policía y las autoridades civiles” -; y la organización Christian Aid dos incidentes. También la Cruz Roja Británica ha admitido estar afectada por “un pequeño número de casos de acoso” en el seno de su organización.

Y una vez extendido el escándalo a otras misiones humanitarias y ONG, han aparecido esas voces que siempre surgen, tarde, diciendo que ya lo habían advertido mucho antes. Priti Patel, predecesora de Penny Mordaunt en el ministerio, asegura que se ha tolerado que “pedófilos depredadores” explotaran el sector de la ayuda humanitaria y Andrew MacLeod, extrabajador de la Cruz Roja y de Naciones Unidas, reconocía ayer a The Sunday Times que existe una absoluta falta de respuestas contra la “pedofilia institucionalizada” entre los cooperantes en misiones internacionales.

El diario ‘The Observer’, por su parte, publicó este domingo acusaciones de un antiguo trabajador de Oxfam que detalla cómo los cooperantes utilizaron a prostitutas en el Chad en 2006. En ese momento, el jefe de la misión en el país era el propio Roland van Hauwermeiren. Oxfam asegura que ahora cuenta con un equipo dedicado a detectar casos de mala conducta y con una línea telefónica confidencial para los denunciantes. Pero la ministra Mordaunt no se fía. No cree que los nuevos procedimientos, por sí solos, sean suficientes para convencer de que la ONG debe seguir recibiendo fondos públicos. “No importa”, ha dicho, “si tienes una línea para denuncias. No importa que tengas buenas prácticas de salvaguarda. Si el liderazgo moral no está en lo alto de la organización, no podemos tenerte como socio”.

El terremoto no ha hecho más que empezar y las revelaciones, estas y las que seguirán llegando, han puesto sobre la mesa el cuestionamiento de la regulación de las organizaciones dedicadas a la cooperación internacional. El problema es que aquí, en el escenario de ayuda urgente a quien más lo necesita, cualquier desconfianza que suponga una marcha atrás puede hacer un daño irreparable. Un perjuicio que no nos podemos permitir.

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